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Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul (0.379 s)

Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul

FECHA El 22/02/10 a las 11:02:50 IP GUARDADA
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Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03
Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul

Resumen: El reino Alhenas ha invadido al reino de Auva, donde Asmita de 20 años y Shaka de 5 años son príncipes. Defteros como príncipe de Alhenas ha conquistado el lugar, matando a los reyes y los príncipes en la huida fueron atrapados por el general Aldebaran del reino de Alhenas. Como esclavos de guerra son enviados hasta la capital de Alhenas, donde Aspros, el rey, toma a Asmita como esclavo real y viendo el estilo de vida que debía soportar, ayuda a sacar a Shaka del lugar. Veinte años más tarde, luego de 5 años de una revuelta que destronó a los verdaderos reyes y donde Youma de Mefis se hizo cargo del reino, después de ser invadido por el Rey Aioros del Rukbat; Shaka ahora lidera una revolución en busca de devolverle el trono al verdadero heredero, Saga, hijo de Aspros, de quien se desconoce su paradero desde la revuelta. Por ello el pueblo lo aclama, diciendo que Asmita ha regresado para devolverle la paz al pueblo de Alhenas. ¿Qué sucedió en esos veinte años? ¿Por qué Shaka esta peleando por restaurar el reino que destruyó el propio? ¿Y que fue de la vida de Asmita como esclavo real? Partes: La Venganza de Asmita (Cap 01 al 25, Gaiden 01, 02 y 03) La Justicia de Asmita (Cap 26 a ??) Gaidens: LGD (Gaiden 01- DefterosxKardia): Esta es el POV de Kardia. ¿Cómo llegó al ejercito? ¿Qué es lo que lo ata al príncipe Defteros? LGD (Gaiden 02 - DMxShaka): Esta es el POV de DM. ¿cómo conoció a Shaka? ¿Qué es lo que lo ata a la revuelta y al antiguo príncipe de Auva? ¿Cuál es el lazo de su relación? LDG: Gaiden 03 (Kardia x Shaka): POV de Kardia. ¿cómo fue que logró despertar el odio de Shaka? ¿De qué forma despertó asi el fuego de venganza de Auva?

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Principales:  Asmita, Defteros, Aspros, Saga, Kanon, Mu, Shaka, DeathMask, Afrodita, Kardia, Degel, Milo, Dohko, Shion, Camus, Manigoldo      
Pareja principal: Sorpresas  Parejas secundarias: Defteros x Asmita, Saga x Asmita, Aspros x Asmita, Deathmask x Shaka, Saga x Shaka, Camus x Milo, Manigoldo x Shion, Aioria x Shaka, Kanon x Mu, Degel x Kardia, Dohko x Shion, Sisyphus x Regulus
Tipo:  Yaoi, Romance, Angst, Violencia, Guerra, Tragedia, Suspenso, Intriga, Universo Alterno. Clasificación: NC-17  Advertencias: Incluye lemon, violencia, muerte de personaje y rape
Estado: En proceso   Ultima Actualización: 21 / 07 / 11   Autor: Akira Hilar 
Razon: Me provoco xd Dedicatoria: Karin, Stardust, athena_Arianna y Alechan. ¡Gracias por su apoyo chicas! Comentarios adicionales: Este es mi nueva propuesta de un Universo Alterno. Espero que les guste y me dejen sus reviews.

Ligo personajes The Lost Canvas y Saint Seiya. No es un crosorver porque pertenecen al mismo universo, pero los personajes The Lost Canvas tendrán más edad que los de Saint Seiya original.
  Los nombres de las ciudades y paises estan basados en las estrellas de las constelaciones de los reyes. En este caso el reino de Asmita y Shaka en estrellas de virgo y el de Aspros y Defterso en estrellas de Géminis.

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Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

Capitulo 26 *1ASP*

Lislee, la respuesta a tu coment quedó atrás ^^

Lienzo de Guerra

~La Justicia de Asmita~

Capitulo 26: Madrugada de rebelión

A las afueras del bosque de los gemelos, ya estaba apostado el ejército de 350 hombres, armados con espadas, lanzas y flechas creadas por los herreros, con las armaduras diseñadas en base al ejército de Alhenas. Escondidos tras las sombras de la oscuridad, esperaban que la noche se internara más para comenzar el objetivo: la toma de Geminga. Tras las faldas de la cordillera de Geminidas, siento solo su acompañante una noche oscura, con nubes de lluvia sobre ellos, los soldados esperaban el momento donde Milo de Scorpius, el general de la brigada, daría la orden de atacar. Lámparas de aceites eran paseadas de un lado a otro, como pequeñas luciérnagas en la oscuridad, mientras verificaban que todo estuviera en orden.

Lobos de cazas en espera de una sola orden.

El objetivo: la victoria.

 Dohko de Librais, apaga el tabaco en el suelo, con su bota de cuero y hierro forrado. La máscara abierta, dejaba al descubierto su rostro moreno y envejecido pero con la misma mirada férrea. Veía a Milo con su mirada fija en el pueblo, descansando sin saber lo que estaba por empezar. La mirada turquesa del joven estaba llena de determinación. Un roce en su hombro, sus ojos que se cruzaron, el antiguo maestro miraba a su alumno y le infundía fuerzas.

—Debemos evitar la mayor muerte de civiles—comentó Milo, con su máscara también abierta y soltando una niebla de su aliento en la noche. Otoño y el frío empezaba a surtir efecto.

—Recuerda que no podemos salvarlos a todos—la mirada del maestro se agudizó—. Si se planea tomar una ciudad a la fuerza, pensando en tener los menores números de víctima, estamos arriesgándonos a fallar.

—Es lo que diría mi primo, con otras palabras—Dohko rió, divertido, para luego enseriarse al sellar su máscara.

—No quiero crear de esta toma de poder en algo de lo que viví con el príncipe Defteros hace dos décadas. Pero, estoy consciente de que hay un sacrificio que se debe tomar—la mirada de Milo se contrajo—. Antes de pensar en la vida de los demás, la nuestra Milo. Ante la confusión, un aldeano puede ser tan peligroso como un esclavo.

—Si maestro…

—En cierta forma, entiendo porque Shaka es quien debía tomar las riendas, dudo que mi príncipe este preparado para hacer semejante sacrificios.

—Me preocupa su estado…

—Está con Kardia, y por mucho que quiera negarlo, ese bicho le tiene un cariño especial al antiguo príncipe—uno de los soldados se acercó y señaló el cielo al oeste. En las formaciones de nubes oscuras congregadas al noroeste, luces de color rojo se esparcían como truenos en las lejanías. Un espectáculo nunca visto—. Parece que es nuestra señal.

—¿Qué mierda está pasando en Polux?—el rostro pálido de Milo lo miró, buscando respuesta.

—El inicio de la revolución—tomó su espada y su escudo afirmándolo en su izquierda, buscando su caballo—. Es hora de empezar. ¡LEVANTENSE!—gritó, llamando la atención de todos—. ¡ES HORA DE EMPEZAR, SOLDADOS DE ALHENAS! DURANTE QUINCE AÑOS, MUCHOS DE SUS PADRES, HERMANOS, CONOCIDOS, PELEARON AL LADO DEL PRÍNCIPE DEFTEROS PARA TRAER LA GLORIA DE NUESTRA FUERZA BÉLICA A LOS REYES QUE INTENTABAN HUMILLARNOS. ¡AHORA SAQUEMOSLAS DE NUEVO!—Milo se aseguró la máscara, ocultando su rostro, con una cola de caballo sujetando sus encrespados cabellos añil. Subió a su caballo, tomando su espada—. DEMOSTREMOSLE A LOS DE RUKBAT, ¡QUE ALHENAS HA DEJADO DE DORMIR! ¡MIRAD LA SEÑAL!—señaló el cielo al noroeste, las luces rojas que se expandía debido al fuego—. SHAKA DE AUVA, EL HEREDERO DE NUESTRO CONSORTE, HA EMPEZADO, SE HA IDO A ENFRENTAR SOLO AL PRÍNCIPAL DE LOS LEONES DE RUKBAT. ¡LO HA IDO A HUMILLAR!—el casco de los caballos empezó a resonar, una música de guerra que se expandió por todo el bosque, cuando los guerreros tomaron todos sus caballos, sus armas. Se encendieron las antorchas, iluminando la oscuridad de la madrugada—. NUESTRO LIDER ESTA EN POLUX MARCANDO CON SU VOZ LA SENTENCIA DE RUKBAT, ¡EVIDENCIANDO QUE LES QUEDA MUY POCO TIEMPO EN NUESTRAS TIERRAS! AHORA, ¡NOSOTROS HAREMOS ESAS PALABRAS UNA AMENAZA REAL!—agitó su caballo, todos le siguieron—. LEVANTANSE ESPIRITU DE ALHENAS, POR EL ORGULLO DE NUESTRO LIDER SHAKA, POR EL HONOR DE NUESTRO REY SAGA DE ALHENAS, ¡¡¡TOMEMOS LO QUE POR JUSTICIA NOS PERTENECE!!!—levantó su espada—. ¡¡¡POR ALHENAS!!!

—¡¡¡POR ALHENAS!!!

—¡¡¡AL ATAQUE!!! 

______________Acto uno: El escape

No me fue difícil identificarla, cuando corría con el manto que llevaba Shaka sobre su cabeza y el cabello dorado serpenteando por todos lados. Prácticamente la tomé de la cintura en su carrera, enfrentándola y recibiendo de agradecimiento puños y mordeduras por mi espalda y hombro. ¡Maldita sea!

—¡Cálmate rubia!—le grito apretándola más a mi cuerpo, exigiéndole que se calmara con mi mirada férrea—. Maldita sea, ¡por tu culpa Shaka está metido en semejante nido de víboras!—farfullo desviando la mirada de esos ojos azules tan parecidos a los de Shaka, con la contrastante diferencia de que estos brillan de miedo.

La tomo sobre mis hombros para correr huyendo del lujar, mientras ella sigue forcejeando. Veo de lejos que Kardia se ha internado con el caballo al fuego y detrás de él viene mi semental, el cual atajo por las riendas. Afortunadamente la confusión es tal que casi no hay guardias vigilando el perímetro. Hubiésemos podido aprovechar una estrategia así para tomar la cabeza de Aioria y terminar con la toma pronto, pero, no es algo que hubiese podido saciar los deseos de venganza de Shaka. Fue una buena decisión de su parte dejar a Milo y Dohko en Geminga, cualquiera de ellos hubiera aprovechado esta confusión para acabar todo esto con el mínimo derramamiento de sangre.

—Sube a mi lomo—ordeno, extendiéndole la mano. La mujer me mira confundida así que no me queda de otra que hacerle entender que puede confiar en mí—. ¡Obedece mujer!—le grito en el idioma de Auva, idioma que ella entiende a la perfección. Funcionó, porque ahora ha tomado mi mano y la empujo para que se haga lugar frente a mí, de esta forma puedo protegerla mejor. Se sujeta a mi pecho, rodeándome con sus manos.

—El rey… el rey se quedó…—debe referirse a Shaka.

—Por él no te preocupes—lo digo más para mi, cabalgando para salir del castillo y dar la señal de que empiecen con la otra parte del plan. Intento pensar, pensar que Kardia y Shaka saldrán sin problemas del castillos—. Tu rey es un desgraciado que se la pasa engañándole a la muerte. Lo volverá a hacer por tercera vez si es necesario.

Y creo en eso, mientras cruzo las puertas del castillo para internarme a los recovecos y me dirijo hasta los callejones oscuros para huir de los de Rukbat, esperando que nadie siga nuestro rastro. El fuego se sigue expandiendo por el castillo y la lluvia, suave, no es capaz aún de apagarlo. Entre el humo y la niebla, Polux está sumida a la oscuridad. Suelto aire atrapado en mis pulmones por la excitación, mientras me adentro a los callejones, cabalgando ya sin mirar hacia atrás. En medio de las sombras me encuentro con Shayna sobre otro caballo y tres antorchas encendidas.

—Ya avisé a Ikki, en cualquier momento empieza la otra fase. ¿Dónde está Shaka y Kardia?

—Aún en el castillo—la mujer mira a la invitada, con desdén.

—¿Y esta?

—Una de Auva que al parecer habían atrapado los de Rukbat—Shayna silba con incredulidad, brillándole sus ojos detrás del antifaz.

—Shaka debe estar hecho un demonio.

—Eso espero, espero que esté convertido en una verdadera bestia.

::::::::::………….::::::::::

Vaya, vaya, vaya… esto sí que no esperé oírlo. Me he quedado dentro del fuego esperando, aunque el calor es aplastante. No podre durar mucho aquí al menos que pretenda cocinarme vivo.

Reviso el perímetro, soldados de Rukbat aquí y allá. Al menos que haya un milagro, lo cual lo dudo, no habrá manera de salir sin una flecha clavada en el culo. Chasqueo la lengua buscando ideas y agitando el caballo que ya empieza a reclamar por el calor. Ni modo, tendré que planear algo estando en pleno movimiento.

Agito las riendas del caballo y golpeando los laterales le insto a cabalgar con fuerza y suficiente velocidad para saltar en el fuego y salir a la visión. Justo cuando toco tierra fuera del fuego, empiezo a cabalgar rodeando el perímetro del lugar donde se realiza la fiesta. Veo que Shaka me está siguiendo con la mirada, dando pasos hacia atrás y en ese momento, la explosión a lo lejos llama la atención de todos. Al este de la ciudad, la plaza principal ha empezado a encender, antes de tiempo, la cruz que habíamos manipulado a nuestro antojo, para hacer que esta se elevara como estrella de fuego a las alturas.

¡Oh pero que gloriosa visión! El fuego chispea y toda esa madera, paja, y cartones con telas salen disparados en varias direcciones mientras la pólvora sube a la altura del cielo y explota dejando caer otras bolas de fuego que al estrellarse a las casas cercanas y prolongan el incencio. La confusión es tal que Shaka aprovecha para tomar sus espadas y corre hacia la salida del lugar del festejo. Buscando hacer más tiempo, tomo dos piedras del suelo y cabalgo acercándome al vidrio del antiguo vivero, lanzándolas con fuerzas para crear un verdadero estruendo. Remonto aprovechando el humo y la niebla, mientras veo a los soldados viendo a un lado y otro, entre el fuego que está en el castillo, el fuego que sigue escupiendo la cruz a los cielos, marcando el cielo de nubes negras con rayos de luz rojo carmesí, como la sangre que pensamos verter.

—¡ATRAPENLO!—logro escuchar el grito del príncipe Aioria—. LO QUIERO AMARRADO EN MI CAMA, ¡LO QUIERO AHORA! ¡¡TRAIGAMELO!!

Y logro verlo abriéndose espacio hacía la cocina, mientras que los arqueros no saben hacia donde apuntar por el humo y la niebla junto a los gritos desesperados del príncipe, a quien de reojo logro ver que lo tiene sostenido entre los dos generales. También detecto a Regulus que corre hacía nosotros. ¡ES IMPERIOSO SALIR DE AQUÍ! ¡ESE MAL NACIDO LEÓN VIEJO SI ES PELIGROSO!

Apresuro la cabalgata y extiendo mi derecha mientras con mi izquierda y la lanza empujo a los soldados que intentan acercarse. Shaka me extiende su brazo derecho y lo tomo empujando hacía mi para subirlo conmigo al caballo, atravesando al mismo tiempo la cabeza de uno que intentó atacarlo de espalda. Escuchamos los gritos, las ordenes, las voces pidiendo que ataquen y los rostros de los de Alhenas petrificados el verme y ver a Shaka detrás de mí.

—Espero que ya estés satisfecho con el juego—le comento divertido agitando mi lanza y abriéndome espacio dentro del castillo, donde los soldados se agitan aún más, otros retroceden al sólo vernos—. General y consorte de Alhenas, ¡bonita imagen!

¡Y ríe a carcajadas!

—¿Molestando el león?—pasamos por la puerta, atropellando a uno soldado que trataba de huir luego de escuchar de seguro el rumor.

—Salgamos de aquí bicho, ya tuve lo que quería, ¡ahora esta rojo de la ira!

 

Al salir, la vista de la ciudad consumiéndose y los gritos se convierten en nuestra música de victoria. El cabello dorado ahora atraviesa toda la calle principal de Alhenas, y oímos los caballos de los pocos soldados de Rukbat que han venido tras de nosotros, mientras el fuego se sigue expandiendo, Polux se viste de rojo y naranja para la entrada del consorte y el rey de Alhenas.

______________Acto dos: El delito

///Hace 17 años///

El alboroto del castillo fue tal, que desperté asustado. Me alisté cubriéndome con las batas de médicos cuando me llamaron para atender al rey de un ataque armado, justo hoy, en la fiesta de los príncipes. Pensé en lo peor, pensé que algunos de los comités enviados de otros reinos aprovecharon la fiesta para atacar al corazón de Alhenas. Ante esa posibilidad, mi corazón se aceleró; corrí, corrí por los pasillos mientras los soldados se movilizaban y protegían las habitaciones también del príncipe, viendo asustado el alboroto e imaginándome las consecuencias diplomáticas que esta noticia causaría en la tranquilidad del reino.

Mayor fue mi sorpresa cuando encontré al rey, con el cuello enrojecido y con signos de violencia usando cadenas, con la habitación hecha desastre y la sangre brotando en el piso. Allí simplemente no pude dar crédito y me quedé de pie en la puerta totalmente paralizado. Escuché entonces la orden de uno de la guarda real repitiéndome mi encomienda y no tuve otra opción más que obedecer, aunque sinceramente sentía un montón de preguntas aglomerarse en mi entrecejo.

Las heridas del rey eran superficiales en su mayoría. Fuera del hecho de que casi había sido ahorcado por aquellas cadenas, no tenía otra herida que ameritara cuidado. Aún así lo atendí, como debía hacerlo, como me correspondía como médico real; sin embargo, las dudas me carcomían. ¿Qué había ocurrido? ¿Y Asmita?

Escuché de pronto los gritos del príncipe heredero, la rabia con la que vociferaba que le dejaran entrar a la habitación. Escuché también las órdenes de los guardias de encerrarlo en sus aposentos tal como el rey había ordenado.  Temí, realmente tenía miedo de que algo hubiera pasado con Asmita, los gritos del príncipe, el estado de la habitación y la ira tatuada en el rostro del rey me daban inicio de ello.

—Disculpe su majestad—decidí preguntar, ya superado por la incertidumbre. Ya había limpiado todas sus heridas y él se encontraba recostado con sus ojos enrojecidos no estaba seguro si de rabia o de alcohol, el olor que además complementaba la escena—, ¿Me puede decir que ha ocurrido con Asmita de Auva, su esclavo?

La mirada que me envió el rey fue capaz de congelar mis sentidos. Un azul intento y lleno de rencor golpeó contra mis irises, me transmitió por medio de ella la frustración y la ira que le carcomía de seguro en sus entrañas. Me miró fijamente, luego cerró sus parpados resoplando el aire que tenía en los pulmones y desviando su rostro para otro punto.

—Ve al calabozo y atiéndelo. Cuida que nadie más lo toque, sólo yo puedo hacerlo.

Calabozo… oír esa palabras produjo en mi un estremecimiento que fui incapaz de tolerar. El frio penetró dese la punta de mis pies filtrándose hasta mi cabeza y diluyéndose dentro de ella como una amorfa carne helada. El rey debió notar la forma en que me levanté de mi sitió y corrí hasta la salida de la habitación, debió hacerlo porque escuché antes de partir una ronca carcajada ahogada de su parte, de seguro en burla hacía lo que había provocado en mi o lo que había ocurrido. Como fuere, en ese momento no podía pensar en otra cosa más que en el estado de él, dándome cuenta que lo que había ocurrido entre ellos en la habitación no se trataba de una simple discusión.

Fue allí que pude entender y oír los rumores que corrían ya entre los guardias. Los miré con reproche aunque no hicieron caso a mi semblante, ignorándome mientras me dejaban pasar los escalones que llevaban la torre principal del castillo, lugar donde veía el mayor movimiento de los soldados subiendo y bajando con telas llenas de sangre. Palidecí, y corrí aún más preocupado.

Los rumores se esparcían como pólvora o como la arena en el viento que es llevada de norte a sur. Los soldados solo hablaban de cómo el rey había abusado de su esclavo en medio de la fiesta y que de seguro esa había sido la razón. Fuera como fuese, eso no era escusa para el reino ni de ninguna forma justificaría que un  esclavo haya atentado contra la vida del rey. Más bien, la pena es la muerte. Ya me imaginaba el escenario, si el príncipe Defteros ante la ofensa de golpear al Rey había sido desterrado del reunió, ¿que quedaba para un esclavo de guerra como Asmita? De seguro siquiera habría juicio para ello, sin embargo el rey me había pedido que impidiera que alguien lo tocara. Supuse entonces que si era así el mismo rey lo mantendría con vida, aún.

Cuando por fin llegué a la celda, varios esclavos salían rasguñados y golpeados con las cadenas y otro más intentaban forcejar con Asmita. Abrí mis ojos estupefacto, viéndolo golpeado, tan golpeado que apenas se podía poner en pie, pero batiendo las cadenas decidido a seguir haciéndolo con tal que no lo tocaran… Sí, porque eso estaba sucediendo, los malditos estaban tratando de abusar de él como castigo a la ofensa real que no le perdonarían a un esclavo por mucho que ellos quisieran librarse del rey por ellos mismos.

—¡Deténganse!—ordené mostrando el sello real que me adjudicaba como médico del rey—. Aléjense del esclavo, ¡el rey ha dicho que nadie debe tocarle!

El rostro de Asmita estaba lleno de sangre, tanto que apenas se podía ver su piel blanco en donde no había hematomas y moretones debido a los golpes, sus parpados inflamados, su nariz rota y su boca partida, los brazos visiblemente golpeados y sus piernas apenas pudiéndose sostener mostrando visibles señales del látigo que marcó sus extremidades. Me sentí lleno de indignación y con la misma golpee en secó a la puerta de madera haciéndoles saber a los soldados que si no salían del lugar iba a convocar las ordenes del rey y hacer que ellos fueran castigados tan severamente por haber tocado al esclavo real. Funcionó, porque apenas lo hice ellos se alejaron enviándole una mirada lasciva hacía el antiguo príncipe de Auva.

—Asmita…—musité al encontrarme al sola y ya por fin, no lleno de la ira repentina si no de una profunda preocupación. El cuerpo delgado cayó sin fuerza a tierra, derramando aún más sangre, y mordiéndose él mismo sus labios lastimados—. ¿Qué sucedió Asmita?

—Lo odio…—mencionó con sus puños ensangrentados—. Dime que lo mate… ¡Dime que logré matarlo!

Me sentí en ese momento desgarrado por dentro, como si hubiera abierto mi pecho y descarnado mi corazón con sus palabras. Era demasiado, verlo allí, desvalido y lleno de odio de nuevo, tan oscura su aura como cuando estaba en esa venganza contra el rey, como cuando creía que Shaka estaba muerto. Igual, tan lleno de locura y sin esperanza que era como un alma en pena atada a un cuerpo mortal. No pude quedarme mucho tiempo de pie y observándolo sin hacer nada más; me acerqué a él con lentitud observando cada una de sus expresiones, las muñecas adoloridas por los grilletes, el cabello dorado lleno de tierra y sangre su rostro desfigurado, vejada su belleza.

—No lo mataste…—y al escucharlo, apretó con violencia sus parpados y puños, dejo escapar un quejido de dolor—. No pudiste matarlo, está bien en…

Y lágrimas….

—Asmita…

—Pude haberlo matado… no…

—Asmita…—acaricié su mejilla enlodándome con su sangre caliente y la lágrima que había brotado—. ¿Qué sucedió?

—Quise matarlo… quise… pero no pude…

—¿Porque no pudiste?—le pregunté mientras extendía un paño húmedo para limpiar las heridas de su rostro. El rostro de él se contrajo para tratar de dibujar esas sonrisas cínicas que él sabía dibujar, mostró en él señales de dolor pero por sobretodo de impotencia, mucha impotencia.

—Porque… Buda me ha abandonado, Degel—el paño paso por su frente, delineó sus parpados quitando la sangre acumulada y viendo el tono violeta de sus heridas. Mordió sus labios de nuevo y reprimió otro gemido de dolor—. De nuevo, me vi de nuevo matando lo que más amaba—y detuve el paño, agobiado por la confesión—. Dijo lo mismo… lo mismo que Shaka aquella vez… que no lo matara… que porque lo hacía si lo amaba…

Y su voz se quebró…

—Pero él no me ama, maldita sea… ¡Él no me ama!

Su cabeza cayó sobre mi regazó, sostuvo mis túnicas blancas manchándolas con la sangre que se había coagulado en sus nudillos. Y me sentí preso, prisionero por barrotes de lágrimas contenidas en mi garganta.

—¡Y YO AÚN ASÍ NO PUDE MATARLO!

Y yo, pensé en ese momento, sobre quién caería el delito de haber destruido tu alma Asmita.

______________Acto tres: La doncella

Cruzar a Pólux con ese alboroto que habíamos armado no fue realmente difícil. Incluso, adicionado por la mirada perversa de Shaka ante la visión del fuego y por fin su comenzada derrota, la huida para mí fue un verdadero afrodisiaco. Ah es que hasta había olvidado la deliciosa sensación que es tener su cuerpo contra el mío; entiendo perfectamente porque el perro de Delio no baja la guardia con él y porque no permite que el príncipe heredero se le acerque. También puedo comprender porque mi príncipe Defteros y el rey se pelearon por el cuerpo de Asmita; la sensación es indescriptible, la textura de sus cabellos dorados golpeando contra mis hombros y mis brazos rodeando mi cintura mientras lo llevo cabalgando es sumamente erótica, ese roce lascivo que tiene mi pene contra su trasero terso y duro me hace pensar en miles de cosas que querría hacerle. Pero no, sólo pude tenerlo una vez y no en las condiciones de un amorío, además su advertencia o más bien sentencia aún me pesa en el cuello.

Ah, como extraño a Degel, tanto tiempo sin sexo ya me está cayendo mal.

Afortunadamente tanta fue la algarabía que cruzar las fronteras de Pólux e internados al bosque de la cordillera no fue realmente difícil. No hay tiempo que perder ni que mirar atrás, en cualquier momento puede salir comitivas de Rukbat para buscarnos, así que es de imperiosa necesidad que nos alejemos lo más pronto de este lugar. Sé que los demás lo saben y tal como habíamos quedado de acuerdo la idea era huir sin importar a quien dejemos atrás, Shaka está consciente de eso y por ello no ha hecho la menor señal de querer regresar y ver si Delio salió con vida o no del castillo.

Supongo que aquí entra algo que tienen ellos y que sinceramente envidio; esa enfermiza confianza en la habilidad del otro como para saber que regresaran así sea después de cortarle los cuernos al diablo.

Después de algunas horas logramos llegar a la base del volcán de Castor, para internarnos en las catatumbas que luego de varias leguas nos conectaran con las catatumbas de Geminidas. Todo este sistema montañoso está conectado, sabemos que de activarse el volcán lo primero que será tragado de lava serán todos estos pasadizos secretos; pero según mi padre, mi abuelo le había dicho que el volcán tiene siglos sin mostrar una sola señal de vida, que había muerto, al igual que la bondad en los corazones de los reyes. Incluso dijo que de activarse de nuevo la actividad de esta enorme montaña de fuego, significaría que el corazón del rey de Alhena rebosa por pasión. Recuerdo las veces en las que pensé que en una de esas noches en las que el rey se tiraba a Asmita nos quedaríamos sepultados de lava. Todo el ejército reía antes ese mal chiste.

—Debemos estar bastante lejos de Pólux—escuchó la voz del antiguo príncipe y sin poderlo evitar el aroma de su sudor se interna en mi nariz retorciéndome los intestinos. Estamos solos en este lugar, debajo de las faldas de Pólux; no me parece descabellado en este momento dejarme llevar por mis instintos y hacerlo llevar a él también, más sé que no podré lograr nada sin que nos enfrentemos a muerte primero.

—¿Ya cansado?—indago divertido, más el rostro de Shaka se mantiene así, ecuánime y totalmente centrado ante lo que faltaba por hacer.

—Jamás. Aún no hemos llegado a Geminga para ver por fin el poder de nuestras tropas, pero creo que el caballo si necesita al menos agua.

Tiene razón. Me detengo en la parte más oculta de las catatumbas solo para abastecer de líquido a nuestro animal, ya que el calor al que lo enfrenté y la enorme carrera lo han fatigado. Ciertamente merece descansar y el mismo Shaka también se ve agitado con aún el traje algo ensangrentado. Verlo con aquellas vestiduras puestas de forma irremediable me hace pensar en él, en Asmita, nuestro antiguo consorte, el hombre que tenía el poder de unir o dividir a Alhenas con solo abrir sus labios, con solo dar una orden. Ha pasado tanto tiempo desde que él era un esclavo y se convirtió en una figura política real en nuestro reino que me parece impresionante, y ver a Shaka vestido con aquellas túnicas  me obligan a pensar en aquellos años donde Alhenas era un reino de relativa paz.

Más ya ha pasado mucho tiempo, y desde su muerte no ha sido más que humillación y desolación para nuestro pueblo y no es que yo sienta demasiado apego nacionalista o patriota, sino que como antiguo soldado del ejército de Alhenas, la fama que nos habíamos creado de impenetrables me sigue cociendo desde adentro de mis entrañas y haciéndome pensar que algo debo hacer para que la recuperemos. Por el rey, por Degel, incluso por Asmita que a pesar de todo llegue a admirar y obedecer.

En ese momento el sonido de caballos acercándose nos alerta y puedo oír casi al mismo tiempo que sacó mi lanza el filo de las dos espadas de Shaka saliendo de su vaina y colocándose en posición. Lo miro de reojo por un momento y no puedo evitar sonreír; la gota gruesa de sudor que cae de su frente y se desliza moribunda hasta su mejilla y me provoca unas intensas ganas de beberla con la punta de mi lengua. Este muchacho, igual que su hermano, es capaz de despertar con su belleza y fuerza viril las más baja pasiones.

—¡Shaka!—el grito se escuchó como un eco golpeando cada pared rocosa. Levanté mi mirada y pude ver por fin el caballo acercarse y la túnica de Delio que cubría el cuerpo de la mujer que había capturado el príncipe Aioria. Bien lo habíamos hecho, no solo le fuimos a morder la cola en su propia cueva sino que le quitamos la carne fresca de sus garras. ¿Puedo sentirme más satisfecho?—. Maldita sea, ¡me tenías preocupado!

—Delio—mencionó el rubio acercándose a él y guardando el filo de sus dos espadas curvas. Apenas el caballo nos alcanzó, el albino dejo caer a la mujer que casi de inmediato se dejó tumbar hasta los pies de Shaka cubriendo su rostro, en señal de visible reverencia. No puedo evitar enarcar una ceja incrédulo al ver un cuadro que pensé no vería jamás desde que ocurrió aquella vez con Shayna—. Mujer, ¿qué haces?

—Mi rey, mi rey Shaka. Gracias… ¡gracias!—tomó las túnicas reales que Shaka vestía, llenas de tierra y humo, pero aún así las besó con respeto y sumisión. Vaya, viéndola bien de aquí ese cuerpo también sería un buen abreboca para mi falta de sexo—. Permíteme servirle, permíteme seguirle, su majestad.

—No, levántate—ordenó ayudándola a ponerse de pie sujetándole con fuerza uno de sus antebrazos. La tela que la cubría y venía de Delio cayó en tierra dejando ver sugestivamente parte de su desnudez en aquellas ropas que le habían obligado vestir. Muchas curvas exuberante. Lástima que esa no eran las curvas que a mí personalmente me hacían delirar. Pero en el refugio si hay varios que sí.

Por ahora lo que me impresiona sinceramente es ver que Shaka se quita la parte superficial del manto real negro y la cubre con él, creando un evidente escalofrío en la doncella quien lo mira con aquellos grandes ojos verdes y llenos de luz, como si hubiese conseguido a un príncipe azul. Vamos, Shaka es lo más lejano de eso pero debo reconocer que yo también acería en ese espejismo si no hubiera convivido con él estos malditos cinco años.

—Le serviré—murmura la mujer como si le estuviera entregando su vida. El rostro de Shaka se mantiene serio frente a ella, despejando algunos mechones dorados de su sudada frente, con tanta delicadeza que estoy a punto de vomitarla. Por un momento desvío mi mirada hacía Delio y encuentro la misma mueca de desagrado, y hasta de celos, que yo—. Haré lo que pida…

—Por ahora, te llevaremos al refugio—puso sus manos sobre los hombros de la mujer más la mirada se la dirigió a su amante—. Delio, ¿has sabido algo de los demás?

—Shayna e Ikki venían detrás de mi hasta hace unas horas.

—No deben tardar en venir entonces.

La conversación no se extiende muchos por razones obvias. En la situación en la que estamos no es para pretender que nos echaremos a tierra a contar nuestras anécdotas infantiles; los leones de Rukbat deben haber salido a nuestra cacería, y mientras más lejos estemos será mucho mejor para mantener nuestra cabeza sobre nuestro cuello. Aún siento el fuego de la adrenalina burbujeándome en mi estomago, aquella sensación amorfa dentro de mi piel de querer descuartizar aún más, pero debo sobrellevarlo, al menos por ahora. Sé que en cuanto lleguemos a Geminga podré desatar todo mis instintos asesinos.

Claro, que desde aquí veo que no es solo esos instintos los que queremos dejar brotar; la mirada de Delio fijamente al torso desnudo de Shaka me da fieles señales de que quiere liberar otros instintos y su rostro, con aquella mueca de desagrado me hace ver que no le gusta tanto acercamiento de aquella mujer hacia con Shaka.

Viéndolo de una forma más objetiva, es comprensible. Desde la desaparición total de Auva, encontrara una mujer que pudiera extender su descendencia y justamente por el última de la línea real de ese imperio… ¿no es para pensar de que quizás aquella unión es más que propicia? Peor conozco muy bien a Shaka como para saber que no tiene intenciones de resurgir la vieja Auva.

Afortunadamente, los sonidos de los caballos y al ver por fin la señal de fuego por parte de Ikki me hace pensar que ya estaremos retomando el camino. De seguro era a quienes esperaba Shaka antes de tomar de nuevo camino. Me acerco junto con Delio, viendo la forma en que la mujer se cubre detrás de las espaldas del rey, temerosa aún de todos los que la rodean y con vasta razón.

—Shaka…—la voz de Shayna se escucha con autoridad—, veo que la huida ha sido todo un éxito.

—En efecto. Ikki, ¡felicitaciones por tan estupendos fuegos artificiales!—la mueca que dibuja Shaka subiendo una de sus comisuras es cruel, despiadadamente cruel, tanto que me provoca una carcajada poniendo mis manos en jarras y permitiéndome saborear la indiscutible victoria. Ni un muerto y todos los leones orinándose entre ellos: ¡No pudo ser mejor!

—¿Eso significa que ya puedo estar con usted en la batalla? Me aburro de solo espiar

—Ya no será necesario espiar—toma los hombros de la doncella y la mira con seguridad. Se puede respirar en ella el olor febril de la expectativa, ese que podría ser afrodisiaco para otros pero no para nosotros al menos los que estamos en esta taberna. Parece esperar por las palabras de Shaka—. Escúchame Shayna—dirige su mirada hacía al mujer que con una mascarilla de plata oculta la mitad de su rostro—, lleva a esta mujer al campamento, prepárala dentro de mi carpa y vigila que nadie la toque. Di que si alguien se atreve a tocar uno solo de su cabello será el eunuco del futuro rey.

Recibe las órdenes y con un movimiento de su cabeza da la señal de atenderla, mientras deja caer su alborotado cabello lleno de ceniza, humo y sudor. La mujer es apartada de shaka pese a que ella misma se negaba a separarse de su cuerpo, pero el príncipe menor de Auva parece ya estar dispuesto a ponernos en movimiento. Ya es hora, vale acotar, estamos perdiendo mucho tiempo en este lugar y hay una ciudad por poseer.

—Ikki, ve y cuida que nadie las intercepte. Cuando llegues avisa al Heredero que la toma de Geminga es un hecho y que vaya a entrado el mediodía hasta los límites del bosque de los gemelos. Lo acompañaras, y si ves que la batalla ha acabado lo escoltaras hasta dentro de la ciudad, es necesario que el pueblo vea a quien le daremos la corona.

Dicho eso, el rubio da media vuelta y se acerca hasta uno de los caballos, subiendo a su lomo con un movimiento decidido. La señal ha sido dada y en obediencia Delio y yo tomamos el nuestro dejando solo uno para que Ikki, Shayna y la doncella vayan al refugio. De todas maneras de seguro conseguirán un caballo en el camino, robándolo de algunas de las haciendas o quitándoselo a cualquiera que esté en el momento menos adecuado, por ello no debemos preocuparnos.

—¡Es hora de tomar a Geminga!—grita nuestro líder azotando las riendas del caballo y golpeando son los cascos la arenosa tierra.

Un solo movimiento y una orden fueron suficientes para que el animal comenzara su trote, y nosotros le siguiéramos, dejando en las manos de Shayna el futuro de la joven mujer de Auva y viendo frente a nosotros la espalda desnuda y el cabello dorado siendo agitado por el viento. Allá va la tormenta de fuego, el juez… el que ha venido a sembrar la justicia de Asmita

______________Acto Cuatro: El hijo

///17 años atrás///

—¡¡SILENCIO!!

Ante la corte de los nobles de Alhenas, las voces que se levantaron seguían entorpeciendo la junta. No tengo mucho en que pensar al respecto y me importa muy poco lo que los nobles o todo el reino de mi padre puedan pensar ante mi repentina interrupción ahora que logré no sólo entrar a la sala principal, sino levantarme a callar a ese maldito noble que ha estado diciendo tonterías sin sentido sobre Asmita y sus intereses.

Ya había sido difícil lograr convencer primero a la guardia de dejarme entrar y luego a mi padre de no sacarme de lugar en cuanto me vio. Estaba preparado además a enfrentarme ante él haciendo uso de mí ya poder, de la herencia que se muestra sobre mi cabeza en forma de corona. Sé que el mismo Kanon me dijo que era una locura lo que pensaba hacer y que mi padre tenía todo el derecho de matarlo sin la mínima consideración. Pero no, mi padre no lo ha hecho y los nobles están aquí, reclamándole justicia por el intento de homicidio.

Podrán ser mi padre incauto si les creerá a ellos esa falsa preocupación por su bienestar que solo he movida por sus mórbidos intereses. A mí no, como heredero, y luego de haber escuchado las palabras de Degel con respecto al estado de Asmita y lo que venía ocurriendo; puedo entrever a la perfección sus verdaderas motivaciones y asquearme ante ellas. Por eso me he puesto de pie en medio del recinto y ahora los miro como si no fuesen nada más que una parte de un reino que me pertenecerá a mí y que estoy dispuesto a doblegar aún si la corona real no reposa sobre mi cabeza.

—Ninguno de vosotros tenéis ninguna autoridad de exigirle un juicio a mi padre sobre su esclavo. Como has de conocer, es nuestra pertenencia y es de nuestra incumbencia, y solo nuestra, lo que hacemos con los objetos reales.

Odio tener que referirme a él como un objeto, pero es lo que es para nuestro reino y nuestras leyes. Odio al mismo tiempo pensar que en mi ignorancia había apelado a eso mismo para tener una oportunidad de besar sus labios y compartir su cama. Ahora todo esto, su estado en el calabozo, esta estúpida reunión, su vida pendiendo de un hilo solo es mi culpa.

Aún así, es peligroso también que se sepa que esa noche no ocurrió nada y que mi noche como heredero no fue lo que se esperaba porque él decidió tomar el control desobedeciendo las órdenes del rey. Estaríamos hablando ya de dos cargos, desobediencia e intento de homicidio, demasiados como para ser olvidados, además que el haber desobedecido en una noche de alta significancia en nuestro ritual real hace aún más difícil el asunto.

No, lo mejor es que mi padre siga creyendo que me acosté con Asmita tal como se suponía y aún así… aún así le perdone la vida.

—Padre—me dirijo a él, saliendo de mi asiento y presentándome de frente con la mirada decidida. No pienso salir de aquí sin una orden que libere a Asmita de ese calabozo en la alta torre—, te pido que pases a mí la potestad del esclavo. Fue mi ofrenda de heredad y…

—¡Imposible!—se levanta de golpe junto con su voz, alzándose en un grito de iracundia. Le miró confundido, no comprendiendo porque actúa de esta forma y porque parece importarle tanto si no había tenido reparo de entregármelo en aquella noche.

—¡Ya fue mío, padre!—repito aquella sentencia—. Además, ¡a mí no me atacará porque yo no haré espectáculos con él en medio de un festín como lo hiciste! Yo lo respetaré como lo que fue: ¡un príncipe!

—¡Desacato!—gritó uno de los nobles señalándome con sus ojos grises con sañas—. Que el mismo príncipe os señalé por el uso que haga a sus esclavos, ¡es inaceptable!

—Además, no importa las razones ¡un esclavo jamás debe tocar a su dueño!

—¡Desde que ese hombre llegó a nuestra tierra solo ha ocurrido desgracias en el castillo!

—Trae la mala suerte, es un emisario de injusticia y división.

—Lo ve en su hijo, ¡a su hijo a engatusado!

Todos corean casi al mismo tiempo creando una absurda contraposición de argumentos en su contra, uno a uno, repitiéndose mutuamente y dándose razón. Observo lleno de ira todo este escenario y lo único que puedo hacer es mirar a mi padre y exigirle que alce la voz de la misma forma que la alzó para callarme para mandarlos a callar a todo. Más no lo hace, sólo se queda en silencio escuchando la sartas de barbaridades que estos malditos dicen, hablando de que Asmita quiere separar el reino, cuando ellos lo que quieren evitar es que los impuestos sigan bajando y sus regalías sean compartidas con el pueblo.

—¡¡SILENCIO!!—vuelvo a interrumpirlas ya cansado de tantas tonterías—. ¡¡Padre, te recuerdo en primer lugar que vuestras decisiones sobre el reino y nuestras pertenecías reales no les corresponden a los nobles de Alhenas!! ¡¡Exijo que cada uno de ellos salga de este lugar y nos dejen solo a nosotros a deliberar sobre el estado del esclavo!!

—¿Qué no nos incumbe?—se levanta ahora uno de los que se habían quedado callado en mitad de reunión y a quien veía notando como observaba todos los rostros y parecía imple espectador de sus propio circo. Youma… cada vez que escuchó a ese hombre siento como si se espesaran los pensamientos oscuros de mi cabeza—. Su majestad, creo que vuestro hijo está realmente perdido en cuanto a nuestra importancia en el reino, ¿es esto acaso la labor que ha ejercido y la influencia del esclavo en su vida? Habéis escuchado, mi Señor, y dice que a nosotros como vuestros sirvientes no debería importarnos que vuestra vida haya corrido peligro y la cabeza real haya sido amenazada. ¿Cómo podéis permitir semejante blasfemia?

—Padre…

—Su hijo está imponiendo la seguridad de un esclavo a la del reino por completo—y los nobles le siguen, le apoyan, sostiene sus palabras—. ¡El príncipe está imponiendo sus propios deseos libidinosos por encima de los intereses del reino!—miro a mi padre pidiéndole que los calle, ¡que me dé el lugar que merezco en este consejo! Pero no, él me mira con esos ojos llenos de rencor y frustración.

Y no lo entiendo, no entiendo que me reclama.

—Ese hombre es una mala adquisición del reino. Debió morir, junto a los suyos, ¡en las perdidas tierras de Auva!

—¡Padre!—pido que me mire, que no los escuche, ¡que no ceda a sus manipulaciones!

Pero sus ojos están cerrados a mí.

Se levanta, haciéndolos callar a todos con su rostro prepotente y mirada helada. Sus ojos había adquirido brillo mucho antes, pero desde hace pocos días he notado que están tan oscuros y severos como cuando mi madre estaba con vida, como si de repente todo lo que le había dado luz se hubiera apagado.

—No lo mataré, aún—ante esas palabras los nobles empezaron de nuevo a vociferar en voz baja, murmurar mirándose entre ellos inseguros. Yo no sé muy bien que esperar, porque aunque suena una esperanza su mirada, ahora clavada mí como puñal—. La muerte es un castigo demasiado indulgente para su crimen. Haré que la deseé, pero no la encontrará.

Y con esas palabras, todos nos hemos quedado en silencio.



FECHA El 03/02/11 a las 02:02:42 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

Cont *1ASP*

______________Acto Cinco: La ira

El castillo está en colapso total, todos los sirvientes y parte del regimiento de vigilancia han corrido huyendo del fantasma y del fuego que se expandió en la mitad del jardín real. Aioria tuvo que ser sujetado entre varios cuando iracundo pensaba lanzarse tras la cacería de ese hombre que se había burlado de nosotros en nuestras propias narices y aún Regulus, mirando con ojos desorbitados, le costó tomar la entereza y ordenar que fueran tras ellos.

La búsqueda fue infructuosa, a pesar que no tardamos demasiado en ir tras su sombra y que el fuego de alguna forma iluminaba la noche. Tal parecen que se internaron en los escurridizos golpes de la cordillera y no los pudieron encontrar debido a la espesa niebla que siembre caen en Polux. Me siento terriblemente impotente, porque la vida del príncipe estuvo en peligro y no hemos podido hacer nada para que su seguridad no se viera amenazada, además que el enemigo nos ha burlado y dejado como unos imbéciles incautos. Y yo le había prometido a mi rey proteger a sus hijos con mi vida.

—Cid.

Volteo observando el rostro compungido del príncipe mayor, Regulus, un hombre que como yo conoció a fondo el amor del rey Sisyphus y su sufrimiento con todo lo que se armó a partir de la caída de Auva. Muchas fueron las veces que el rey, soberano, irrumpió a mi habitación llorando por consuelo y fuerzas. Muchas en las que me vi aplastado en mis deseos de besarle.

Pero era prohibido, y tuve que suprimir mis deseos hacía él por el bienestar del reino, teniendo que soportar que fuera un niño quien los complaciera… a quien ahora protejo.

Al final, ambos sabemos, que nunca fuimos los primeros en el corazón del rey. Siempre fue la reina.

—¿Cómo está Aioria?—pregunta con su rostro entre seriedad y dolor. Comprendo su situación, comprendo su aflicción también, aunque fue gracias a él que esto no terminó en algo aún más lamentable. Era claro, Regulus fue el único que pudo hacerle frente a Asmita en la primera guerra, y este, su hermano, luce aún más peligroso que el antiguo consorte de Alhenas.

Asmita de Auva, cuando vi a su hermano irrumpir la fiesta y pronunciar su nombre fue como sentir de nuevo el filo de su espada amputando mi antebrazo derecho. Aún siento el ardor, el dolor, la sensación de que todo, hueso, musculo, tendones, nervios, venas, es cortado en dos sin poder hacer absolutamente nada. Ambos estábamos peleando con todo, él con el dolor palpable tras lo sucedido, y yo… yo por el bienestar de nuestro rey.

Al final ambos parecíamos pelear por quien amábamos.

—No lo sé, Shura está con él y Albafica acaba de entrar con un té tranquilizador—le comentó recorriendo con mis dedos izquierdo el filo de la madera que lleva a la habitación real—. Ha estado arrojando todo lo que se encuentra en el camino, está furioso por no haber atrapado al… príncipe menor de Auva.

—Esto ha sido sorpresivo. Se supone que él murió de niño, ahora saber que Asmita estuvo ocultándolo… ¿por qué razón? ¿Para qué propiciar todo esto?

Muchas preguntas… en realidad a mí se me ocurren muchas preguntas pero, si algo es evidente es que…

—Cid, lo único claro de todo esto es que, si el príncipe Shaka estuvo todo este tiempo en alheñas entonces…

Así es…

—Entonces fue posiblemente por él quien peleó.

—No—, me corrige el príncipe observándome con ojos llenos de compasión—, quizás solo fue una de las razones. Cuándo peleé con él, si algo me quedó claro pese a mi edad es que, amaba al rey.

—¡¡LO QUIERO ATADO A MI CAMA, SHURA!!

El grito nos alarma a ambos, solo pidiendo callar para ver como la puerta se abre de repente y Albafica corre hacia mí sosteniéndose la túnica. Le miro intentando entender que ocurre más baja su mirada en gesto de arrepentimiento, sin embargo es mi hijo quien sale sosteniendo al príncipe quien parece estar aún más endemoniado que nunca. El rostro de Aioria esta forrado de ira, desencajado, se puede ver tras sus ojos verdes la rabia e impotencia que le mana desde los intestinos. No quisiera juzgarlo; había creído por años que su prometido estaba muerto, perdido la cordura prácticamente por ese hecho y ahora, en esta lúgubre noche el fantasma de ese hombre apareció.

—¡¡SUELTAME SHURA!!—grita de nuevo Aioria manoteando sin mayor efecto

—Príncipe, por favor cálmese.

—¡Basta ya Aioria!

—¡¡¡NO ME MANDES A CALLAR MALDITO!!!—señala a mi pareja con ojos demandantes—. ¡Y TU!, MALDITO DE ALHENAS, VE A MI CUARTO Y AMARRATE EN LA CAMA

—Está loco…—murmura Albafica, mirando con ojos renuentes a obedecer y ciertamente a mi no me queda más que secundar su rechazó apretándolo contra mí, usando mi izquierda para asirlo y enviándole al mismo tiempo una mirada al príncipe de que esta orden no la obedeceremos.

—¡¡QUE ME OBEDEZCAN AHOR…!!—un golpe detiene su grito.

Pasmado observó como un golpe por parte de Regulus empuja a Aioria hasta la pared dislocándole la mandíbula. Nos quedamos en silencio, todos, al ver la forma en la que Regulus lo observa asqueándose del panorama, de la visión de uno de los hijos de quien fue el honorable Rey Sisyphus de Rukbat.

—Vuestra madre estaría muriendo en este justo instante si te viera, Aioria—sentencia el príncipe mayor y antiguo amante del rey, con los nudillos emblanquecidos de la presión y su mandíbula forzándose a mantenerse en posición—. Y si vuestro padre, el rey, estuviese vivo ¡serías tú el culpable de su muerte!

—No hables de mi padre con tu maldita boca, amante de cuarta. ¡Tú que solo fuiste una agujero para satisfacer a mi padre de sus bajos deseos!

—Deseos satisfecho de formas correctas y bajo los lineamientos de Rukbat, algo que tu, Aioria, ¡no has sabido hacer! Ahora entiendo la preocupación de vuestra madre, la reina mayor. El rey Aioros ha sido demasiado benévolo, todos lo hemos sido Aioria.

Hay un silencio, un silencio amplio que nadie se atreve a romper. Los ojos de Aioria aún así permanecen clavados en la faz de Regulus, en su mirada, y en todo aquello que representa este hombre para Rukbat. Hay muchas cosas, que sin embargo, se desconocen de él y de lo que ha ocurrido. Sólo el ejército que estuvo con nosotros en aquella primera guerra sabe lo que ocurrió en la batalla que él y el consorte Asmita sostuvieron y en las razones que llevaron al rey Sisyphus a firmar ese tratado. Siento que esta noche también hemos conocido algo que dudo Alhenas tuviera presente: que el príncipe menor de Auva estaba con vida.

Me pregunto ahora, cuántas motivaciones terminaron creando este escenarios, cuantas motivaciones que aún desconocemos.

—Shura, lleva al príncipe a su habitación y no permitáis que salga hasta que se calme—ordena de nuevo Regulus, empujando la gruesa capa tras su espalda—. Iré a Rukbat, la reina mayor debe saber lo que ha ocurrido.

______________Acto Sexto: La condición

///17 años atrás///

Amarte tanto se está convirtiendo en mi perdición Asmita. Me estás enloqueciendo, llevándome bajo, tan bajo que aún permito que mis nobles tomen una decisión que yo soy incapaz de tomar. Sin embargo su pedido no es lo que yo quiero, el castigo de la muerte no es lo que quiera para ti, Asmita, porque pese a ser ese lo que merecería tu crimen, aún no estoy seguro cuál es tu crimen mayor: si haber intentado matarme, o si haberme dejado de amar.

¿Acaso alguna vez me amaste?

De nuevo me encuentro dando vueltas en esta la cama que hemos compartido, desde que llegaste, desde que como un objeto te traté los primeros días de tu llegada a Alhenas. Me resulta aún imposible pensar que pudiste transformar todo ese odio que salía de tus poros cuando te tomaba a la fuerza, en el amor que terminaste profesándome después. ¿En qué momento ocurrió? ¿Cuándo empezaste a amarme? ¿Será que todo era un vil montaje?

Siempre creí que me habías elegido por encima de mi hermano. Ahora no estoy seguro de si me elegiste a mí, por ser yo, o solo la corona.

No puedo dormir, de nuevo.

Ruedo otra vez hasta quedar sobre el lugar donde solías dormir a mi lado, imaginándome como mi hijo te tomó entre sus brazos, como se hizo dueño también de tu cuerpo. Mi mente es mi enemigo Asmita, mi mente es mi verdugo día y noche desde aquella vez, desde que tuve que entregarte, desde que mi hijo bebió de ti… y allú estaba, peleando por ti, enfrentándose por ti igual que lo hizo mi hermano en mi contra.

¿Pones a todos en mi contra, Asmita?

Es detestable darme cuenta que aún si solo me quedarás tú, te quiero para mí, por completo. ¿En qué momento me volví tan dependiente del perfume masculino de tu cuerpo y de la curva de tu espalda cuando te hago el amor? ¿En qué momento me volví preso de esta maldita locura?

Quiero verte, quiero tomarte… ¡quiero poseerte maldita sea!

Me levanto de la cama con la decisión de verte aún en las avanzadas madrugadas. Estoy dispuesto a perdonarte Asmita, solo por tenerte de nuevo a mi lado, a creer de nuevo en un te amo de tus labios si te arrodillas ante mí y me pides perdón…

Si prometes alejarte de mi hijo.

Sé que al hacerlo, estaré de nuevo enfrentándome a los nobles. Sé que si lo hago, de nuevo mi hijo buscará acercarse a ti, pero dime, ¿no soy yo el rey? Todos deberían callar sus malditas bocas ante una de mis decisiones, obedecerme en silencio y sin titubear.

Decidido parto de mi habitación cubriendo mi cuerpo con el manto real. La guardia no dice nada al verme tomar la antorcha en el pasillo del calabozo, se limitan solo a abrirme el espacio y observar como tomo los escalones hacía la torre principal, lugar donde solo tiene acceso el médico real para alimentarlo. Han pasado una semana, Asmita. ¿Habrá sido suficiente? Con la sed, el hambre, ¿habrás entendido que solo en mi tienes salvación? ¿Me darás tu amor a cambio de tu vida? Puedo conformarme con eso…

Soy un hombre que ha tenido tan poco en su riqueza…

Penetrar a la torre y abrir la puerta del calabozo han sido las dos acciones más difíciles que me han tocado realizar en mi vida como rey. Se supone que eres un esclavo, y como esclavo debería matarte, pero ¡mírame! Aquí va el maldito rey a darte una oportunidad de vida solo porque no puede soportar la idea de perder, de nuevo, a alguien a quien ama, aunque le hayan traicionado.

Y allí estás, con tus manos atadas y apenas un manto blanco ya sucio cubriendo tu desnudez. Veo que aún tienes herida de seguro los golpes que te dieron la guardia de honor para salvarme, recostado en la esquina donde hay un poco de paja y cerca a la alta ventana con barrotes que escurre el haz de luz a tu piel; tus muñecas y tobillos están atados en gruesas cadenas y aros de acero, tu cabello cae sin forma por tus hombros... Luces tan tranquilo…

Aún así eres malditamente hermoso.

Deposito la antorcha en el mástil de la pared de piedra, observándote de nuevo y viendo como tu cuerpo siente un escalofrío y te despiertas. Me quedo en silencio en espera de tu reacción. ¿Será que gritaras pidiendo misericordia? ¿Me confundirás con mi hijo? ¿Acaso…?

—Su majestad—me reconoces… y un tibio temblor recorre mis piernas y mis ojos que no dejan de observarte y desearte—. ¿A qué debo su presencia?

—Los nobles piden tu muerte, Asmita.

Te quedas callado, enviando tu rostro irreflexivo hacia mí, con tus cejas ligeramente fruncidas. ¿Qué debería pensar de esta actitud?

—Entonces, que su majestad decida el destino de su servidor—respondes… ¿Eso es todo, Asmita? ¿No pedirás perdón? ¿No pedirás por tu vida?

—Suplícame que te libere. Suplícame Asmita que use mi poder para liberarte, que me enfrente a los nobles, que te lleve de nuevo a mis aposentos y te tome como amante, ¡otra vez!

—¿Suplicarte?—reviras reincorporándote en el suelo frio del calabozo. Envías para mí una expresión forrada de orgullo, de ese orgullo que me hiela la sangre y empieza a corroer mi paciencia, de ese que había dejado de ver hace mucho y solo aparecía cuando discutíamos de Kanon…—. Lamento decirle, su majestad, que no tengo nada que suplicar.

—Atentaste contra mi vida, ¡Intentaste matarme!

—¡Y lo habría hecho! ¡Si no lo amara tanto como lo amo lo habría hecho!

—Entonces si me amas como dices ¡suplícame que te libere, Asmita!

—¡No!—y no lo entiendo… no lo comprendo…—. No lo haré su majestad. Podré resentir la falta de sus besos, incluso su indiferencia, ¡pero jamás pasaré por alto el hecho de que me hayas entregado a vuestro hijo!

—¿Entregado? ¡Le abriste las piernas, te dejaste tomar por él!

—¿No es eso lo que supone debía hacer para obedecerle, su majestad?

Y me siento preso, preso de tantas ganas de besarte y de matarte Asmita, de los deseos que tengo que envolverte de nuevo en mis brazos o alejarme de ti protegiendo lo único que me queda en esta maldita vida, mi corona. Hablas de amarme… ¿pero como creerte que todo ese odio que tanto me profesaste ahora sea amor?

—No lo habrías hecho si me amaras…—te reclamo y detesto sentir mi voz turbia al mencionar esas palabras. Pero tú, tu levantas tu rostro mostrando quizás el mismo dolor y el mismo orgullo que te niegas a soltar.

—Eso mismo pensé esa noche, su majestad.

Quizás, soy yo quien no sabe amar…

¿O será que los dos somos unos ignorantes en ese arte, Asmita?

—Si tanto interés tiene, su majestad, de tenerme a su lado. Si tanto me ama como dice—prosigues, levantando tu rostro y tus parpados abriéndose para mostrarme el manto celeste de su mirada apagada—, sáqueme de este calabozo no como un esclavo real sino como el príncipe que fui de Auva.

Y abro los ojos, espantado ante tu petición. ¿Es eso lo que persigues de mi Asmita? ¿Es eso lo que buscas de mí? ¿La libertad? ¿El poder? ¿La corona que te quitamos hace años?

—Porque, Aspros de Alhenas, ¡yo sigo siendo un príncipe! Y si he de salir de este calabozo, ¡quiero salir como tal! ¡No como esclavo…!

—Imposible…—murmuro, decepcionado, herido…—. No puedes pedirme que te premie con un cargo cuando has intentado matarme.

Tus palabras me hieren, me matan Asmita.

—Entonces, déjame morir. Déjame volver a los brazos de mis padres y de mi tierra.

Suena tan absurdo… tan ilógico.

—Si no me amas lo suficiente como para hacerlo, déjame irme con mi hermano.

Sin responder esa última petición me retiro del calabozo.

Tú pides una prueba de mi amor, y yo una tuya… ¿a que llegaremos, Asmita? Si ninguno de los dos puede creer en el otro, ¿hacía donde iremos?

~Continuará~

FECHA El 03/02/11 a las 07:02:12 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 15/05/09 a las 04:05:48

I HATE HIM!!!!!!!!!!!

Tengo cosas seleccionadas ppara comentar para un pergamino, así que mañana más descansada dejo el coment decente. Ahora sólo puedo decir en orden de relevancia:

1) DESEO PELEA SAGA VS AIORIA BRUTAL Y QUE SAGITA LE ARRANQUE EL CORAZÓN Y SE LO COMA  *__________* O QUE LO EMPALE.  Meterse con Albita: PECADO!!!!!!!!!!!!

2) AUNQUE MUCHOS NO LO ENTIENDAN INSISTO EN QUE ASPROS ES EL MEJOR PERSONAJE DE LA HISTORIA, LA CARGA PSIQUICA DE ESE PERSONAJE ME DESBORDA. Lo amo con todos sus defectos y equivocaciones y acciones innombrales. Y me da tristeza también, realmente creo que él no sabe amar pero eso no impide que pueda sentir amor.

3) EL CID SE ROBO MI

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CUANDO DEFENDIÓ A ALBAFICA *_______________*

Eso es todo por hoy, mañana dejo el coment técnico y con la adrenálina más contenida. Dame 27 XD


FECHA El 07/02/11 a las 04:02:10 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

OMG Karin, me alegro que hayas venido a coentar ^^ Si, las primeras impresiones me lo esperaba asi, jajaja todos queremos que Aioria y Saga se peleen aunque de sgeuro Shaka no le dejaría que le quitaran semejante honor, el rubio tiene cuentas pendientes con el león y dudo que permita que Saga intervenga... aunque, ¿quien dijo que Saga obecedecerá lo que Shaka diga? xD

La parte de Cid y Albafica también me gustó muchisimo, cuando lo proteje es hermoso. ¡Es todo un caballero el cid! Y si, la parte de Aspros es barbara, es dificil estar ante él, es el rey, esta peleando con algo que él no termina de entender, nunca ha sido amado, ama a un esclavo que a su vez parece ocultarle cosas, la nobleza también le esige, su propia corona la exige y es... como decirlo, perturbante estar encerrado pro todos lados.

Dioses, espero tener el coment que me prometiste con todos los detalles, este capitulo fue el más largo que escribi, pero vino con todo y el siguiente es la toma de Geminga, ¡empieza la guerra en Lienzo!



FECHA El 21/07/11 a las 12:07:11 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

Capitulo 27

El ataque ha comenzado, las piezas estpan en posición y Alhenas recibe el primer golpe. ¿Que tipo de toma es la que le espera? ¿Y Asmita tendrá esperanzas?

Capitulo 27: El alba de la victoria

Durante mucho tiempo, en las calles de Alhenas se escuchó una leyenda, un cuento que a niños y niñas congregaban en la plaza, donde aquellos cuenta cuentos vestidos en vaporosas ropas les relataban lo que se había convertido en una leyenda. Se decía, que en el mundo existía ante seres de belleza impresionante, caballos de pelaje dorado que tenían a su vez un cuerno en su frente, símbolo de su casta. Los ojos claros del animal era capaz de verlos espíritus de la noche, y conversar con las hadas de los día, mientras paseaban por las extensiones de tierras donde el verde de los pastos y el azul de sus aguas de confabulaban con el cielo en los atardecer para teñirse de carmín.

Más allá de las cordilleras de Gemínidas se alzaban la historia de esos animales especiales que luego fueron cazados, uno a uno, todos ellos perecieron en distintas circunstancias. Y el último… el último había sido tomado por el rey de un malvado reino más allá del mar, cortándole el cuerno que daba evidencia a su casta. El hermoso ser viviente entonces adquirió la forma de una bella mujer, de cabellos con el brillo del sol y una mirada que reflejaba sólo la naturaleza y la vida que vivió, mucho antes de ser aprisionada. Para el rey, era su mayor tesoro, el mayor de cualquier otra conquista, de cualquier otro reino tomado, o la reliquia de mayor interés para él, teniéndola encerrada en lo alto de una torre donde escuchaba el mar rugir.

Todas las noches, la doncella observaba las olas en espumas intentar acercarse a la costa, veía fugarse en ellas un canto de coral que llegaba hasta su pecho, agitando el corazón de una vida que poco a poco, tras el encierro y el tiempo alejada de los suyos, iba olvidando quien era. Intentó entonces hacer caso omiso de aquellos cantos que la llamaban y tratar de acostumbrarse a su nuevo estilo de vida, con ayuda del hijo del rey, un joven príncipe que siempre iba a leerle cuentos de lugares lejanos que ella creyó conocer alguna vez pero que en su memoria se iba disipando, tal como los días, tal como el opaco de sus irises celestes.

El hijo del rey la amaba… se enamoró de ella, aún sabiendo que pertenecía a su padre. Ella lo amaba, pero en la forma pura que un animal de la naturaleza conocía, no como una mujer a un hombre, sino como una madre a un hijo. El rey supo del lazo y furioso, hizo esfuerzos para separar al hijo de su mayor posesión, al tiempo que reclamaba que esos ojos, aquellas irises de cielos, jamás pudieran reflejarlos a él.

Temía que reflejara a su hijo… porque eso significaría que la anterior bestia convertida en mujer había sido conquistada por la nobleza de su hijo, aquella que él había perdido por mucho tiempo.

Aún así, el príncipe no desfalleció, y con ayuda de unos sirvientes del castillo organizó una treta para liberarla y luego seguirla en su camino a la libertad. Ella le hablaba de las voces del mar, y él le dijo que las siguiera, sin saber, sin comprender lo que ocurría. Aquella noche, mientras el rey dormía el plan fue ejecutado, y cubriendo el cuerpo de la doncella con el manto de su realeza, el príncipe le abrió la puerta para que pudiera huir.

La noche era oscura, el viento agitaba las olas en enormes paredes de espuma blanca y sal que golpeaba los riscos de los acantilados. La mujer corrió los que sus pies le indicaron, sintiéndose mareada por el clamor de múltiples almas. Ya casi no podía entenderlos, había perdido la mayor parte de su esencia encerrada tras los lujos y el frío del castillo por lo que aquellas voces se transformaban en su cerebro confundiéndola en el camino de niebla hasta que por fin alcanzar la costa.

La ventisca sacudió sus dorados cabellos liberándola de las vestiduras que el príncipe le había entregado para cubrirse, más sus ojos, gemas de acuoso azul se quedaron observando las formas que dibujaban las olas en el mar frente a ella. Eran caballos, caballos con un cuerno labrado de marfil alzándose a los cielos y que intentaban caminar a la costa, pero no podían salir, se encontraba atrapados tras los limites de las aguas burbujeantes del océano.

Intentaron advertirle, pero fue demasiado tarde. El ser que los tenía confinado para siempre en las agua, él que en primer instancias la había atrapado, apareció frente ella con su piel de cuero y su aroma a fuego. El aliento de su hocico se transformaba en la niebla de la noche, el tamaño de sus cuernos, dos enormes pilares de hueso blanco que sobresalían de su cabeza, apuntaban hacía la faz delgada de su figura. Los ojos, ojos de muerte y de dolor, de sumisión y de sadismo le miraban mientras que el casco de sus pezuñas chocaba con la arena blanca.

El toro de fuego… el más fiel del rey,  un animal que era el temor del todo el reino y a quien cualquier bestia le temía. Su estatura era más de tres metros, el grosor de su piel de cuero superaba el de cualquier otra piel del reino animal, los cuernos de más de un metro de largo se levantaban orgullosos mientras la bestia agitaba su cabeza haciendo el movimiento de péndulo que planeaba ejercer sobre su cuerpo.

De esa forma… el último de esas hermosas bestias terminó siendo apresado, antes de llegar al mar, antes de liberar a los suyos…

Al final de los años, olvido su pasado, su casta, su descendencia, durmiendo en el lecho del rey.

Después, aquellos niños que la escucharon en las calles de Pólux se darían cuenta, al pasar de los años, que era una historia real…

______________Acto uno: La desesperación

///17 años atrás///

¡No, no puedo calmarme! Ante las noticias y el desosiego no hay noche que no crea oír la voz de él llamándome y pidiéndome auxilio, la de nuestro rey clamando por misericordia. No puedo dormir, no he podido comer, mi estomago se ha cerrado, renuente de recibir un sólo bocado de comida mientras sepa que él, mi heredero, ¡el rey de nuestras tierras ahora está en la mazmorra pasando frío y hambre!

—Shion…—escucho a mi lado su voz, de nuevo adormilado. Entiendo que lo despierto que lo he hecho todas estas noches que compartimos juntos desde que mi príncipe Asmita está encerrado en la máxima torre, penando por un acto que me parece justo, luego de haber sido abusado, de nuevo, como un juguete real.

Sólo recordar las palabras de los sirvientes de esa noche hablando de aquello me provoca cerrar mis muelas con ira, emblanqueciendo mis nudillos por la presión ejercida en mis manos, las uñas que quisieran clavarse en la carne roja y hacerlos sangrar para al menos sentir, aunque fuera un poco, el dolor de quien fue mi príncipe.

—¡No puedo Mani, no puedo! Debe haber algo, ¡algo que podamos hacer!—caigo de nuevo en la pequeña cama, en esta habitación donde me permito descansar, con él, lejos de la servidumbre. Mi cabello corto y cubierto siempre de mantos para esconder mi identidad, no puedo dejarme de sentir culpable de algo que sé no cometí.

¿Pero si hubiese sido yo? ¿Si hubiese sido yo el tomado como esclavo del rey? ¿Si hubiese tomado su identidad, dicho que yo era el príncipe…? ¿Acaso si yo…?

—Shion…—siento sus brazos rodeándome con precisión y decisión, encerrándome a él, casi como si me atara con cadenas de hierros, los que representa sus brazos, su vida… lo que me ha dado—. No podemos hacer nada, si nos descubre, nos morimos los dos y tu príncipe igual será encadenado a ese lugar. Su vida depende del rey, no se puede…

—¡NO ME DIGAS ESO!—clamo con dolor… ¿acaso no lo entiende? Cada palabra de resignación me llenan de ira, de rabia., ¡¡de odio!!—. Fue un error… ¡¡fue un maldito error!! Decirle que Shaka estaba con vida, hacer que detuviera su venganza para salvar a este maldito rey y decidir quedarse con él. ¡¡TODO FUE UN MALDITO ERROR!!

Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, de seguro pálidas, por el mal comer y el insomnio que he tenido durante estas semanas… Tres semanas, ya tres semanas han pasado desde que mi rey está encerrado en ese lugar, como un cautivo, un esclavo, mientras los nobles piden por su cabeza y el príncipe heredero por su cuerpo, ambos deseosos de burlarse de lo que fue alguna vez. Hay rumores que hablan de que el Rey intentó salvarlo, pero él mismo pidió algo que nada se lo podría dar.

La corona.

Conociéndolo a él y su orgullo, no me cabe la menor duda de que así fue.

Las manos de Manigoldo se acercan y secan mis lágrimas, sin que yo me aparte ni oponga resistencia. Sus yemas ásperas se llevan la humedad de mis mejillas, regalándome caricias que, sin pretenderlo mucho, llegan directo a mi alma. Es así, siempre ha sido así, en el silencio de la noche y con las paredes mohosas de testigo, un hombre de no demasiada palabras pero si hechos capaces de desmoronarme por completo. Sinceramente no sé como sentirme cuando estoy así por él, como expresarle mi agradecimiento, aunque un lado de mi hubiera preferido la muerte, para los tres, y que así los tres descansáramos ahora junto a nuestras padres y hermanos en las hermosas tierras de Auva, en forma de una flor de lotos.

—Mañana trataré de acercarme al médico real, a ver que sabe al respecto—susurró con su voz ronca y una media sonrisa que camuflaba su preocupación. Él también lo está, pero a diferencia de mí, no es solo la vida de Asmita la que le incomoda, sino los latentes enfrentamientos que pudieran acarrear otro conflicto político—. Quédate quieto, veremos si hay… si hay algo que podamos hacer.

¿Puedo creer que hay algo que podamos hacer? ¿Acaso podemos salvarlo?

Sus brazos rodean mi cuerpo obligando a mi frente apegarse contra su torso, moreno por el sol, lleno de cicatrices de antiguas peleas callejeras que me ha contado e n varias noches. Me limito a cerrar mis parpados y tratar de derramar en forma de lágrimas toda la frustración que he estado acumulando en la punta de mis parpados cada vez que escuchó las penitencias de mi antiguo príncipe.

Quizás, algún día, ambos podamos conseguir el descanso.

///Presente///

Tenía años sin saber que era el no dormir por la desazón y la incertidumbre. De alguna forma, en medio de los sueños y tratando de darle descanso a mi cuerpo que ha trabajado forzosamente las últimas horas, sólo he recordado una de esas tantas memorias que duelen y queman dentro de mi cuerpo, debajo de mi piel. Ya no hay consuelo, no, ese lo perdí cinco años atrás junto con mi esclavitud y la vida de mi príncipe Asmita, un hombre a quien al final desconocí debido a sus múltiples decisiones que iban en contra de lo que era antes. Supongo que al final, como dicen los cantos de las callejuelas en Alhenas, olvidó que era un príncipe antes de ser cautivo por el rey.

Aún así, hoy que no puedo dormir ya no es él mi principal preocupación, sino el heredero de su misión, el hombre que no es fruto de Auva, ya que todo lo que pudo haber parecido en sus cortos cinco años fue violentado por las garras de Alhenas durante esto veinte años. Esta clase de preocupación es distinta a la que tenía antes por Asmita, ya no se trata de su seguridad y el deseo que descanse en paz, sino de ver abrumado la columna de odio que despierta a su paso cada vez que mueve su mano y levanta su voz.

Shaka… Shaka es como un alma en pena que pide venganza dejando brotar palabras ardiendo en sulfuro.

______________Acto dos: La toma

La confusión se ha apoderado de todos, tanto nosotros como la fuerza rebelde, como los soldados que protegían la ciudad y los mismos ciudadanos. Tal como mi maestro lo había predicho, la misma gente, sin importar que fueran panaderos o graneros, han salido a defenderse creyendo que somos saqueadores, atacándonos a nosotros con lo que tienen en mano, desde las palas hasta las hoz de siembra. Como él lo había dicho, cada uno de ellos es un enemigo en nuestra vida en pro de defender a los suyos, corriéndolas mujeres con sus hijos por detrás de los patios y los hombres enfrentándose a nosotros sin importarles si estamos armados y protegidos por armaduras de hierro.

Es una batalla de tres frentes y me siento inseguro de cómo actuar. No quiero herir a la gente que he venido a liberar, pero tampoco puedo dejar que me hieran ni que escapen los sirvientes de los leones que los ha mantenido cautivos. Debo actuar en consecuencia, debo defenderme, mantenerme con vida, protegerlos… ¡es demasiado!

—¡Aléjense!—grito, tratando de disipar con la lanza a los que vienen a atacarme sin esgrimirle demasiado daño. Son dos hombres que con sus palas de paja y establos han venido a desafiar a la lanza de Escorpión, dos hombres: padres, esposo, hijos… familia…

—¡Milo! ¡No te distraigas!—la voz de mi maestro, la voz en una orden que no puedo dejar de acatar.

¡Maldita sea no quiero una victoria así!

Muerdo mis labios lleno de impotencia acallando el dolor de un alarido que sale de mi mismas entrañas, al mismo tiempo que infiero con la punta de mi lanza dolor a uno de aquellos que había venido a herirme. Me lástima, me duele derramar la sangre de mi propia tierra y patria, pero no me dejan opción, aparecen de un lado a otro decididos como animales a defender a sus crías y sus frutos, como si nosotros fuéramos la hienas que amenazan a los leones en medio de una cacería donde las cebras realizan una envestida guiada por el temor.

Observó el escenario por un momento en que el sol tras la colina de Geminadas se asoma en mi cabeza y no veo adversarios al redero. Los gritos de guerras y de alaridos se confunde entre el trotar de los caballos y el ruido de las armas chocando una contra otra, el fuego que ha tomado los techos de paja y la alarma de los propios aldeanos moviéndose de un lado a otro asustados. El sudor y la arena han creado arcilla sobre mi piel, junto a algunas manchas de sangre de rasguños menores que me han herido en medio de toda esta carrera. Algunos antiguos nobles de Alhenas no han salido aún de su mansión, cerrando los portones de su hacienda para evitar que los más pobres puedan entrar y usar esa vía de escape. Los malditos protegen su pertenencia en vez de la vida de quien son sirvientes y esclavo.

—¡Milo, no te distraigas!—escucho de nuevo, y no es sino hasta que volteo hacia mi derecha que el filo de una espada oxidada choca contra el escudo que reconozco es de mi maestro; Dohko ha llegado justo a tiempo para evitarme una severa herida en mi brazo—. ¡Concéntrate Milo! Todos son tus enemigos, ¡todos!—se mueve en circulo empujando a varios de los que le atacaban con el escudo de su armadura que le protege en su izquierda—. ¡No desvíes el objetivo!

—¡Pero ellos son…!

—¡¡Enemigos!!—asegura mirándome de reojo con sus ojos claros, nublados por la tela edad y aún brillantes, tan brillantes por de seguro la adrenalina que nos alimentaba desde dentro—. La mejor defensa es el ataque, ¡enfréntalos y saldrán corriendo!

Agitó sus riendas obligando a su caballo golpear con sus cascos la arena amarilla y creando un rastro dorado al salpicar esta arena humedecida de sudor contra s rayos nacientes del sol de Alhenas. Muerdo mis labios, tratando de enfocarme en la guerra y en donde estamos ya metido, en nuestra misión y en la única salida que queda: la de combatir y tomar estas tierras tal como Shaka lo ha pensado.

Mi animal obedece mi orden cuando sacudiendo contra los costados de su cuerpo se alza golpeando sus cascos contra la madera de unas cajas apostadas en lo que debería ser una frutería y se había convertido en pequeños fuertes de aldeanos armados. En el terror y ante el filo de Scorpiur, ellos huyen de mi presencia, corriendo hacía el sentido contrario mientras los soldados que si protegen esta pequeña ciudad vienen a mi encuentro. Siento en mi piel el sudor viajando y secándose por el viento y junto a la arena, dejándome un color arcilloso en mi cuerpo. La adrenalina calienta mis pulmones, mi sangre, todo de mi mientras muevo de forma circular mi lanza, atacando a todos los que se atraviesen y sintiendo este arma vibrar, crear un sonido de espesa satisfacción cuando la sangre, carmesí, se apega al filo de metal de su punta y la moja con su metálico sabor. Puedo sentirla, sentir en ella la carga de millares de almas antes tomadas, inocentes o no, por esta poderosa arma que le perteneció a mi primo.

Mi primo… seguro si él me viera en este momento buscando hacer huir a los aldeanos e incluso, tratando de no matar a los soldados que son de nuestra ascendencia, se burlaría de mí. Más no puedo, no puedo con mi consciencia cargar con ello, ahora en frente de esta guerra es que me doy cuenta de que no puedo…

Kardia, recuerdo la figura de años atrás llegando a la mansión con su andar prepotente, con la lanza, esta lanza, en sus manos brillando orgullosa los rastros de sangre seca que habían quedado prendado en la cinta de su mazo. Si, sus ojos oscuros y azules en ese tiempo eran aún más turbios y profundos, amenazantes para cualquiera que quisiese ahondar en ellos. ¿Cuántas veces me dije que yo no sería como él? ¿Qué jamás levantaría un arma contra un inocente?

¿Cuántas veces me juré que solo mis manos se moverían para defender al pueblo de Alhenas independientemente de su condición social?

Ahora veo la lanza de Scorpius llenándose de sangre, entintando mis manos que cae en gotas que golpearon mi mascara justo en este momento que por impulso la incrusto en alguien que amenazó mi derecha. La punta de la lanza, liberada luego de accionar el mecanismo de esta arma y provocar que las tenazas filosas se abrieran y solo dejaran en medio el aguijón de acero esculpido, la veo dentro de la garganta de un simple aldeano, un hombre de quizás cuarenta años, con solo…. Solo…

Abro mis ojos encontrándome con los de él, humedecidos y siendo tragados por el opaco escozor de la muerte, quien serena se va comiendo el brillo de antes junto con su vida. Sus dedos, nudillos ásperos por el trabajo de la tierra, sueltan lo que era mi amenaza, un simple pedazo de madera astillado… eso… ¡contra mí armado y protegido con armadura!

Su cuerpo se mantiene en alto por mi lanza que aún sostiene su cadáver clavado y yo me siento… ¡yo me siento tan inmundo! No… no era esto… ¡no era esta la forma en la que quiero salvar a mi nación!

Dejando caer su cuerpo, mi vista gira a mí alrededor viendo a nuestro ejército quemando las casas y abriéndose espacio sin discernir entre ciudadanos, gentiles y soldados. Conservó en mis ojos la imagen de Dohko, mi maestro, encabezando semejante toma llena de crueldad y violencia… Los veo y me siento ajeno, tan ajeno, que para mi esta no era mi batalla.

Tan ajeno… que no lo vi acercarse con esa espada…

______________Acto tres: La condición

///Hace 17 años atrás///

La soledad se hace tan intolerable… ¿Cuánto tiempo te tomara tomar una decisión Aspros?  Desde aquella noche han pasado ya seis lunas, y tu hijo, él sí ha venido esperando que los soldados le dejen entrar sin resultado, teniendo que devolverse luego de cortarle el paso. Pero tú no te has dignado a venir y ver qué es lo que ha ocurrido, si aún cómo, si aún duermo…

¿Habré pedido demasiado?

Degel me comentó que mi petición era absurda e imposible de cumplirse, ¿pero qué más puedo pedir de ti Aspros? ¿Qué más después de todo lo que ha pasado? Tu amor cada vez me sabe más a dudas y a contiendas, a lágrimas. Además, ¿es demasiado pedir para ti quien hace dos años atrás fue tras su hermano a buscarme, quién lo desafió a muerte por mi vida?

Sólo te pido confirmación…

Los grilletes en mis manos ya pesan, pesan a pena, a cansancio y desesperanza, esa que se desconcha como la cebolla, capa a capa lenta, y que conforme pierdo cada una de ellas en el alba de un día que murió y otro que corre con la incertidumbre del futuro; comienza esta a desnudarse y provocarme inmensas lágrimas que me contengo en el pozo de mi alma, bien lejos de ti… oculta en otras capas menos frágiles y más falsas… la de mi orgullo.

Esta noche siento que poco a poco voy llegando al fondo de ella hasta que no quede más que apartar… hasta que haya perdido todas mis esperanzas y me convierta en un ser sin norte, sin sentido, y con la espera frágil de una muerte que seguro los nobles esperan con ansias. Aspros… ¿Puedo confiar en ti y en tu amor? ¿Rescataras mi destino de las garras de los nobles como lo hiciste de tu hermano?

No quiero arrepentirme… no quiero arrepentirme de mi decisión de hace dos años…

Aunque cada vez pienso que Defteros en estas circunstancias ya habría actuado. ¿Estoy siendo cruel al compararlos justo en este momento? Ahora no puedo evitar recordar la forma en la que embaucó cada una de mis defensas, cercándome hasta dejarme sin más escapatoria que olerlo y sentirlo con cada poro de mi piel y con cada sentido de los que aún me quedan, estudiarlo y comprenderlo y…

Quererlo…

¿Qué será de él?

Odio tener que pensarlo en estas circunstancias en donde me encuentro, odio tener que evocar su recuerdo justo ahora que me siento tan débil y pensar que quizás… quizás me equivoqué al escoger. Aunque admito que si te escogí, Aspros, en aquel amanecer fue más por Shaka pero… algo de mi justo ahora quiere, quisiera estar lejos de este castillo, estar libre tras las paredes de esta horrible mazmorra y quizás correr en lugares lejanos, tan lejos, tan apartados…

Quizás solo extraño la libertad que él me dio… quizás extraño su aroma de poder, a fuerza y a violencia que era capaz de enfrentarse incluso a ti Aspros…

Quizás extraño la determinación de tenerme a costa de lo que fuera…

¿Puedes hacer lo mismo, Aspros?

Divago… el dolor me hace divagar…

Ahora escucho de nuevo los pasos acercándose y sé que de seguro habrá de ser otro soldado que viene a verificar que todo esté bien, que ya este dormido cuando el sueño me ha abandonado, cuando solo me encuentro tomando con mis manos atadas a la pared de piedra mohosa los barrotes de hierro y sintiendo al menos en mi piel la fría brisa de otoño y la luna, opaca, en mi mejilla.

Extraño tanto danzarle a luna… Añoro tanto danzarte, Aspros, bajo ella.

La puerta se abre, escucho una reverencia y mi corazón se sobresalta ante la certeza de que has venido, mi cuerpo reacciona ante tu presencia. Me levanto dando la espalda, ¡Cuánto me cuesta mantenerme ecuánime ante ti! Quisiera simplemente dejarme correr, dejarme tocar, entregarme y rendirme y…

—Nadie interrumpa—tu voz de esparce como un eco siniestro en toda la mazmorra, haciéndose obedecer al instante y mi piel vibrando al reconocerla.

Reconocer tu olor, reconocer el sonido de tus pasos, la forma en la que afirmas el talón contra la piedra, el cómo se mueve la capa de tu vestidura contra la porosidad de las rocas, el de tu respiración… la cual puedo estudiar y concluir con solo escucharla que estás ansioso… Tu aroma me dice de qué… mi cuerpo responde a ello.

—¿A qué ha venido el rey…?—musito con debilidad, en contra de mi voluntad.

Sé que te has dado cuenta, sé que me conoces muy bien como para comprender que por mucho que intente contenerte mis ansías sobrevuelan al igual que las tuyas, y que por más rencores y silencio que nos hayamos puesto de por medio nuestra carne clama por la otra, la mía por la tuya, la tuya por la mía… Lo sé, y lo sabes, y sé que por eso no medias palabras para acercarte, para forrar con tus brazos envuelto en terciopelos y gruesas telas mi cuerpo tan solo cubierto por una mugrienta bata, para clavar el filo de tu nariz contra mi cabello y hacerme gemir contrario a mis esfuerzos por no mostrarme débil a ti…

¿Sabes, tan bien como sé yo, que nadie podría crearme estos pensamientos, Aspros?

—A tomar lo que me pertenece—susurras a mi oído y mi orgullo, ese orgullo, cae desintegrado ante lo potente de tu voz atestada de deseos y lujuria.

¿Cómo tomar resistencia? No puedo, no puedo oponerme a tus manos que viajan y se adentran en mis tirantes hasta tocar mi pecho con tus dedos, resistirse al aroma de tu cuerpo transpirando de agitación, a la voz que en susurro murmura apenas silabas sin sentidos mientras te siento tratar, de la misma forma que yo, de mantener el orgullo elevado el tiempo que sea necesario, de no ser el primero en mostrar que ha caído derrotado ante la soledad y carencia del otro cuerpo a su lado. Y yo… tal como estoy, no puedo mantenerla, no por mucho tiempo, no cuando mis manos atadas en grilletes gruesos se asían a ti al extenderse hacia atrás y enredar mis dedos a lo que alcanzo de tu cabeza, dejando que el ruido de la corona de oro cayendo en la rocosa superficie amenice el de nuestros suspiros atestados a deseos.

Y te busco… busco tus labios, busco la forma de tu rostro, busco tu aliento hasta que golpee mi cara, busco tu olor hasta mordisquear tu boca. Y encuentro, y me someto, y me dejo someter ante la marejada de anhelos que has guardado hasta este momento y que siento evidente cuando aprietas mis tetillas con fuerza y brusquedad. ¿Cuánto me has extrañado Aspros? ¿Puedo confiar en la respuesta que tu cuerpo me entrega? Quisiera… quisiera confiar en ella al menos hoy.

Golpeas mi espalda contra el frío de los barrotes, dejas que mis manos aún atadas se anclen tras tu cuello y me besas, me besas con más ganas, con una pasión animal y enferma que había extrañado, que había conjurado. Te abro mis piernas haciéndote saber cuan ansioso estoy de ti y te adentras entre ellas mostrándome cuán bien me comprendes, cuánto entiendes en el lenguaje de este cuerpo que se ha comunicado, solo contigo, desde que nació.

Porque fuiste mi primer hombre Aspros, aunque hayas tomado mi cuerpo con tu violencia, aunque justo hoy lo tomes de la misma forma agresiva de mostrar que te pertenezco, mi corazón se derrite ante la idea de que me has ansiado tanto como yo, que te he hecho falta tanto como yo te he echado de menos y que quizás, quizás, este encuentro y esta entrega que permito sin más que mi hambre de ti, se convierta en el impulso que necesitas para tomar la decisión.

—¡Aspros!—gimo tu nombre al sentirte dentro, Aspros. Tu bendito nombre gritado para que todo el palacio lo escuche, Alhenas lo atestigüe, la luna nos observe. Tu nombre… ¡porque eres tu quien me toma!—. ¡ASPROS!—y quiero que lo sepan, que sepan que eres tu quien me ha venido a buscar, que es mi cuerpo el que anhelas, mi presencia la que persigues y lamentas hasta venir a tomarme en esta mazmorra.

—Te odio…—tu voz ronca y tus palabras… no…—. Maldita sea… te odio…—¡esas no pueden ser tus palabras, Aspros! Más siento la furia de tu garganta hablando, de tu cuerpo penetrándome—. ¡Ha! ¡Asmita!

—Aspros…—y me destrozas…

—¡TE ODIO, ASMITA!

Y de la misma forma que nuestras esencias se entregan y caen desfallecidas, así he caído yo… en este momento… ante la crudeza de tus palabras y tu simiente, tu simiente que no entró en mi… la dejaste correr a un lado de mis piernas negándote sellarme con ella, como siempre…

Dejas caer mi cuerpo con brusquedad a la pared, alejándote apenas haber recuperado tu aliento. Ni un abrazo… ni un beso fuera de la pasión… ni un te amo…

—He dado la orden de que mi hijo pueda visitarte, tal como lo has pedido—¿qué dices? ¿Qué yo lo he pedido? ¿En qué momento?

—¿De qué hablas?—me apresuro, sintiendo que el frío de la noche se interna en mis músculos mucho más rápido y no por el reciente orgasmo amargo que he tenido—. No he hecho ningún pedido desde que estoy aquí, Aspros.

—Su majestad—abro mis ojos aunque sé que ni así podría verlo… ni escapar tampoco de la realidad que sus palabras y su voz me envían—. No me hables como si fueras un igual, esclavo.

Y matando… matándome…

El silencio se instala por unos cortos segundos, silencio que yo mismo necesito y el cual espero que se extienda… que se extienda hasta que una brisa helada me despierte de esta pesadilla… de esta alucinación. Que no es verdad, quiero convencerme que esto no es real… ¡Qué esto no es más que una visión que el hambre y la soledad han creado para angustiar a mi alma!

—No intentes negarlo, la guardia dio un informe donde pedías que le permitieran la entrada de mi hijo a la mazmorra.

Eso es falso… yo no lo he pedido… ¡es falso, Aspros! ¿Pero cómo decírtelo si de antemano ya no me crees? ¿Si con antelación ya has dado veracidad a las palabras de aquellos y de nuevo, no te has dignado a preguntarme? Y sangrando, mi alma prefiere tomarse de aquel orgullo que dejé y permití que el fuego de tu carne derritiera para dejarme vulnerable. Me tomo de ellas, como me tomo de estas túnicas que ahora apestan a ti, para mi maldición, como me tomo del barrote… como me tomo de lo único que me queda en esta maldita vida que ya sé, está condenada…

—Tómalo como misericordia del rey.

Maldición…

—Mientras los nobles terminan de darme una mejor idea para tu castigo.

Maldición…

Tu amor es tan débil… mi amor es tan débil… somos débiles…

Me estoy cansando, Aspros…

Te siento acomodar la corona sobre tu cabeza, para salir de esta celda donde me has condenado, ya veo, para siempre. Esta que será la única que enjuagara mis lágrimas a ti.

—Su majestad—me atrevo a llamarte, presionando mis puños contra la túnica, mi orgullo contra mis uñas—. No, ¡Aspros!—subo mi rostro, conteniendo en el calor de mi mejilla y en la sangre que se ha quedado estancada en mi cuello, tenso por el dolor que aún trato de guardar ante de ti, ocultarlo a tu presencia—, ciento ocho días… solo ciento ocho días para que tú y tu pueblo decida mi destino.

Y en silencio, sigues tu camino ignorando mis palabras.

—¡CIENTO OCHO DÍAS ASPROS!—grito ya no pudiendo tolerar el látigo de tu indiferencia—. ¡CIENTO OCHO DÍAS O SERÉ YO QUIEN LO DECIDA!

Y la puerta sellándose… separando… lo que ya estaba separado.

—¡¡¡TE MALDIGO ASPROS!!!

Y me maldigo a mí por aún querer creerte.

—MALDITO SEAS, ¡¡¡MALDITA TU CORONA!!!



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______________Acto cinco: La Leyenda

///Hace 17 años///

El camino de regreso se había extendido por largas semanas, largas… En realidad, habíamos divagado por mucho tiempo en tierras extranjeras antes de que todos decidiéramos decirle a nuestro príncipe que queríamos regresar a la nuestra, a las tierras de Polux y Castor, a Alhenas. Defteros, nuestro príncipe, no pudo dilatarlo más, por lo que en el verano de ese año habíamos decidido regresar pese a lo lejano que nos encontrábamos y a la resistencia personal de su decisión. Yo lo sabía, Defteros no quería regresar.

Aún recuerdo aquella noche que tomamos el reino de Garuda y les dimos la muerte a los reyes de aquella enorme fortificación que en un principio había significado un reto para nosotros. Lo que encontramos allí fue más que la fuerza brutal de una leyenda de guerra, sino un espejo que al verse reflejado, nuestro príncipe cayó desboronado como nunca pensé verlo, siquiera cuando compartimos algunas botellas de cervezas en las tabernas oscuras de Polux. Estaba tan herido… Kardía fue mucho más rápido y logró detener la espada antes que cercenara su propia cabeza en aquel segundo donde la voluntad del príncipe flaqueó tal como la hoja de un árbol de otoño que no puede resistirse más a los vientos fríos del acelerado invierno. De no haberlo hecho, no sé si hubiera podido soportar la imagen del cuerpo de príncipe herido por su propia espada…

Sé que, pese a todo, la voluntad del príncipe aún no es tan resistente como solía serlo antes de encontrarnos con los escombros de Auva. Sé que aún está herida por el paso de lo que fue Asmita de Auva en su vida y que no hay  forma, ni una, de poder componer los estragos que le dejó un amor con correspondido… el primero.

El príncipe no había amado antes…

—Dohko…—su voz se transmuta en un sonido espeso y ronco hasta mis oídos, ayudado por el frió de la madrugada que cae sobre nosotros y la máscara que cubre su rostro, aquella que no se ha quitado desde aquel episodio. Si antes solo la usábamos para batalla, Defteros había decidido mantenerla cerrada durante todo el día, como si con ello reforzara su imagen de guerrero, o encerrara dentro de ella su corazón de hombre herido. Kardia me comentó que incluso en su intimidad lo hacía—. ¿Qué es lo que dice el mensajero?

Realmente me había mantenido tan pensativo en las tierras oscuras que estábamos atravesando que no noté la llegada de uno de los nuestros, Teneo, a quién habíamos enviado para que revisara los alrededores para tener una idea de que tan cerca estábamos de nuestra tierra. Todavía no alcanzábamos a ver las primeras copas de la región Gemínidas y eso nos preocupaba. Nos quedábamos sin abastecimiento, ya no había pueblos que saquear por lo tanto estábamos en peligro de quedarnos sin comida para un ejército de miles.

—Parece que ya vio la cordillera de Gemínidas—informó Kardia, acostado a un lado de donde el príncipe estaba tirado, frente a la fogata donde se había cocinado el último becerro.

Me levanto ante esa certeza, esperando que fuera eso y pudiera verlo con mis propios ojos. La esperanza de volver a nuestra tierra se había convertido para mi en algo vital, tan vital como el mismo hecho de seguir convida. Allí hay una tumba que debo visitar, la de mi familia, aquella que perdí antes de decidir ofrendar mi vida al reino.

Seguí a Teneo tal como me lo habían pedido y en las alturas de la colina pude ver las sombras lehjanas tapizadas en el cielo de lo que es la formación Geminidas. Mi corazón se infló de tanta alegría que fue inevitable soltar una carcahada, era como una victoria luego de haber permanecido en marca durante la mayor parte de las horas de la noche hasta que nuestros pies no dieron más. Estabamos cerca de casa.

Escuché a Teneo gritar emocionado hacía los demás guerreros que de inmediato buscaron acercarse, mientras el sol, tras nuestra espalda, empezaba a salir y a mostrar con su luz los prados que estábamos pisando. Debíamos estar en Auva… pensé en ese momento y los recuerdos de inmediato me agobiaron, matando por un momento la sensación de algarabía que estaba dentro de mi pecho.

Auva…

Kardia se me acercó a un lado viendo con el viento golpeando su cabello ondulado hacía la nada, su ceño fruncido lucía demasiado meditabundo para él. Quizás porque como yo, sabía que significaba para nuestro príncipe no solo la cercanía de Geminidas sino lo que debíamos traspasar para llegar a ellas… Teníamos que pasar por Auva.

—Auva…—susurró Kardia inclinando su cuerpo para luego sostenerlo de la rodilla izquierda que había alzado a una piedra. Yo preferí quedarme en silencio, viendo las extensiones, aquellas llanuras verdes que el sol conforme iba alzando su vuelo nos iba mostrando.

Defteros no se acercó.

La luz se fue deslizando entre la colina, bajando, mostrando las nivelaciones de los montes verdes, tan verdes como recuerdo los vi en los tiempos en que fuimos a dominarla, campos verdes, aguas azules que se volvían rojas en el atardecer, aguas cristalinas… aguas…

Rosadas…

Abrí mis ojos con tanta estupefacción como pude al verlo, abriendo al mismo tiempo mis labios lo cual no costó, sentí que mi mandíbula había quedado desencajada. Kardia levantó su cuerpo con lentitud también su cuerpo y todos… todos los gritos quedaron sepultados en el mar del silencio… y la culpa. Debió ser evidente para nuestro príncipe el mutismo que nos embargo a todos nosotros sin siquiera dejar a uno afuera. Era demasiado… lo que estaba frente a nuestros ojos nos había robado el habla.

—¿Qué sucedió?—se levantó nuestro príncipe y preguntó, recibiendo de respuesta el mismo silencio que nos embargaba el alma. Sentí que fue acercando sus pasos hacía nuestras espaldas y por un momento, por un momento pensé en voltear y evitar que lo viera, que observara lo que había quedado de Auva, de esas tierras, de sus aguas… de lo que antes era verde…

Pero fue imposible… y cuando él se puso en medio de Karida y yo… pudo sentirlo, sentir su mirada derritiéndose finalmente en lágrimas.

Flores rosadas…

No era necesario acercarme a ellas para saber qué tipo de flores eran… flor de lotos.

—¿Qué son…?—murmuró la voz de Kardia, tan trémula como mi temple y el rostro contristo del príncipe.

—Flor de lotos…—respondí, recordando en ese tiempo una vieja historia que mi padre me contó cuando era niño sobre esta tierra donde los cabellos eran de oro—. Cuenta la leyenda que su dios, por la fidelidad de su pueblo, destinó oro para su cabello y piedras preciosas para sus ojos y les prometió que sus almas volverían a resurgir… de la muerte… en forma de una flor de loto.

Lo que antes era verde… esa mañana era negro… una tierra estéril que ya no podría dar más a causa de nuestro fuego y sus aguas… sus aguas era fango, fango de donde se veían brotar miles… miles de flores rosadas. Miles de flores de lotos se veían en las lagunas que antes eran agua pura…

En ese momento, sentí… que Alhenas pesaría por cada alma que floreció en el fango de Auva.

______________Acto seis: La Entrada

Desde el bosque se podía observar por fin el fuego que se extendía en Geminga. El día había llegado, y nosotros, ya ha avanzado mediodía luego de cabalgar por casi mediodía hemos llegado por fin a tomar lo que nos pertenece. El fuego es nuestra señal de toma, la misma que usaba el ejército de Alhenas solo que esta vez, esta vez es un dios  de tierras lejanas el que guía nuestro fuego, uno que está a nuestro lado.

Desvío mi vista viendo a Shaka en el centro, con el cabello firmemente tomado mientras en sus ojos enrojecidos quizás por el cansancio y la falta de sueño, o tal vez por la excitación de conocer lo que sería nuestra primera victoria al frente; observa y se dibuja el humo de la ciudad. El sol esta exactamente sobre nuestras cabezas y siento que me cuece el cabello junto al sudor árido que correé por mis papillas. Hace calor, pero todo esto solo acelera mi sed de invadir, trastocar, mostrar que Alhenas ha despertado.

—Fuego…—escuchó la voz melodiosa de Shaka sonriéndole al escenario de nuestra victoria—. Hay fuego, y yo aún no eh tocado esas tierras.

Se siente… sé que el mismo Delio que respira el hedor de la muerte que nos sostiene también puede percibir la enorme sensación de sadismo que domina a Shaka en este momento, como una bola de fuego que cocina nuestros vientres y pone a nuestra sangre a punto de ebullición, borboteando e incendiando toda nuestra adrenalina. ¡Tan excitante!

—Creo que es hora de mostrarle como hacer un infierno.

Aquellas palabras crearon un verdadero incendio en mí.

Agitó las riendas de su caballo al tiempo que el animal golpeó con los casco el suelo. Podía sentir los tambores de guerra resonando tras nuestra espalda y el humo de alheñas dibujando nuestro sendero. Delio le siguió, la bestia que me sostiene parece haber captado mi euforia por lo agitada que se ha puesto. Solo necesito una señal, una, que como el príncipe Defteros hacía, me devuelva a nuestros antiguo tiempos de gloria.

—¡ABRIDME EL CAMINO!

Y con ese grito, el caballo y Shaka se encamina hasta la ciudad bajando por la escarpada colina llena de arboles que aún nos cubre en el bosque de los gemelos. Delio y yo seguimos su paso, acelerados, excitados, observando la figura dorada del hombre que abrirá la boca del averno para tragar a los de Alhenas y Rukbat sin consideraciones al peor de los purgatorios, decidido a ejecutar la justicia de Asmita.

La tierra amarilla se levanta a nuestro galope, la ciudad en llama nos espera. Se ven soldados peleando, gente corriendo el fuego flameando y Shaka, levantando una de sus espadas mientras el dorado cabello que representa la bandera de Auva penetra en Geminga causando pavor… el pavor de su justicia.

~Continuará...~



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El 19/11/09 a las 03:11:03

Capitulo 28: La actitud del Rey

 

 

El conflicto entre la corona y los nobles por el encierro del esclavo se agrava, mientras que en el presente la toma de Alhenas es un hecho. ¿Cómo Asmita logró superar la dura etapa en el calabozo? ¿De qué manera la toma de Alhenas va acorde a sus planes antes de morir?

Capitulo 28: La actitud del Rey

Alhenas pasaba tiempos difíciles tras el intento de asesinato del rey por quien era un esclavo real y eso lo sentían. Los constantes enfrentamientos entre los nobles y la corona habían creado un estado de inestabilidad que todos los ciudadanos sufrían en los precios del mercado. Como los nobles eran soberanos de las tierras, ellos mismo impusieron altos precios a los productos para empezar a molestar a la comunidad en general, como una medida de dar mayor presión. Cuando alguien se quejaba, la respuesta era simple y precisa: el palacio alimentaba con su impuesto a una traidor de la corona.

La reacción del pueblo no se hizo esperar. Una movilización de madres y padres con sus hijos más jóvenes se reunieron en la plaza principal deteniendo todos los trabajos. No hubo un solo esclavo o libre dentro de Polux que no dejara de mover sus manos con la consigna de dejar de alimentar a un traidor. El reino prefería alimentar aun esclavo que obedecer sus propias reglas, y hasta empezaban a circular lo rumores de que el rey aún tenía otros planes para con el antiguo príncipe de Auva y estaba en espera que los nobles y el pueblo olvidaban. Pero no lo harían… y en una reunión de multitudes ellos alzaron la voz y pidieron, o más bien exigieron la presencia del rey.

Para aquella tarde luego del tercer día de revuelta, el Rey Aspros con sus sequitos y su hijo heredero se presentaron en la reunión. Aspros empezó a pedir paciencia para decidir el destino de un hombre que para él había incurrido en alta traición y merecía más que la muerte. Los nobles exigían ya su cabeza… el pueblo completo yacía alrededor observando lo que ocurría en la plaza principal de Alhenas donde años después, irónicamente, sería quemado el cuerpo de Asmita, el consorte. El heredero solo observaba con sus puños cerrados totalmente indignado ante la actitud del pueblo.

Sin embargo, por muy suaves que hubiesen sido las palabras de Aspros, el reino entero no quería sucumbir. Pedían la ejecución del esclavo justo en esa plaza, exigían que así fuese demostrado que no había nada que atara el corazón del rey. Por mucho que su soberano insistiera en tiempo no era tiempo lo que precisamente tenía los plebeyos ante la presión económica que los nobles estaban imponiendo con los bajos salarios y el aumento de precio. Para evidenciar aún más el descontento de los nobles de la corona uno de ellos se levantó y dio un discurso sobre el poder de Alhenas y su falta de misericordia para los esclavos de guerra, sobre también los grandes avances políticos y militares del príncipe Defteros en comparación a los realizados administrativamente por el rey. El pueblo pareció refulgir con furia ante sus palabras como si la llamarada de fuego hubiera recibido la chispa que podría encender el incendio. Aspros calló sintiéndose avergonzado ante la comparación con su hermano.

El hijo no lo soportó.

La cabeza del noble rodó como una manzana cortada en dos por la tarima de madera que había sido implantada de forma esporádica para el encuentro de la corona y el pueblo. Los gritos de la población no se hicieron esperar cuando la sangre llenó el trono y vieron la figura del heredero con su espada desenvainada y el porte de todo un soberano, la furia de los mismos dioses tatuada en su semblante.

—¡Callaos ahora! ¿Como podéis permitid que los nobles se enfrenten contra la corona y nos obliguen a decidir sobre asuntos que no os conciernen? ¿Cómo podéis creer que serán ellos los que obliguen a mi padre el soberano a decidir sobre un esclavo de guerra? ¿Quiénes pretendéis que sois vosotros? No más que asalariados de la corona sois, y vuestras tierras no han sido vuestras sin nuestro consentimiento. ¡Debednos respeto pueblo de Pólux! ¡Obedecednos, nobles de Alhenas!

Hubo primero silencio ante las palabras… luego hubo la manifestación de miedo e indignación nunca antes vista.  El pueblo arremetió con piedras y el rey, reaccionando incluso antes que los mismos guardias de honor, puso su cuerpo para proteger al hijo y heredero de la corona mientras que los soldados buscaron contener la turba.

Los gritos y el humo de la tierra levantada quitaron la visión. Ese día, el pueblo gritó: muerte al espíritu de Arles…

Desde ese día, la ascensión de Saga de Alhenas a la corona trajo conflicto al reino, debido a la memoria del yugo que el pueblo vivió bajó su abuelo, el antiguo soberano que se proclamo dios: Arles de Alhenas.

______________Acto uno: El Interrogatorio

///Hace 17 años///

Me habían llamado de emergencia para atender las heridas del rey luego de aquel altercado ocurrido en la plaza principal de Polux. Debo admitir que mis nervios se dispararon justo en el momento en que supe que él pueblo, furioso e indignado por la actuación del heredero, haya decidido atacar a su propio monarca corriendo en ese momento peligro la familia real. ¿Qué podía esperar a Alhenas si un conflicto como este fuera más letal? ¿Quién tomaría el mando de la corona? Las perspectivas no fueron nunca alentadoras, teniendo a toda la corte de nobles dispuestos a tomar en el mínimo momento ventaja de cualquier paso en falso por parte de la monarquía.

Después de todo, se han aprovechado de lo mismo: Todo lo que ha ocurrido con Asmita lo han volteado a su favor y lo han usado como una forma para presionar a la corona.

Afortunadamente, los daños que recibieron el heredero y el rey fueron mínimos. El príncipe Saga se libró con apenas unos arañazos y raspones, mientras que él rey si recibió una pedrada en el brazo derecho que se lo ha inmovilizado. Tuve que aplicar mis conocimientos para evitar que la herida pudiera ser de mayor alcance y permitir al rey recuperar la movilidad del mismo lo antes posible.

Justo ahora, ha pasado una semana de aquello. Asmita desde el calabozo se enteró de la noticia y ha estado preguntando constantemente sobre las repercusiones que dicho acto ha tenido tanto en la corte como en la salud de los dos monarcas. Me es sorprendente ver que pese a la situación en la que se encuentra pueda mantener la actitud de un príncipe heredero, aquel que fue desheredado y ultrajado, arrancado de su tierra. Asmita es como una flor de loto nadando en fango, hermosamente aún con sus pétalos manchados, se abre y muestra el origen de su ascendencia.

Asmita ni siquiera en una celda puede ser visto como un esclavo real.

—¿Ya está?—la voz del monarca me saca de mis cavilaciones, obligándome a levantar la mirada por un momento a esos ojos índigo que parecen estar muertos, quien sabe desde cuándo.

¿Realmente Asmita ama el rey? Pienso muchas veces en las noches donde el sueño abandona mi habitación, en que ha podido ocurrir entre ellos. Asmita no habla demasiado, y es imposible poder adivinar las acciones o deseos de este hombre que nos ha regido en la corona por más de quince años. No actúa para salvarle, está como un testigo mudo mientras la corte se pelea y su hijo levanta su voz tratando de hacer valer ya su titulo, y aún así… varias veces se ha oído que se acercar a los guardias de la mazmorra para preguntar por él, si ha comido, si ha dormido… He de suponer que la responsabilidad es demasiada para él, y tener que pelear contra la ley de Alhenas para mantener con vida a alguien que amenazó a la propia corona en traición ya es demasiado. El peso de la corte, ahora el del pueblo que muerto de hambre ataca a lo primero que ve ha fallado y su propio hijo actuando según las arras de su juventud.

Bajo la mirada sin la esperanza de poder entender más a nuestro soberano y me avoco a cumplir con mis labores con el menor de los inconvenientes.

—Así es su majestad, solo necesitará preservar el vendaje por siete noche más, y podrá recuperarse.

—Mi hijo…

—Cómo ya le había informado esa misma noche, no tuvo daños graves, todas sus heridas superficiales han cicatrizado con normalidad.

—Entiendo.

—¿Algo más que quiera saber, su majestad?

—Es suficiente.

—¿Puedo retirarme?

—Tienes el permiso.

Si… así ha sido estos días en que lo he atendido, el protocolo con él cual se atiende a cualquier subordinado, de la misma forma me despido de él no esperando ningún tipo de cambio en la rutina real. La herida que tenía en el brazo ha comenzado a cicatrizar como se esperaba, las infusiones han servido para aliviar el dolor y reconstruir la piel. Solo será cuestión de un poco de reposo, para que nuestro rey recupere el total control de su extremidad derecha y no haya absolutamente nada que lo haga ver incompleto.

Con la misma calma me inclino y doy unos pasos de esta manera hacía atrás, antes de levantarme y con tres pasos más dar la media vuelta y marcharme. El protocolo se mantiene, igual que su silencio, y la idea de que quizás mañana Asmita me preguntaría, al ir a supervisar su alimentación tal cual me han ordenado, el estado del rey como lo ha hecho todos estos días. De reojo me atrevo a mirar a aún la espalda desnuda de nuestro gobernante, quién se ha mantenido inerte sentado en el filo de la cama real, rodeado de vino y de oro, con los mantos de la cacería adornando la estancia y su mirada al parecer perdida en el ventanal que da hacía el noreste .

Su mirada triste, su expresión vacía, su fría soledad…

—Espera.

El llamado me ha sorprendido por completo, sintiéndome tomado desprevenido. Si tal siquiera dejarme reaccionar, el rey se levanta dejando caer el manto que aún no cubre su espalda detrás de sus piernas, manteniendo su torso desnudo, con las vendas cruzando su hombro contrario y sosteniendo su antebrazo inmóvil frente a su pecho. Bajó por inercia mi mirada al sentir que he violado el protocolo al mirar al rey cuando ya estaba la orden de marcharme y temiendo la reprimenda por semejante blasfemia.

—Asmita de Auva—menciona y mi cuerpo percibe un escalofrío—, he oído que solo habla contigo. ¿Es cierto eso?

Irremediablemente recuerdo cuando fui sacado de la corte y el castillo por mi cercanía con el esclavo real, el antiguo príncipe de Auva. Es bien cierto que el rey lo tuvo muy cerca de él, encerrado en la habitación como su mayor propiedad, celándolo incluso de las miradas que osaban admirar la belleza que aún Alhenas con su cautiverio no había podido arrancar del príncipe sometido. Temo… por reflejo, volteando con una reverencia mientras mi cabello largo cae sobre mis hombros cubiertos por la manta blanca y fijo mi vista a la sandalia de mis pies.

—Así es, su majestad. He conversado con el venido de Auva.

—¿Qué dice?—aquello me ha tomado totalmente por sorpresa y titubeo un poco para responder.

—Mi señor… ¿qué desea saber?

—¿Qué hablan? ¿Qué te dice? ¿Cómo lo ves?

¿Cómo debería responder ello? Mi corazón acelera su pulso de forma inmediata y siento el frío de su mirada sobre mi cabeza, esperando o más bien exigiendo una respuesta. Es ahora que me doy cuenta de ello, de la profunda mirada del rey, de toda esa energía que acumula a su alrededor doblegando con solo su mirar, profundo y acuoso, eterno… es esa la sensación, que mira y su mirar no deja de mirarte ni de escudriñarte, como si al mirar mirara mucho más allá.

Reconozco que es la primera vez que siento esa mirada de él, esa mirada con fuerza y la capacidad de hacerme hincar ante él. ¿Desde cuándo…? Creo… creo que solo un rey bendecido por los dioses podría tener una mirada así.

¿Pero cuándo la había sentido antes?

Claro… justo frente a Asmita… aquel día que intentaron atacarlo y él mató a la guardia que osó en levantar su mano a él. La recuerdo, los ojos de Asmita aunque sin luz siguen emanando esa energía que somete sin titubear.

Sin oponerme, inclino mi rodilla pegándola al suelo y ofreciéndole mi total colaboración ante él, que aún sin tener la corona sobre su cabeza parece gobernar.

Si Asmita vio esto, podría comprenderlo. Este hombre… este hombre tiene un enorme potencial encerrado. Nuestro Rey, es un Rey aún sin la corona puesta y sin un ejército que le obedezca.

—Habla… habla de sus días en Auva, de sus ideas para Alhenas, de las siembras… a veces comento los problemas que ocurren en la corte y él me comenta sus soluciones posibles—mis ojos están cerrados y mi rostro inclinado ante él, sintiendo ahora la helada de su mirada en la nuca—. Pregunta cada vez que nos vemos sobre las noticias más importantes de la corona, que ha ocurrido, como se ha visto afectada la economía de Polux debido a su arresto…

—¿Pregunta por el heredero?—su voz resuena de nuevo.

—Lo hace, su majestad… entre todo lo que pregunta sobre el reino, siempre pregunta sobre el heredero—siento en este momento como si la poderosa presencia del rey se esfumara con estas palabras, una sensación de desosiego que envuelve a mi pecho y me obliga a levantar la voz, una vez más—. También pregunta por usted.

Se extiende el silencio. El rey solo me mira como si buscara confirmar la verdad y yo me limito a mantener mi posición pese a que lo único que logró oír es a mi sangre borbotear en el cuello, con el pulso de mi corazón. Trago grueso esperando su veredicto, y confiando que quizás esa hayan sido las palabras que él esperaba escuchar de mi cuando inició estas preguntas.

—¿Qué habla el esclavo del rey?

—¿Me permite levantar la mirada, excelencia?—me atrevo a pedir.

—Adelante—la levanto, la enfocó en él, observando lo turbia que se encuentra, como si estuviera viendo las profundidad del mar y su poderío contenido en dos gotas.

—Que confía en el rey—y lo veo temblar por un momento, con su mirada fija en mía—, qué confía en su sabiduría y en su poder para poder calmar a su pueblo. Que sabrá, sea cual sea la decisión, que el rey lo hizo pensando en lo que es justo para el pueblo de Alhenas.

Por un momento el silencio se mantiene entre nosotros, mirándonos fijamente, envolviéndome a mí en esas aguas que no me atrevería a golpear. Solo los ojos vacio de Asmita podría… solo ese hombre tiene la sangre para hacerlo…

—Y tú… ¿confías en mí?

______________Acto dos: El aviso

Esta noche, para Afrodita y para mí ha sido la más larga en años. Creo que la última vez que habíamos sentido esta latencia del tiempo fue en el día de la caída del reino, aquella noche que Polux cayó ante la garra de los leones. La incertidumbre y el miedo, todo se juntó para tenernos en vela mientras escuchábamos el sonido de los cascos de los caballos enemigos, de los jinetes que venían a asediarnos, sabiendo que Shaka estaba en el castillo, que podría morir. No pudimos descansar hasta saber que estaba con vida. Fue espeluznante.

Justamente, ahora siento la misma inseguridad que en esa noche turbia, el  mismo terror ahorcando mi garganta e impidiendo el paso del aire. Shaka estaba en las garras de los leones, había ido a desafiarles en la misma cueva, a jugar y enfrentar sus colmillos con las manos desnudas, él y un puñado de hombres que no acumulaban la decena. ¿De qué modo sentirme seguro ante la certeza de que en el castillo han de haber más de cien soldados de Ruback sin contar con la guardia de Alhenas?

Me muevo un poco en la cama que comparto con Afrodita y el dolor de mi tobillo me inmoviliza. Dejo brotar un quejido lastimero, y entiendo que en estas condiciones no podré levantarme. ¿Afrodita estará durmiendo? Espero que sí, espero que al menos haya podido descansar porque luego de la despedida los nervios lo tenían bastante asustado ante el desenlace de esta jornada.

—¿Te duele?—te he despertado… suspiro resignado y me limito a asentir mientras siento el movimiento de la cama que me anuncia te estás acercando para verificar.

Descubres la sábana que compartimos y verificas el vendaje que habías puesto con tus infusiones medicinales para la herida. Siempre tan atento Afrodita, no recuerdo haber estado un solo día de mi vida separado de ti, eres mi hermano y desde que tengo memoria compartimos la cama, tal como lo hacíamos de niño, durmiendo en la única cama que nuestro abuelo Sage nos ofrecía y aunque nos construyó una segunda, nunca me acostumbré a dormir solo y siempre terminaba pasándome a la tuya.

Tiempo después, Shaka ocuparía esa misma al no poder dormir con nosotros por las pesadillas…

—Es mejor que no te muevas, si lo haces te dolerá más.

—Está bien…

—¿Crees que falte mucho para que amanezca?

—No lo sé…

Sé que aunque intentemos entablar una conversación trivial, es imposible. Ambos estamos conscientes de que esperamos el amanecer con dolor y esperanza, con miedo y fe. Es tan contradictoria esta amalgama de emociones que no hallo nombre para nombrarla, pero puedo verla en la palidez de tu rostro y en el temblor de tu mirada, hermano: tenemos miedo al amanecer.

—Iré a buscar agua.

Sé que tan solo es una excusa para decir que vas a ver si hay noticias sin preocuparme. Te conozco bien, te leo tan transparente como leo a Shaka, nuestro abuelo siempre dice que soy, de los tres, él que puede estar más al tanto de sus pensamientos.

Te levantas de la cama y amarras tu cabello ondulado a la altura de tu cabeza. Desde aquí, y con la luz de nuestra lámpara de aceite encendida puedo ver tu lunar izquierdo y el brillo de tus ojos celestes titubeando en la negrura de la noche. Volteas para sonreírme e infundirme fuerzas y a mi solo se me ocurre sonreírte en respuesta. Sé que eres quien aparenta ser el más fuerte, el de carácter más difícil y desconfiado, pero cuando se trata de los tuyos, los lloras con sangre Afrodita. Siempre fue así.

—¡Shhh!—un murmullo. Ambos volteamos hacía la entrada de nuestro campamento y vemos la enorme sombra detrás, esperando de seguro el permiso—. Ey…—y reconozco la voz…

—¿Kanon?

No he mencionado bien su nombre cuando asoma su cabeza y de inmediato mi hermano estruja sus cejas en gesto de advertencia.

—¿Qué hace aquí, príncipe Kanon?

—Vine a avisar que ya llegaron noticias de Polux—ante aquello los dos nos hemos tensado esperando lo siguiente—. Sobrevivió, su hermano salió sano y salvo del castillo de Alhenas, ahora se dirige a encabezar la toma de Geminga.

El príncipe Kanon entra finalmente a la campaña y ninguno de los dos somos capaces de decirle lo contrario ante aquella noticia. Shaka sobrevivió, pero no conforme con eso él ha ido a tomar con sus propias manos a la primera ciudad para el príncipe Saga. Kanon nos observa con seriedad, a pesar de que al principio me creaba aversión, me he ido acostumbrando un poco a su presencia, quizás por el trabajo en conjunto en los hornos de la herrería o por los entrenamientos con el heredero. No sé si fue eso, o la sensación de que en cierto modo estamos compartiendo la misma agonía —la de ver a nuestros hermanos enfrentar a la muerte— lo que me indujo a confesarle lo que le dije en el camino al campamento después de lastimarme.

—Además, trajo a una esclava del castillo, me pidieron venir a avisar para que la atendieran.

—¿Una esclava?—preguntamos los dos al unísono y en ese momento es Shayna, la mujer de mayor rango en esta revuelta, la que entra en nuestra carpa sin el menor cuidado.

—Así es, Shaka trajo a la comida que iba a ser del príncipe Aioria…—¡por los dioses…!—, necesitamos que verifiquen si está todo bien con ella. Ya Camus se fue con el príncipe Saga a la revuelta así que…

—Iré…—se levanta Afrodita con determinación, buscando el abrigo para cubrimos del frío.

Le observo en silencio mientras los pensamientos se me aglomeran en la cabeza, no dejando que pueda siquiera dedicar más de un par de segundos a cada uno de ellos. Afrodita sale de la carpa con la compañía de Shayna, y nos quedamos entonces el príncipe Kanon y yo, cada quien al parecer metido en nuestras propias preocupaciones. Pese a saber que ya Shaka salió a salvo de las garras de los leones, el hecho de que haya ido directo a la toma de Geminga no ha ayudado en mucho mi preocupación.

—¿Cómo sigues?—escucho a mi lado, la voz gruesa y algo aplacada de quién es uno de los príncipes sin corona del reino.

Sin pensarlo dirijo mi mirada a él, denotando hasta ese momento que ya no tenía el pecho desnudo como cuando entrenamos horas atrás, sino una holgada camisa de tela desteñida que se amarraba a la altura de su clavícula, mostrando aún así rastro de piel. A diferencia del heredero, Kanon aún preserva el largo y abundante cabello, mechones que caen entre sus pómulos y hombros dándole una apariencia fiera, masculina e indomable. Es extraño… cuando el príncipe Saga tenía el mismo largo, no fueron precisamente esas palabras las que vinieron a mi mente para describirlo.

—Estoy mejor—respondo bajando la mirada a los mantos que aún me cubren en la cama—. Gracias por venir a avisar…

—Estabas muy preocupado—mi mirada se levanta mostrando quizás la incomodidad que siento en este preciso instante que estamos los dos de nuevo solos, otra vez, en la misma noche. Los ojos de Kanon parece mirarme como si pudiera leerme y aquello no me produce más que un intenso temor—. Hoy, en los entrenamientos, no eras tú.

—Sobre lo que dije…

—No te preocupes… no estaré comentando nada es más, no es de mi incumbencia tampoco—entrecierro los ojos observándolo con más atención. Aquellas palabras que salieron de mi boca sobre Asmita y comentando más sobre el pasado de Shaka estoy seguro, que si llegaran a oídos de mi hermano se molestaría conmigo—. Oye… quería pedirte algo—no sé porque me imaginé que algo traía en manos. Respirando para pasar un tanto mis pensamientos, dirijo de nuevo mi mirada a él esperando por sus palabras—. Mira, dudo que puedas ponerte de pie mañana, y lo más seguro es que toquen empezar a crear nuevas armas a partir de esta toma, así qué…—carraspeó—: pensaba en si me enseñarías a trabajar más armas.

—¿Enseñarte?—repito como si aquello fuera más de lo que habría esperado.

—Además, si yo aprendo se podrán hacer más, en menos tiempo. Creo que el factor de la velocidad ayudará para los siguientes movimientos—sigue explicando sin mirarme directamente, como si aquello que me estuviera diciendo le afectara de alguna forma—. Con más armas habrá más espacio para soldados, el ejército podría crecer si es necesario. Creo que hasta el rubio le gustaría la idea…

—Está bien—todo aquello visto desde el punto de vista táctico era cierto—, te enseñaré entonces, pero no repetiré más de una vez—le advierto y él, solo me dirige la mirada y sonríe con un dejo de travesura que no sé como tomar.

—Otra cosa… que sea secreto. Si Saga sabe, de seguro no me dejará. Mucho fue que me dejara entrar… ¿Qué?

Ante esa última pregunta parezco reaccionar y es en ese momento que comprendo que había dibujado una sonrisa mientras él me hablaba. Ahora siento mis mejillas arder y carraspeo un tanto inseguro. Si, es verdad que mientras él me decía que no le comentara a su hermano, pensaba como las cosas habían cambiado tanto desde su llegada. Cuando lo conocimos siendo un hombre irresponsable, hasta ahora que busca ser ayuda para el rey.

—Creo que necesito descansar, príncipe.

______________Acto tres: El pedido

///Hace 17 años///

Las noticias siguen siendo desalentadoras y todos en el castillo tememos sobre lo que podría ocurrir en las semanas subsiguientes. Mi príncipe, mientras tanto, permanece dentro de la mazmorra apenas recibiendo la visita del médico real y según escuché, rechazando las del heredero. Es difícil saber hasta qué punto logrará resolverse todo esto, como también que tipo de salida sea necesaria. Las cosas entre la corona y la corte están muy tensas y si a eso le agregamos el descontento del pueblo, por mi experiencia, sé que solo lo empeorará.

Durante ya una semana después de aquella muerte, todos en el castillo nos hemos preguntado qué clase de rey espera a Alhenas con semejante heredero. He escuchado muchas cosas, leyendas y murmullos que se abren paso entre los esclavos que hablan del antiguo rey, padre del soberano, un hombre quien no medía en sus acciones, cruel y nefasto, un dictador que entregó a Alhenas las noches más difíciles durante su vida. Temen que el heredero sea una nueva imagen de él.

Arles, como se hace nombrar entre los esclavos, había mostrado un reinado tiránico al aumentar los tributos, quitarles las tierras a los plebeyos y alimentar a sus favoritos en la corte mientras estos les acompañaba en sus orgias y en su cama. Un hombre que no titubeó en enviar a su hijo menor a conquistar tierras lejanas para aumentar su poder, mientras en el castillo enfermaba la mente del actual gobernante. Los mismo de la corte, según se escucha entre las voces, temen a la idea de revivir esos momentos donde era mejor callar y sonreír mientras se inclinaban, que intentar ponerse en contra. El rey más de una vez voló la cabeza, tal como lo había hecho el príncipe Saga en esa mañana, frente a todos a quien le desobedecía.

Gobernar a través del terror…

—¿Otra vez?—escucho la voz de la jefa de cocina, recriminando con su mirada oscura a la bandeja que traía el soldado.

—No ha querido comer—reconozco a este soldado, de cabello oscuro y largo a sus hombros, tiene una cicatriz en su ojo izquierdo de seguro de alguna guerra anterior. Es uno de los que resguarda la celda de mi señor.

Es cierto, según también he oído, mi príncipe Asmita solo ha estado comiendo un plato al día, en la noche, cuando la luna  la lluvia visita su ventana. Me preocupa su estado de salud, él como se verá, de seguro más delgado. ¿Por qué lo hace? ¿Acaso no le gusta la comida? Dudo que se trate de eso.

—¡Qué se muera de hambre si quiere!—la voz de la cocinera resuena con ira mientras tira la bandeja en el mesón de barro. Yo me limito a escuchar mientras cortó las verduras para el asado de la cena real—. ¿Quién se cree? ¿Qué le haremos un menú especial?

—Solo dice que le den Arayashiki, ¿sabes qué es eso?

Arayashiki…

Inevitablemente mis manos se han detenido y un escalofrío recorre mis hombros navegando hasta mis piernas.

—¿Y qué voy a saber? Quizás una exquisitez de su tierra, ¡pero no hay nada de eso aquí!

—Cómo sea, si el rey recibe el aviso de que el esclavo no come porque no le gusta la comida, no será a mí a quién reclame.

Arayashiki…

—¡Maldito sea, Isaack!

—Más te vales que lo arregles.

Arayashiki…

Los pasos del soldado resuenan abandonando la cocina, y entre las cocineras y esclavos empiezan a bufar y maldecir a mi príncipe por haber rechazado de nuevo la comida. Yo me he quedado en silencio… yo no puedo más que mirar fijamente el filo del cuchillo con el que corto las patatas y puedo percibir como mi vista se va haciendo más borrosa y menos nítida,

Arayashiki…

¿Esa es la voluntad de mi rey? ¿Es una orden para mi, su majestad?

Mis manos tiemblan con el filo en mano, por fin dos lágrimas caen. Quizás… quizás él ve aquello como la única salida a esta situación.

______________Acto cuatro: La batalla

¡Esto es excitante! Desde que entramos a la ciudad y el cabello de Shaka relució entre los rayos de sol de Alhenas, el pavor y la confusión se han apoderado de todos los francos y ¡hemos podido ganar aún más terreno del que esperábamos! La gente corre, ¡los soldados gritan! ¡Vemos a los mismo imbéciles que decidieron postrarse ante Rukbat para guardar sus posesiones correr y ver con pavor la figura del heredero del consorte real rebanando sesos a diestra y siniestra! ¡Glorioso espectáculo! ¡Increíble actuación! ¡Los pantalones negros de la túnica de luto ahora están teñidos de lodo y sangre!

Nos hemos separado en medio de la plaza donde todos huyen y chillan como animales asustados, Veo que Delio no le pierde pisada a nuestro líder y sabiendo que estar mejor protegido a su lado, me dedicó a buscar al ejercito que ya debería haber avanzado hacía la zona del noreste, donde se encuentra el palacio del poder de la ciudad. Con el trote hacía el frente me abro paso ante la multitud que corre y los soldados que aún confundidos buscan atacarme y mueren a mi paso. La sensación de la guerra me dispara la emoción al máximo, puedo sentir en el palpitar de mi yugular mi corazón vibrando de éxtasis antes la cacería y el instinto de sobrevivencia. Tantos años, malditos años, parado sin hacer nada ahora han acabado. He vuelto a donde es mi verdadera tierra, mi hogar, ¡las guerras!

—¡Prueben mi filo, malditos traidores!—grito de puro placer mientras degolló a otro guardia que se atraviesa a mi paso y la sangre viaja en el viento junto a la arena amarilla. Su grito queda atascado en su garganta y solo es su sangre la que se atrever a clamar por su vida antes de sucumbir.

La euforia que siento es monumental y podría quedarme en el mero centro de la plaza despedazando cuerpo hasta que se me fuera el alma en ello. Después de todo, lo que tengo dentro son unas infinitas ganas de venganza, porque hubiera preferido ser yo el quien muriera o desapareciera después de nuestra caída, y no él, él único hombre en el mundo que le dio razón a mi vida sin una espada en mano.

—¡Kardia!—escucho entre el bullicio de toda la toma una voz conocida llamándome, y luego de quitarme a otro malnacido de encima, volteó para ver el caballo de Dohko corriendo hacia mí, pero no con él sobre él, sino parece ser otro cuerpo… Lo reconozco de inmediato y por primera vez en toda esta algarabía siento mi sangre congelarse en mis venas.

—¡Milo!…—me apresuro a alcanzar el caballo y tomar las riendas para ver el estado de mi primo herido por una espada justo en la costilla. Tengo, ahora sí, la furia contenida y deseos asesinos, ¡quiero matar a todo el maldito ejército que protege esta maldita ciudad!

—¡Camus!—escucho otro grito y veo como desde algunos metros de lejanía Dohko desmiembra a otro guardia con sus brazos desnudo y espada en mano. Ese maldito hombre sigue teniendo la fuerza de su juventud, no en vano era la mano diestra de mi príncipe Defteros—. ¡Está en las afueras de… el bosque!—comprendí el mensaje y sin pensarlo tomo el cuerpo de mi primo y lo subo a mi callo, dando una palmeada al otro animal para que este vaya por su jinete.

Un silbido y cinco de los que pertenecen a nuestro ejército responden y me siguen sin titubear. Lo que planeo hacer es muy sencillo: tomando en cuenta el movimiento de la toma es factible que los malditos roedores se vayan a escapar por la parte del norte de la ciudad, así que no me queda más que evitarlo y cortarle su única salida. Pero antes debo llevar a mi primo herido hasta donde está el médico real y cerciorarme que el muy maldito no se muera antes de tiempo. ¡Joder no! ¡Milo no puede morir!

Cabalgo a toda velocidad mientras la tierra golpea contra mi rostro y el sol de Alhenas me hace sudar largas gotas de agua salada pegándose contra mis mandíbulas y mi barba naciente. Siento como una mano se aferra al hueso de mi cadera y puedo identificar perfectamente que se trata de Milo, de seguro removiéndose por el dolor.

—¡Eres un descuidado! Herido en primer combate, ¡es una vergüenza para un Scorpius!

—No moriré…—murmura él con su voz apagada pero una media sonrisa.

Bueno, debo admitir que con eso me ha convencido.



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______________Acto quinto: La Corona

///Hace 17 años///

Encerrado en mi habitación no he podido hacer mucho desde lo ocurrido en aquella revuelta. Mi padre me reclamó con severidad y aunque me enfrenté a sus palabras y no creo haber hecho mal, siento las miradas de reproches de todos los que me sirven y el miedo fijarse en mis vestimentas. Al parecer cometí una enorme equivocación, ¿pero cómo puede ser eso? Estaban atentando contra el poderío y la potestad de la corona, todos los traidores deberían ser condenados a muerte, sin titubear. Al menos eso pienso.

Aún así, mi hermano Kanon se ha mantenido en silencio hacia los motivos, aunque me aplaudió el hecho de ya haber matado a un hombre. Es sabido en Alhenas que el tomar la vida de otro es un gesto que aumenta la dinastía y demuestra la hombría. Más que un acto de terror es tomado como una evidencia de la autoridad que poseemos. Todas esas vidas le deben su derecho al reino, solo tomé una que nos pertenecía, al menos eso pienso y espero que comprendan. No es que mataré a todos los que osen oponerse a mí, pero tampoco titubearé en castigar a los que creen conflicto en mi reinado solo por no estar de acuerdo en decisiones que no les atañe.

La vida de Asmita no les atañe ni al reino, ni a la corte. Es un problema de mi padre, y si, mío.

Aún así, hasta este momento no he podido hablar contigo Asmita; me has negado, has renegado de mi presencia y no… no he podido saber nada de ti y solo verte de lejos desde que compartí la habitación esa noche. ¿Tienes idea de lo mal que me tienes? Lo dudo… según lo que dicen parece que tu temple en vez de desvanecerse se fortalece y hasta te oyen discutir sobre los temas del reino en compañía de Degel; que comparten la única comida que comes al día con él mientras hablan como si estuvieran en el jardín del castillo y no desde la mazmorra, que has perdido peso, que a pesar de todo tu rostro muestra poco a poco los rastros de la necesidad y del encierro, que tu piel antes con brillo dorados ahora es pálida. Asmita… ¿por qué no me dejas verte? ¿Es acaso vergüenza por lo que intentaste hacerle a mi padre?

Yo no te juzgo Asmita, no puedo cuando yo mismo incluso hubiera deseado hacerlo con mis manos esa noche en que te ultrajó y te humilló frente a todos.

La puerta de mi habitación recibe el llamado y ya estaba preparándome la servidumbre para acostarme, quitándome los mantos. Acababa de salir de mi ducha, las doncellas cubren mi cuerpo cada vez mayor, pero con leve cicatrices de lo que recibía en aquella revuelta, menores, en comparación a mi padre que recibió una enorme piedra en su hombro inmovilizándolo. Jamás esperé ese acto de él… jamás esperé que él me cubriera con su cuerpo.

—Príncipe Saga de Alhenas, soy el médico Real, Degel d’Acua, permitid que pueda veros antes de su descanso.

Aquello no me lo esperaba. Volteó y veo la puerta fijamente al escuchar la voz y reconocerlo aún si no se hubiera presentado. ¿Por qué razón vendría a verme? Cuando ya mis heridas están sanas y no tuve daño de gravedad, él hecho de que viniera a verme solo me hace pensar en que quizás se trata de algo de mi padre o de Asmita.

—Abridle.

Las mujeres sin siquiera  oponerse se inclinan a mí como dice el protocolo y dando unos pasos hacia atrás siguen su camino para abrir la puerta, mientras me coloco la bata real que cubre mi rostro. Degel aparece ante mí y se inclina solemnemente, dejando caer su lacio cabello frente a sus hombros.

—Traigo un mensaje, del esclavo del rey.

Mi corazón se sobresalta ante ello, mis ojos de seguro han de haberse iluminado porque una tonta sonrisa puedo sentir en mi cara. Me has llamado Asmita, quieres verme, quieres asegurarte de que estoy bien después de lo que ha pasado. ¡Estoy tan emocionado! Creo que podría en este mismo momento llorar como un niño de la pura felicidad. ¿Cuánto tiempo ha sido? No han sido días, han sido semanas, largas semanas ya Asmita.

Me siento tan impresionado y emocionado que no se de que manera presentarme. Estuve a punto de sacar mis mejores ropas, pero pensé de inmediato que no podrías verla, así que terminé con perfumarme e irme con algo más refrescante. ¡He estado esperando tanto por este día! Pensé que jamás podría verte de nuevo y de solo pensarlo simplemente enloquezco, he pensado de tantas formas podría librarte di tuviera la corona, soñado con el día en que pueda protegerte con mis manos. ¡Quiero decirte tantas cosas a su vez!

Pero por el momento solo puedo salir de la habitación y seguir el paso de Degel que me escolta hasta el lugar, tratando de verme calmado y ocultar la euforia que tengo por la visita. Subimos los escalones en completo silencio, aprecio el hecho de que no me busque ningún tipo de conversación. El silencio ahora es mi mejor aliado para pensar de que manera dirigirme a ti, qué decirte, como comentarte de lo mucho que te he echado de menos Asmita y decirte que no he podido dormir bien solo pensando en tu bienestar. En que me encantaría que de nuevo las cosas fueran como antes, donde podía encontrarte en la habitación de mi padre y perseguirte en tus paseos por los jardines reales.

Que te extraño…

Antes de darme cuenta he llegado frente a la puerta y es Degel quien con una inclinación me abre la manilla de hierro y los guardias se mantienen en una prudente distancia. Yo no quiero que a nuestro encuentro luego de tanto tiempo los soldados escuchen tan siquiera algo de lo que hablemos, así que frunzo el ceño y con una señal de mi rostro, en un movimiento rápido, les señal las escaleras en clara orden de retirarse. Ellos se observan y bajan los escalones, unos cuantos peor no los suficientes.  El médico real simplemente se inclina más dándome el paso.

—Lo espero aquí, su majestad.

Sin prestar atención a eso, tomo la manilla y finalmente abro la puerta de madera y acero que resguarda la mazmorra, observando como con el chirrido que suena al movimiento de las bizarras, se empieza a contemplar la luz proveniente del fuego del pasillo penetrar en la oscuridad plateada de tu celda, solo iluminada por los rayos de luna. Pero esto para ti no representa, por desgracia, ninguna diferencia, ya que tus ojos sellados no pueden ni divisar el oro, ni la plata…

Sigo entrando, cerrando la puerta tras de mí y observándote con mi pecho retumbando dentro y con las ansias haciendo temblar mis dedos. Allí estás… con un manto que es visiblemente de los sirvientes, quizás se trata de ropa que te han traído para quitar los harapos que tenías como un mero esclavo y tu cabello sujeto en una trenza larga, apoyada en tu hombro derecho. Es cierto que estás más delgado, se puede notar por el holgado del camisón celeste y el pantalón blanco ya sucio que se anuda a tus tobillos. Pero también era verdad cuando decían que ni aún así te arrebataban algo a tu belleza, porque si antes tenías brillo de oro en la piel, ahora Asmita reluce con plata bajo la luz de la luna.

Me acerco con algo de miedo al notar que no has volteado ni te has movido para recibirme. No sé qué manera comenzar, quisiera decir tanto que se me traba la lengua al tan solo intentar hablar, así que respiro profundo meditando en cómo  dar pie a un saludo.

—Asmita… soy—carraspeo al sentir mi voz titubear—. Soy Saga…

—Sé quien es príncipe—inmediatamente me interrumpes y por tu tono de voz…

Siento un calofrío invadir mis venas cuando comprendí el reproche que tiñe tu voz. Trago grueso, no sé qué hacer ante estas circunstancias, tu rostro apenas se mueve para  ponerlo sobre tus hombros con una actitud que me hace pensar en un rey ofendido y yo… yo no puedo hacer otra cosa que bajar la cabeza ahora inseguro de que hacer y de que estoy haciendo aquí.

—Yo… vine porqué.

—Así es, príncipe. Pedí que lo buscaran y me ha dado una audiencia privada.

—Asmita…—no lo entiendo.

—Puedo reconocerlo de lejos su majestad. Veo que se ha perfumado para verme, agradezco su gentileza—tu sonrisa… esa helada sonrisa.

No lo entiendo… ¡no lo entiendo! ¿Qué te pasa Asmita? ¿Por qué me tratas con esa frialdad? ¿Por qué me hablas de esa manera?

—¿Acaso intenta ocultar el olor de la sangre que mancha sus manos, su majestad?—Oh… cielos…

—Asmita…

—No era necesario, el olor de la sangre de su pueblo en sus manos llega hasta mis narices y asquea—me estás juzgando… ¡me estás juzgando!

—¡Asmita, yo! ¡Yo hice eso para proteger el poder de mi padre, de la corona! Ese hombre estaba oponiéndose a los designios de la realeza y…

—¡No hable más, su majestad!

—¡Quiero que me entiendas! ¡Que sepas porque lo hice! ¡Yo te defendería de quien fuera!

—¡Has matado a uno de tu pueblo! ¡Desenvainaste tu espada mientras otro atacaba con su lengua! ¿Has sembrado el terror ante el pueblo de tu padre y pides que entienda tus motivaciones, príncipe?—me he quedado helado, callado, sintiendo… ¡sintiéndome tan ruin!—. ¡No defendiste los intereses de tu padre ni de la corona!

Volteas mostrando tu mentón en alto, tus cejas delgadas creando tu ceño fruncido tu rostro condenándome al peor de los castigos. Y siento a mi corazón ser estrujado y herido por tu expresión fiera, por ese gesto que me dicen lo que yo quisiera no ver. No…. ¡No quiero! ¡No quiero que me mires de esa manera! ¡No quiero ver ese rostro en ti Asmita!

¡NO ME ODIES!

—Asmita…

—Calla príncipe, ¡calla y no hables de tus motivaciones ahora!—muerdo mis labios, bajando mi rostro mientras lo único que quiero es correr… correr…—. ¡Jamás pensé que pudieras actuar de esa manera tan descuidada y déspota! ¿Cómo has podido levantar tu mano contra tu pueblo? ¿Así planeas gobernar? ¿Cercenando las cabezas de quienes estén en contra de tus deseos egoísta, príncipe? ¿Es esa clase de rey que le darás a Alhenas?

—¡Lo hice para defenderte! ¡Para salvar tu vida, Asmita!

—¿Qué soy yo para Alhenas, príncipe? ¡Solo un esclavo! ¡Sólo soy un esclavo!

—¡Pero yo te…!

—¡¡No los menciones, príncipe!!

Muerdo mis labios conteniendo las lágrimas y la rabia que penetra en mi cuerpo. ¿Por qué? ¿Por qué? Yo solo he defendido su vida, me he enfrentado a mi padre y a la corte, ¡he hecho lo que mi padre no! ¡Me he levantado con autoridad para mostrar que quiero tenerte con vida! ¿POR QUÉ ME JUZGAS? ¿PORQUÉ LO HACES? ¡POR QUÉ NO ENTIENDES QUE TODO ESTO LO HE HECHO POR AMOR A TI, ASMITA!

¡¿POR QUÉ ME DESTROZAS ASÍ?!

Las lágrimas sin poderlo evitar caen en mis mejillas pero intento no sollozar, intento no titubear frente a ti.

—Me condenas por hacer lo que mi padre no se ha atrevido. Me condenas por defender lo que amo a costa de lo sea… ¡Asmita! ¡Me condenas por defenderte!

—¿Bajo qué costó, príncipe? ¿Con el de la sangre derramada de tu pueblo? En este momento pesa más pecado en ti que en tu propio tío, el príncipe Defteros. ¡Atentar contra los tuyos es lo peor que puedes incurrir!

—¡Asmita!

—¡Me decepcionas!—y me has matado con tus palabras—. Incluso tu perfume asquea a mi cuerpo… ¡no puedo siquiera pensar en mantenerte por más tiempo cerca de mi después de lo que has hecho! —me matas Asmita, me destruye dolorosamente…—. Un rey se debe a su pueblo, príncipe. No se es rey si un pueblo que dependa de él. ¡Entiende que no es tu cabeza la que sostiene la corona sino el pueblo que te sigue! ¿De qué manera ganaras su fidelidad? ¿Usando el terror y la violencia? ¿El miedo como arma?

—Por favor… basta…

—¿Es de esa manera que gobernaras? ¡¡Por qué si es así prefiero morir antes de verlo!!

—¡¡¡CALLA!!!

Grito.

Grito con lágrimas, con vergüenza… mis piernas no soportan y caigo de rodillas con la cabeza entre mis piernas y sintiéndome desgraciado. Yo… yo no quería esto… yo solo me enfurecí cuando oí la manera en la que ese hombre quería obligar, con los suyos, a que mi padre te mataran frente a ellos exhibiéndote como si fueras carne de un animal. Yo solo quise mostrarles que la corona estaba dispuesta a defenderte con la fuerza, que yo… yo podía salvarte.

No me condenes Asmita…

No me rechaces Asmita…

Aunque no me ames, aunque jamás sea para ti el primero…

No me odies… por favor… no me odies… no tu… ¡No tu!

—Retírese príncipe…

Has dado media vuelta… me has dado la espalda. Me condenas… y me castigas.

—Por favor… Asmita por favor…

—Retírese príncipe.

—Fue por ti…

—Un rey debe velar por los intereses de su pueblo, no por los propios ni por sus deseos.

—¿Y qué hago con lo que deseo? ¿Con lo que amo?

—Sabrá qué hacer con ello.

—¡Asmita!—¡me desespera! ¡Me desespera que sea tan duro y ruin!

—¿Príncipe, quiere saber porqué hice lo que hice al llegar a este lugar?—levanto mi mirada para ver su espalda, y su cabello trenzado moviéndose apenas en la lúgubre celda—. ¿Por qué mate a mi hermano?—y siento el filo pasar por mi cuello, el filo de sus palabras—. Por qué como soberano debía velar por el bienestar de mi pueblo y él… él era el pueblo que quedaba…—¿cómo puedo competir contra eso? Asmita… es muy duro… muy duro ser rey…—… aunque con ello tenía que matar al ser que más amaba.

Silencio… no soy capaz de siquiera objetar ante ello y solo me atrevo a seguir llorando bajo tus pies, sintiéndome desgarrado, lacerado y herido de muerte por tu indiferencia y la crueldad que me creo merecida.

No sé cuánto tiempo haya pasado, pero me he quedado sin lágrimas y siento frío. Degel parece ser quien entró a la celda y yo sigo aquí de rodilla mientras solo me dejas ver tu espalda. Me siento tan solo, tan lastimado, lo único que realmente quiero es… es dormir y olvidar este día pero sé, sé que jamás lo olvidaría.

—Príncipe, retírese por favor—vuelves a pedirme, con tu voz más calmada.

—Perdóname…—te mantienes en silencio, con tus manos al frente y las cadenas cayendo al piso y aún así, la actitud de un verdadero rey. De un soberano—. Yo… juro que seré un rey digno de ti.

—No príncipe…—¿Cuánto más me herirás, Asmita?—. Sé un rey digno de tu pueblo. Hazlo en mi memoria…

///Presente///

Escucho el ruido de un par de caballos hacía mi y por inercia me oculto entre los matorrales sacando la espada que me han entregado. Estoy en espera de los heridos, en esta carpa que se ha armado para mí y para los primeros auxilios de nuestros guerreros que han caído en batalla. Afortunadamente reconozco de lejos el porte del príncipe Saga y me atrevo con más confianza el salir para darle la bienvenida con una inclinación solemne ante su presencia, como debe de ser al verdadero rey.

Apenas al llegar, aún desde su caballo, su voz resuena con una orden que me siento incapaz de desobedecer.

—¿Cuántos?

—Trece su majestad, tres de gravedad, los otros diez estarán en combate de nuevo en quizás unas horas—levanto mi mirada viendo como los ojos verdes del príncipe heredero observan hacia la ciudad. El humo en el cielo se puede distinguir desde aquí y aunque es necesario acercarse más para poder ver la ciudad en llamas, puedo sentir que el príncipe lo intuye por el rostro de compasión que ha dibujado su rostro.

Vuelvo mi mirada a él, lo observo… el rostro de Saga aunque está serio es claro en sus emociones. Mi rey parece observar a su tierra con determinación, pero al mismo tiempo un inmenso amor y dolor, todo junto, tan mezclado que es imposible separarlo.

—Hazlo en mi memoria…—aquellas palabras saliendo de sus labios me toman desprevenido, no entendiendo a que se refiere con ellas o si me habla a mi directamente. Miro al acompañante, uno que desconozco pero debe ser de los que siguen a Shaka fielmente y este me mira de mala manera. Es evidente que tampoco le hablaba a él…

—Su majestad, no pude escucharle—me disculpo esperando que pueda repetirme lo que me haya dicho a mí.

—No te preocupes Camus, solo recordé algo…

______________Acto seis: El karma

La arena amarilla se levanta entre al cabalgada de mi caballo mientras me abro paso en la multitud de personas que huyen del fuego y del enfrentamiento entre soldados de Rukbat y nuestro ejército. Hay gritos, hay conmoción, todos aquellos ingredientes que me imaginaba para una toma de gloria y poder están en su lugar tomando posición y mostrándome el inicio de lo que es mi misión de vida desde hace cinco años. Sonrío… y con mi cabello suelto como símbolo de mi dinastía me voy acercando aún más a la plazoleta dispuesto a clavar justo en el medio la bandera de Alhenas para declarar la toma como una realidad inamovible.

Hace calor, el sudor perla mi piel, mi torso desnudo mostrando las cicatrices que ya había tenido desde hace varios años y el pantalón negro lleno de lodo, rojo sangre y arena. El luto ya no se guardaba como un acto simbólico, alrededor de la calle se podía ver cuerpo mutilados de aldeanos como de soldados de ambos bandos que habían caigo en la toma. El sacrificio era algo que habíamos tomado en cuenta, era algo que debía ocurrir. Tomar el frente de una guerra sin tomar en cuenta las bajas es un acto absolutamente estúpido.

—¡Delio!—le llamo por su nombre logrando hacer que volteara luego de descuartizar a otro que planeaba de escapar. La mitad del rostro de mi amante está lleno de sangre y aquello no hace más que llenarme de admiración. Tan peligroso, astuto y déspota, el mejor compañero para ir a la muerte llevándole cadáveres de sacrificios—. ¡Adelántate!—su mirada me dice que no piensa mover su maldito trasero sin verme mover a mí, así que bufo con algo de aceptación a ello, no debería extrañarme.

El asunto es que ya quería que la toma se acentuara hacía la casa del monarca, donde uno de los antiguos nobles de Alhenas gobiernan la ciudad. Ya quería que el mismo pueblo que ahora me observa entre aterrado y esperanzados ya se dirigieran hasta tumbar con sus mismas manos las puertas que llevaban a la mansión estadal. Me sonrió observando como ellos me ven con tanto de miedo, tanto de pavor, tanto de confusión; es evidente que ya habían escuchado las palabras de mis hermanos cuando venían a predicar mi regreso, y estoy seguro que más  de la mitad de ellos no creyeron en sus palabras.

Muchos corren…

Muchos escapan…

Doy vuelta en el caballo observando como el fuego se extiende y poco se dignan a quedarse observando sin querer huir después. Pronto la voz se regaría y conforme las bajas del ejército del reino fueran aumentando, de seguro el pueblo tomará una posición al lado de nosotros, los rebeldes.

La venganza… por fin empieza mi venganza…

—¡Corre!—la voz de una mujer me llama la atención al escuchar a su vez el sonidos de unos cajones de maderas caer. Al voltear para ver de dónde proviene aquel ruido puedo ver que no es más que una adolescente en mantos cargando a su hermanito de quizás cinco años en sus brazos, lleno de tierra y de humo asomando su cabeza sobre su hombro con ojos grandes, negro como la noche—. ¡No abras los ojos!

“¡CIERRA LOS OJOS, SHAKA!”

Como si fuera bebido por los recuerdos, todo cambia a mí alrededor. El aire mismo parece temblar y detenerse en el tiempo, como si su paso fuera alentado por el mismo vibrara de mi vista que se mueve de lado y lado constatando en donde me encontraba.

“¡NO!¡NO!¡NO! ¡Asmita!…”

Esas voces… esas voces que parecen gritarme dentro de la cabeza.

“¡CIERRA LOS OJOS, SHAKA!”

“¡Es muy rápido, Señor!”

“¡No los maten!”

El fuego… las casas consumiéndose, la gente corriendo… el humo, la tierra levantándose, el sol ocultándose…

“Shion, ¡toma a Shaka y corre apenas te dé la señal!”

No estoy aquí…

“¡CIERRA LOS OJOS, SHAKA!”

“¡AAASMITAAAAA!”

Estoy allá… en ese momento, justo en el momento en que fuimos condenados a ser esclavos de extranjeros.

“¡ASMITAAA!”

“¡AAAAAAARGGGHHHHHHHHHHH!”

El día que te perdí hermano…

El día que nos separaron, hermano…

Y allí estás, ahora a unos metros de mi con el mismo traje con el que moriste, el mismo que me puse esta noche para comenzar la venganza, tu justicia… Estás frente a mí, con tu cabello ondeando entre el fuego que consume tu pueblo, con tu rostro contristo.

Contristo…

Hermano, ¿no es esto lo que querías? Veo que levantas tu mano hacía tu rostro y te sigo, levantando la mía sin poder quitarte los ojos de encima, sin importarme si estoy enloqueciendo o es la realidad. Hermano, estoy liberando el pueblo, le entregaré la corona a ese hombre… ¿no es esto lo que querías? Tocas tu rostro con tu mano, permaneciendo tu rostro colmado de dolor…

Yo toco una máscara…

La máscara de Alhenas.

Y el frio me penetra el cuerpo como una daga de hielo.

Unos brazos me toman por sorpresa desde atrás, cubriendo mi cuerpo y haciéndome perder el equilibrio sobre el caballo. Mi cabeza cae sobre un pecho desnudo que logró reconocer al instante gracias a su olor. De repente, todos los sonidos que antes me rodeaban vuelven a escucharse nítidos, el paso de caballos y el fuego junto a los gritos es de nuevo el panorama que me rodea.

—No está allí—Delio… tu voz—. Tu hermano no está aquí

Y tú no estás, en esa columna de fuego tú no estás.

Mi corazón late acelerado, el frío aún lo siento en mis entrañas. No sé qué haría, Delio, si no vinieras a salvarme. No sé cómo haces para saber cuándo justamente él se presenta ante mí. No sé cómo, pero… esta vez, creo que él quería darme un mensaje.

Sí hermano, me he convertido en uno de ellos, pero yo soy uno de ellos desde hace quince años.

Jamás podré ser como tu…

Y esta es mi forma de hacer justicia…

 



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Capitulo 29: Espíritu de Conquista

 

La invasión a Geminga es todo un hecho y el ejercito que planea darle la corona a Saga está dispuesto a todo hasta dominarla. Mientras tanto, en el pasado, la situación de Asmita se ve cada vez más dificil de solucionar. ¿Será está la primera victoria de Alhenas? ¿Cómo Asmita logró escapar del complot de los nobles?

Capitulo 29: Espíritu de Conquista

Inicio de Otoño. La era fuego fue declarada el mes que a su inicio trajo la sangre y la mortandad a Alhenas en aquel año. La madrugada después de la noche de aniversario de la muerte del consorte, el espíritu de la muerte y la guerra llegó y tocó las faldas de Alhenas en dos puntos, prácticamente al mismo tiempo. Mientras la noche acogía las sombras de un pueblo subyugado, la muerte tomando la forma del antiguo consorte visitó su antiguo castillo y desafió al mismo príncipe Aioria, marcando a su paso fuego, un fuego que se extendió por toda la capital dejando sin casa y sin sembradíos a la mitad de la población, mientras los nobles asustados no querían salir de su casa y los soldados del castillo aún corrían despavoridos ante la visión que habían presenciado. La desesperación no tuvo misericordia en tomar como rehén a cada uno de ellos, sean de Alhenas o de Rukbat, para hacerles sentir en carne propia el pavor de una venganza que no, no se trataba solo de la caída del antiguo príncipe de Auva, sino que cobraría incluso aquella conquista de hacía veinte años.

Una venganza que teñiría de fuego a Pólux.

Y al mismo tiempo, asediada por el canto de guerras de los cascos de los caballos, en el manto de los límites de la tierra de arena y fuego estaba preparado el jinete de la guerra, listo para dar por comenzado la revolución. A la madrugada el regimiento irrumpió en las puertas de la ciudad de Geminga y para la mañana, a la hora que todos salían a recoger sus leches y siembras con el fin de pagar sus tributos, lo que consiguieron era una estela de muerte y destrucción con la violencia, sin saber si eran enemigos o no.

Aldeanos que corrían, mujeres y niños que buscaban salir de la ciudad que era llenada de fuego y persecución mientras los caballos y guerreros de los rebeldes se encontraban con la milicia de Rukbat que resguardaba la fortaleza, haciéndola ceder ante su fuerza, dominándola en un despliegue táctico primero encabezado por quien, reconocieron, había sido uno de las manos derechas del rey, uno de los conquistadores de reinos. Si ya el rostro de Dohko tras la máscara de guerra de Alhenas había sido suficiente para que la población huyera despavorida ante la idea de un ataque de semejante magnitud, cuando ellos corrieron hasta las afueras y vieron los tres jinetes que quedaban, simplemente fueron atacados por el pavor.

De lejos reconocieron la lanza de Scorpius mostrando el brillo de su filo en el sol del alba.

Mujeres gritaron y protegieron a sus hijos, los hombres que iban corriendo con ellas sacaron sus humildes palas y herramientas de siembras para protegerse, sabiéndose ya muertos, sabiendo que si el ejercito asesino de Alhenas había regresado para ajusticiar a los que se habían doblegado estaban perdidos.

Pero con el brillo del Alba, vinieron cabellos dorados…

En medio de los jinetes, con la máscara de Alhenas, un hombre de larga cabellera dorada y con un pantalón que daba evidencia que era de la corte, cabalgada con dos espadas curvas hacía ellos.

La señal de Auva.

El pueblo observó como el hombre con la señal de Auva entró a la ciudad, penetró con su fuerza al lado del antiguo escorpión de Alhenas y empezó a matar a solamente los soldados de Rukbat que buscaban hacerle frente.

Ni uno solo de Alhenas le tocó.

Para el mediodía, el hombre que se hizo llamar en medio del galope el enviado de Asmita estaba en el centro de la plaza y todo el pueblo que lo había visto combatir y estaba primero corriendo por sus vidas se acercaban a él, algunos curiosos, otros buscando creer lo que estaban viendo, algunos pocos esperanzados. Aquel jinete con el cabello dorado les miró con sus ojos azules y tan brillantes como el cielo que los cubría, con su cuerpo lleno de sudor, arena y sangre seca de las heridas de sus enemigos, sangre de Rukbat manchando su piel. Levantó una mano, señaló hacía el norte donde se alzaba la mansión del comarca y en un solo grito, los rebeldes que rodeaban al hombre afirmaron el nuevo objetivo.

El pueblo, aún temblando y atónito, observaron que era el momento.

—Los que quieren recobrar su libertad

Vieron, que era la hora de dejar su yugo.

—Los que recuerdan su tiempo de gloria

Comprendieron, que era justo el instante para hacer sentir el peso de su sangre y ascendencia.

—Los que siguieron y creyeron en el consorte y la corona.

Supieron, que la justicia de Asmita había llegado

—¡Seguidme que yo les abriré el camino, a su libertad!

Creyeron en las palabras del hombre que había emergido del infierno para traerles vida, creando un infierno para los que osaron a tocar su tierra.

—¡Seguidme a mí y al heredero, Saga de Alhenas!

Se aferraron a esa promesa.

—¡DEMUESTRENLE LAS GARRAS DE ALHENAS!

Su rey había llegado. Su rey iba a recobrar la corona. Independientemente de lo que pudieran creer de la sangre de la corona años atrás, era mejor el rey que el yugo de un conquistador.

Era mucho mejor.

El ejército de rebelde solo sirvió para contener a la milicia de Rukbat que intentaba proteger el palacio de la comarca; el resto fue tomado con las manos sucias del propio pueblo de Geminga. Por igual, hombres, mujeres y niños, corrieron con la furia de su esclavitud y el recuerdo de su propia época de conquista, creyendo en el estandarte donde el heredero de la corona y el antiguo consorte había regresado para tomar los que le pertenece.

Ellos mismos arrojaron sus cadenas al suelo en un mediodía lleno de sangre, muerte y esperanzas por igual.

—¿Qué te parece?—escuchó Shaka a su lado, mientras con sus ojos fijos en la multitud observaba desde atrás como con sus manos empujaban las puertas de hierro en lo que sería la mayor demostración de poder y violencia por parte de la comunidad y ante la corona, un verdadero ariete humano, mucho más eficaz que la mayor construcción de hierro y madera que pudieran crear. El rubio miró de reojo a su pareja con su mirada encendida en fuego, un fuego corrupto y traicionero como las intenciones de ambos en sus corazones.

—Salvajes—murmuró con su vista afilada—. Realmente ellos tiene el poder de conseguir su libertad a través de la violencia, solo necesitaban alguien que los guie.

—Ya penetraron…—y era cierto. Las puertas de hierro cedieron y la multitud entró como una embestida contra la casa, haciendo huir a guardias y sirvientes por igual—. Si intentan escapar por el norte, ya debe estar Kardia con un grupo esperándolos.

—Que así sea… Que Alhenas conquisten sus tierras como hicieron con los demás reinos: en base a la violencia y la sangre de los suyos.

Para la caída de la tarde el rango del comarca, un antiguo noble de Polux, había caído.

Geminga fue liberado.

La revolución había comenzado.

______________Acto uno: La Toma

Estoy expectante. Cayendo el sol en el horizonte, los cielos antes azules de Alhenas se cubren de tonos rojizos y naranjas, perfecta combinación para el inicio del otoño y por ende, el inicio de la guerra y la sangre. En el caballo, el heredero de la corona aguarda con la máscara preparada para tomar su lugar en su rostro, con una capa vinotinto apegada a los gruesas hombros de metal de la armadura que imagino como líder de Alhenas poseía.

A mi lado, observo con algo de contrariedad y admiración el cuerpo del rey de Alhenas, con su vista en la ciudad y en el humo que se levanta de las construcciones. Tengo órdenes precisas de esperar hasta que sea dada la señal para llevar al heredero, el plan de Shaka debe cumplirse a cabalidad. Todo ha sido finamente planificado.

Primero, el hecho de tener a una de las manos más poderosas de la milicia Alheniense  como cabecilla de la revuelta crearía en el pueblo la ineludible confirmación que no se trataba de una simple rencilla ni de un levantamiento desorganizado. Se trataba de un verdadero grito de independencia más si venía precedido del antiguo consejero real.

Luego, el que Shaka apareciera junto al segundo más poderoso de Alhenas y conocido por ser quien siempre estaba al lado del príncipe Defteros, sería una manera de reafirmar que no se trata de un movimiento aislado, y que realmente Asmita estaba con ellos. Era conocido que entre los que fueron llamados la trinidad Alheninese en los últimos años, el de Escorpión y Asmita se volvieron muy cercanos, muchos creían que por su cercanía con el médico y primer ministro real: Degel d’Acua. Todos conocían que jamás el antiguo escorpión se inclinaría ante alguien que no fuese enviado directamente de la corona. De esa forma, el papel del antiguo príncipe de Auva quedaría asegurado en la revuelta.

El último paso era crucial. Cuando la ciudad fuera dominada y el mismo pueblo despertara con sus deseos de libertad, entonces debía entrar en medio de ella el verdadero heredero de la corona, el rey de Alhenas, presentándose para tomar posesión de lo que por derecho le pertenece.

Según tengo entendido, se ajusticiarían de inmediato a todo hombre de Rukbat y a todo de Alhenas de los nobles que aprovecharon la caída de la corona para enriquecerse. Eso sería realizado en el centro del palacio del comarca, ante los ojos del pueblo y la presencia del príncipe Saga. Espero ese momento con ansías, no hay mejor recompensa para los traidores que la muerte misma, aunque mi propio padre pertenezca a ellos.

—¿Aún no?—escucho la pregunta afanada del heredero sobre su propio caballo, un animal brioso y de contextura fuerte, visiblemente uno de las mejores razas que se podía encontrar en el país. Le miro de reojo observando la ansiedad con la que el caballo se mueve y el cómo el príncipe parece contenerlo aunque, debe ser la misma que él le transmite al animal.

—Tengo órdenes de Shaka de esperar la señal.

—¿Cuánto puede ser eso?

—No lo sé, pero lo único que queremos asegurar con esto es que no le ocurra nada a su excelencia.

—¡Vaya estupidez!—replica el heredero acortando las riendas de su animal. No puedo evitar el verle y pensar que parece más un soldado que un príncipe en este momento, quizás porque no es momento de labores diplomáticas sino de acciones contundentes—. ¡Tantas molestias para protegerme mientras el que encabeza la guerra están en el umbral de la muerte desafiándola!

—Confíe en nosotros, su majestad—el heredero fija su mirada hacia mí un tanto impaciente. Sé que en estas condiciones esperar se vuelve una agonía, pero con paciencia y si hacemos bien los movimientos, obtendremos lo que necesitamos—, quizás el príncipe Shaka tiene métodos radicales, pero en el ejercito lo único que queremos es recuperar nuestras tierras y que usted nos presida como soberano.

—¿Por qué cambiaron de parecer?—su pregunta no la esperaba—. ¿Sólo es su deseo de libertad?

—Permítame su majestad, el decirle que si estoy en este lugar protegiéndole es porque creo y estoy seguro es lo mejor para nuestras tierras. Shaka piensa liberarnos, pero sus intenciones en tomar el poder no son solidas y de ser necesario hacerlo la abandonara en cuanto pueda. Aunque así fuera, no confío en el heredero de Auva para la toma de poder ni en su preparación para la administración de un reino.

—Eres un noble—me sonrío al ver que ha reconocido mi procedencia.

Así es, hijo de noble, nacido en la cuna de la ciudad Tindano. Mi padre posee el mayor negocio de transporte por la rivera del río Authun, especializado en el transporte de hierro y oro, fue uno de los nobles a su vez que apoyaron el derrocamiento de la corona, abasteciendo a Rukbat de armas y vías de acceso para entrar sin ser visto en medio del luto real. Jamás perdonaré aquello de mi padre, jamás lo haré y aunque él me haya desheredado, apenas supe que quiso vender a mi hermano para servir de consorte a uno de los máximos nobles de Rukbat, decidí escapar con él, buscar la manera de huir si ya no podía hacer nada para salvar a nuestro reino de la humillación.

Hasta que conocí a Shaka.

Mis pensamientos mutan al ver aquella señal de humo negro en el cielo. Era eso lo que estaba esperando.

—Mi señor, ¡estamos listos!—veo como el próximo rey me observa, como si quisiera confirmarlo. Golpeando los laterales de mi caballo anuncio que estoy a punto de cabalgar hacia la zona— ¡Ya Shaka ha tomado a Geminga!

El galope comienza de mi parte, seguido muy de cerca por el príncipe de Alhenas, Saga de Alhenas.  Ahora me toca a mí, como hijo de noble, llevar al príncipe para tomar lo que por derecho le pertenece.

______________Acto dos: El Secuestro

///Hace 17 años///

Salir a altas horas de la noche de la habitación del rey se ha vuelto habitual, demasiado habitual. No son pocos los que se han acercado a mí para verificar si acaso mis labores médicas en el palacio justifican la cantidad de horas que paso a solas con el rey a media noche. Ciertamente, ninguna labor médica lo justifica, y si alguien quisiera escucharme con sinceridad, dudo que haya algún tipo de responsabilidad profesional o de honor que me obligue a seguir con esas horas de conversación profunda que paso al lado de él.

En cierta manera, siento, que le estoy fallando a Asmita. Pero se lo he prometido.

Con mi manto blanco, llevo ahora dentro de mis vestidos los escritos que me ha pedido el rey. Es un diario, esa ha sido una orden, escribir en un sitio que solo sea de conocimientos de ambos lo que veo en la corte y lo que hablo con Asmita de Auva. Me había negado en primeras instancias, sobre todo por lo que significaba al tener que hablar de lo que Asmita me confiaba, pero el rey ha sabido convencerme. Lo que estaba sucediendo cambiaría la historia del reino y era necesario que existieran fuentes fidedignas.

“La historia la escriben los fuertes”—me dijo aquella noche, justo antes de salir con el pedido—“, pero también los sabios y los previsores”—y lo admiré, más—“. Asmita en muchas cosas tiene razón. Él único rey en este reino soy yo y no dejaré que la historia me recuerde como un rey débil”

Yo tampoco lo permitiré.

Los encuentros con mi rey han ido en aumento, al igual que mis encuentros con Asmita. Los rumores dicen muchas cosas, algunas en el orden de la intimidad, afortunadamente ni yo, ni su majestad, se ha sentido de algún modo contrariado por esta fuente de rumores, más temo, cuál sería la reacción de Asmita si lo supiera.

Aún así, si algo quedé en claro con el rey es que no podría decirle todo lo que Asmita hablaba y me confiaba: “era mi palabra”, le confesé, y pese al temor que tuve al afirmarlo y al sentir que podrían obligarme a decirlo, solamente me miró con sus potentes ojos capaz de atravesarme tan suave y tan hondo como nunca antes me había sentido. “No hace falta. Que esto sea una prueba para él y para mi, de que dos reyes pueden entenderse aún en el silencio”

Sé que suena imposible, pero quiero creer que si hay forma de que eso ocurra, aunque incluso los planes, de ambos, me sean velados para mí.

Camino por los largos pasillos del palacio. Su arquitectura es extremadamente amplia, dotada de arcos gigantescos que adornados con algunas figuras de bestias sobresalen entre los candelabros y las antorchas que iluminan en la noche. Enormes tapices de pieles de las cacerías y atavían junto a cuadros que eluden a las guerras, conquistas y victorias de la historia de Alhenas. Además, algunas armas decoran los pasillos aferradas a la pared de piedra a través de ornamentos de metal forjados por los mismos que las crean. Así qué caminar por el enorme pasadizo que dirige a las recamaras del rey y los príncipes es tener un vistazo de su historia, de cada uno de sus mayores triunfos y de lo que más le gustan observar de sí mismo.

Saliendo del pasillo, entro la enorme sala donde comen la familia real, la mesa de madera labrada, los candelabros de oro con adornos de piedras preciosas, todo custodiado por unas seis columnas de cada lado armando un pasillo posterior por donde la servidumbre se mueve para no perturbar con su presencia la reunión de la corona, mientras que en el salón se eleva una bóveda cóncava y enormes ventanales que permiten la entrada del sol hacía el este y el oeste. Desde allí, se puede ver colar el rayo de luna creciente en el lugar, el mismo que seguro Asmita puede sentir desde la torre donde está encerrado. ¿Cuántas lunas habrás contado ya? Lo único que sé es que has pedido solo una comida para ser servida, la única que te sirven y la única que pruebas día a día, abandonando las demás.

Medito mientras camino por los pasillos formado entre las columnas en todo lo que ha estado pasando y lo que me toca escribir hoy de las conversaciones con ambos soberanos, porque para mí, ambos, son soberanos y protagonista de la historia de Alhenas en este preciso momento. Hay tanto que decir al respecto, tanto que hablar acerca de ambiciones y sueños, de mentiras, verdades y palabras no dichas, de celos, de desdichas, de inseguridad y desconfianza: que no estoy seguro de poder estar a la altura de semejante misión. El rey ha hablado mucho conmigo de lo que le han dicho los nobles, de lo que le aqueja. Asmita por otro lado no deja de pensar que Aspros tiene que tomar una decisión pero que él tiempo se le agota.

¿Qué quiso decir eso?

Ahora que lo recuerdo, entre lo que me ha dado por anotar, hay un número.

El de hoy: 78.

Traspaso la última de las columnas sintiendo como su sombra oculta mi figura entre las tinieblas del lugar. Aprieto por reflejo mi túnica blanca, las largas mangas que están bordadas en el extremo con detalles en hilo de oro para realzar mi estatuto. Me es imposible, desde hace varios días no sentir que alguien me sigue y espera por mí tras las sombras. He llegado a pensar que se trata, simplemente, de la presión que ejerce todos los ojos de la corte sobre mí. Ha sido demasiada…

—Entonces es verdad lo que decían los rumores en el castillo—me detengo al escuchar la voz, brotando desde mi espalda—. El rey cambio las ropas del esclavo por el manto del médico—irritado, ante esas palabras no puedo evitar tensarme y sentirme molesto. Volteó tan rápido como puedo dispuesto a pedir que se retracte cuando veo una mano acercándose vertiginosamente a mi rostro y luego el frío de la pared del castillo en mi espalda. Pronto me doy cuenta que una enorme mano de piel más tostada y con olor a sangre y metal cubre desde mi nariz hasta mi frente, apretando con su pulgar y meñique mis mejillas y si, el filo de algo acariciando con lentitud premeditada mi cuello—. Degel D’Acua—y sigue hablando…—, tienes mucho que explicarme…—¿dónde he escuchado esta voz antes…?—. Mi príncipe quiere verte.

Y allí, es justamente allí que entiendo de donde la he escuchado.

Kardia…

______________Acto tres: El juicio

El castillo ha sido invadido tal y como se esperaba y los soldados dentro de él no pudieron contener a la multitud que enfurecida arremetió contra todo. Desde el caballo logro ver como la gente se agolpa en una enorme fuerza mortífera aplastando a todo el que se le enfrente con apenas armas convencionales. Esto es una revolución a toda regla, y será el pueblo el que encamine lo que será la llegada de la corona de Alhenas sobre ellos.

Sin ningún tipo de mediaciones el ejercito que acompañamos a Shaka penetramos por detrás para evitar el escape del monarca de la ciudad y el aviso aún a Polux sobre el ataque. Kardia ha ya atrapado a más de diez esclavos que salieron despavoridos corriendo por su libertad. Al tesorero de la ciudad también lo atrapó y mató sin consideraciones, al igual que a la familia que escapaba en un carruaje hacía el norte. Un jinete lo acabo de interceptar con un grupo del ejercito, resultó  ser el monarca de la ciudad, un hombre encorvado y que llevaba en sus manos toda la joyería y dinero del castillo, cubierto con un enorme manto que hacía parecer que fuera un monje. Lo hemos tirado del caballo y toda las piedras preciosas rodaron bajo su estomago y él ha empezado a recuperarla como si esa pudiera protegerle su vida.

Los jóvenes a mi lado no toleran semejante acto y dos de ellos se acercan para patearlo hasta ponerlo boca arriba, lastimando sus costillas.

—¡Deténganse!—ordeno llamando la atención de los jóvenes mientras bajo del caballo. El hombre se cubre como un ovillo, metiendo su cabeza entre sus rodillas con un vano intento de protegerse de los golpes.

Sé que no va a haber perdón para él. Si lo soltamos ante el pueblo, lo mataron agolpes o apedreado. En manos del ejército no tendrá un mejor destino y en manos de Shaka… solo imaginar cómo se pondrá este hombre al verlo me produce un hondo sentido de malestar. Después de todo lo recuerdo, era uno de los nobles que asistía religiosamente cada fiesta de la cosecha en los últimos años del reino, luego que su padre, uno de los que habían abusado del consorte ante su llegada como esclavo, hubiera fallecido y dejado su titulo al heredero. Recordaba las veces que con sorna dibujó una sonrisa hipócrita y desgraciada al consorte aprovechando su falta de visión, justo antes de besarle la mano a él y al rey como dictaba el protocolo.

—¡Este desgraciado debería ser violado aquí con los mangos de nuestras espadas!—vocifera uno de los jóvenes a mi cargo y con mi mirada corto aquella intención de tajo, no dispuesto a aplaudir semejante acto de crueldad. Después de todo, ellos son mi comité y ellos deben aprehenderse a mis órdenes. Claro, no puedo asegurarle nada a este hombre en cuanto caiga en manos de Shaka.

—Solo nuestro general o nuestro príncipe tiene el derecho de decidir el destino del traidor—aclaro tomándole de ambas manos al hombre que con temblor la trata de ocultar entre su manto.

Unos cuarenta años debe tener, se puede reflejar en su rostro las líneas de tiempo. Con desagrado tomo sus muñecas y las amarro fuertemente con la cuerda trenzada que tenía amarrada en mi caballo. El hombre empieza a suplicarme, a ofrecerme a mí y a los que están conmigo parte de sus fortuna, esas monedas de oro y las piezas en piedra preciosa que había intentado proteger en la captura. Es un hombre asqueroso, incluso para comida de perros es repugnante. El escuadrón que me sigue responde con palabras obscenas e insultos y amenaza a su proposición, con escupitajos que caen en su cabello y en su cara. Yo, terminado el nudo, me levanto y lo jalo haciéndole caer al suelo arenoso de Alhenas.

—Ni toda su fortuna podrá salvarlo del destino que lo espera. Nadie se burla de la corona de Alhenas sin sufrir las consecuencias.

Si Defteros estuviera aquí, estoy seguro que lo hubiera rebanado ya los sesos sin siquiera chistar, luego de haberlo violado con la lanza de Scorpius de Kardia. Aún así, no sé de qué modo puede accionar el enviado de Asmita ni qué planes tiene al respecto. Asmita lo recuerdo como alguien recto, de ideales firmes pero también de decisiones fuertes y arriesgadas. Pero Shaka… Shaka es un sanguinario, un asesino a sangre fría

:::::::::::::__________:::::::::::::

Con fascinación lo observo en el centro del patio del castillo, ya con las puertas en el suelo y luego de ser saqueado por los lugareños, quienes ahora rodean el jardín y gritan en una entonación de sangriento placer, de necesitado sadismo. Yo sostengo los brazos de la mujer de la casa, una mujer cuyo vestido rojo se ve sucio por las arenas del patio y cuyo escote permite ver las sugerentes curvas debajo de su ropa. Curvo mi sonrisa, levantando la mirada hacía donde está él.

La mujer, con su cabello sujeto a mitad y ahora totalmente desarreglado, grita piedad y llora desconsolada mientras aún forcejea y sus costosas botas con encajes están sucias y rotas en el suelo. Su hija, una jovencita de quizás quince años y con un vestido mucho más decoroso color índigo esta inmóvil, sintiendo el brazo del guerrero que la sujeta sosteniéndole el cuerpo con fuerza y su rostro para no poder desviarlo de lo que ocurría, de donde estaba precisamente él. La joven solo llora, con sus labios delgados haciendo una mueca de dolor y pavor mientras seguro debe sentir el asco de unos vellos que no son suyos acariciando su cuello.

En medio del semi circulo que el mismo pueblo a formado entre su algarabía, de nuevo se está levantando el joven. Shaka lo mira con desdén, con el brazo derecho en su espalda y la espada en la izquierda, mientras el pantalón del traje del consorte está lleno de sangre, sudor y tierra, ondeando pesado a través de sus pasos calculados y sus parpados cerrados. Su torso desnudo solo muestra rastros de sangre y tierra amarilla seca entre las gotas de sudor, la gargantilla que se había puesto para el disfraz junto a la cadena con el anillo, su cabello pegándose en su piel sudada y las manchas de tierra y sangre en su cara, con leves rasguños de la batalla. De las cicatrices que se pueden ver en su cuerpo, la más apreciable es la que está en su cuello, vertical. Pensar que tuvieron que hacérsela para salvarlo y sacarlo del castillo… pensar que tuvieron que herirlo desde tan pequeño.

Pero no, no lamentaré, ni me quejaré. De no haber pasado, por muy desgraciado que suene, Shaka en este momento no sería quien es y no me pertenecería a mí. De no haber ocurrido no estaría viendo su sonrisa de ironía mientras el joven que está desafiando se pone de pie, apenas con la facultad de levantar derecha la espalda, lleno de sangre, herido, sucio y sudando mientras las lagrimas y su flema se anidan bajo su barbilla con rastro de barba. Quizás tendrá diecisiete años, es el heredero. Y en este momento está peleando por honor.

—No es suficiente—en medio de la algarabía la voz de Shaka suena fuerte y prepotente, colocando ahora un rostro de neutralidad—. No me diviertes suficiente—vuelve a decir y en respuesta el muchacho tiembla como si pudiera desprenderse los huesos de su piel. El pueblo enfurecido vuelve a gritar y a clamar por su cuota de justicia, quieren que les entregues a las mujeres para saciarse de ellas, al joven para pagar en él las culpa de su padre que ha huido, más Shaka se negó a hacerlo de ese modo imponiéndose a la multitud como si fuese algo ya tatuado en su sangre noble—. ¿Lo estás escuchando? Si no eres lo suficiente bueno, tendré que hacer caso a los gritos del pueblo—el muchacho apretó su mandíbula con fuerzas y el mango de la espalda tembló. De inmediato, volvió a lanzarse sobre Shaka con un grito de desesperación e ira.

Luego de tres movimiento de espadas bastante débiles y sin dirección, la rodilla de Shaka se vuelve a encajar en el abdomen del muchacho haciendo curvar hacia él, antes de tomarle el cabello con su derecha, justamente en la coronilla, y empujarlo al suelo. El pueblo vuelve a abuchear y yo hasta estoy sintiendo pena por él. Si quedara vivo, estoy seguro que se llenaría de tanto odio como lo hice yo. Después de todo, sé lo que se siente desear meter tus dientes en el cuerpo de aquel que amenaza con la vida de lo más preciado. Estoy seguro, también, que debe estar escuchando solamente el llanto de su madre que clama por piedad y no el del pueblo.

—Te estoy dando la oportunidad de escoger tu infierno, muchacho—camina de nuevo con ritmo lento, sintiendo entre sus sandalias de seguro el ardor de la arena humedecida mientras el sol poco a poco cae acentuando el atardecer—: salvar el honor de ellas. No te podré perdonar la vida, pero si te puedo prometer esto; si me satisface.

—Te odio…—musita el muchacho levantándose de la arena en medio de los ruidos—. ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio Asmita!

Y vuelve a atacar, está vez con la misma ira impulsando cada movimiento que Shaka desvía con facilidad, movimientos que van plagados con un grito lleno de odio. La mujer en mis brazos clama, la niña ha cerrado sus ojos mientras se ahoga en su propio llanto y antes de que el muchacho pudiera hacer algo la espada se incrusta en su abdomen atravesándolo y llenando de sangre el patio de la comarca. La madre entonces grita… y el escalofrío que siento por un momento solo se debe a que me recordó a los gritos de mi madre cada vez que era abusada sobre la cama donde yo me escondía.

La sangre cae y se llena de la tierra formando bolas de lodo vinotinto. Un flujo de sangre, saliva y bilis cae también entre sus pies mientras se ahoga en el dolor y la intensidad de un grito que no logra salir de su garganta. Los pasos de Shaka se van acercando a él, de forma lenta, con la mirada ahora enfocada en su espalda mientras el joven toma entre sus dedos la tierra y la aprieta con quizás frustración.

—Háganlo—lo escucho decir. El pueblo grita.

Prácticamente al unísono, las dos mujeres dan su último aliento de vida en un grito antes de que su garganta se llenara de sangre. El ajusticiado levanta la mirada para ver con ojos horrorizados los dos cuerpos caer inerte en tierra luego de que fueran degollados. Aquella sangre ahora brota por mis manos y parte de mi pecho, junto a la de otros que he asesinado en esta jornada que ya termina.

Shaka ahora le toma del cabello, obligando al muchacho a voltear hacía él con más lágrimas de las que soy capaz de contar. Lo alza y el cuerpo paralizado ahora obedece con presteza soltando la pesada espada, con los pies ligeramente al aire, rozando apenas su punta con la arena húmeda de su sangre. El puño de mi amante se aferra a su cabello mientras la espada es posicionada en su cuello.

El pueblo vuelve a gritar, a alabar en un cantico de hambre la justicia que ellos siente se está ejerciendo.

Me acerco entonces a él, sabiendo que en cuanto el cuerpo haya caído ya todo habría de acabar por hoy. Puedo sentir su olor, el olor a sangre, a placer, a sadismo y a sudor que emana el cuerpo de Shaka en medio del sol de la tarde.

—Te doy mi palabra de honor. Los cuerpos de tus mujeres serán enterrados tal cual han muerto—alcanzo a escuchar.

La espada atraviesa su cuello y al ser soltado el cabello, un solo movimiento abre la tráquea y el cuerpo junto a la cabeza cae al suelo separado.

Y el pueblo celebra…

La espada es sacudida en el aire.

Y yo veo en el muchacho una sonrisa de agradecimiento…

______________Acto cuatro: El espía

///Hace 17 años///

 El trote a caballo por las escarpadas faldas del monte de Castor se hace difícil por la oscuridad y la reciente lluvia que ha enlodado los caminos. La frondosa vegetación también me impide avanzar con comodidad, además de tener el cuerpo del médico frente a mí en el caballo de una sola montura. Todo hace que la tarea de llegar al escondite donde me espera mi príncipe sea titánica.

Tal como me habían ordenado, había ido a Polux para verificar los rumores que rodeaban al castillo, rumores que habían preocupado al príncipe más de lo que me gusta admitir. Le había prometido que no solo le traería información confiable sino alguien a quien preguntarle todo. Lo que conseguí, a su vez, me había sorprendido. Los rumores no se acercaban aún a la realidad de lo que ocurría dentro de las paredes del castillo. Tres noches tenía viéndolo, viendo como entraba a la alcoba del rey, y salía hasta muchas horas después. Tres noches observando a los soldados llevando una comida de dudosa procedencia al esclavo que ahora estaba en el calabozo de la torre. Tres noches escuchando los rumores entre servidumbre y guardia de honor.

Todos decían que ahora Degel D’Acua se había convertido en el más cercano al rey, y hasta lo avalaban. Decían que si el rey debería tener un consorte, debería ser alguien de Alhenas y de estatus como lo era el hombre que está justo entre mis brazos. A su vez, hablaban que el rey mantenía al esclavo con vida por razones que no terminaban de entender y otros que le habían dicho a Degel que se encargara de conquistar el corazón del Rey para que embrujo del de Auva cediera y finalmente fuera asesinado.

También comentaba que el príncipe había abogado por la libertad del esclavo, que había matado un noble frente al pueblo y que aquello había promovido una rebelión, eso junto al ahora castigo donde el heredero tiene terminantemente prohibido acercarse al ala oeste del castillo. Habían mucho que adjudicaban ciertos movimiento dentro de la nobleza a diferentes personas, algunos que decían que habían acogido a Degel por ser de belleza extrema y andar prolijo. Como fuera, toda esta situación llegó a enfermarme a mí aunque la política no sea precisamente mi tema preferido.

La verdad es que me asqueó las maneras y las formas que tenían para hablar del rey, del esclavo, del mismo Degel y de todas las complicaciones territoriales y de herencia que derivaban. Me asqueó mucho más la manera en la que denigraban al mi príncipe como solo un perro rabioso al servicio del rey. Y sinceramente, tengo unas ganas de partirle la quijada a unos cuantos de esos malditos de la guardia de honor que se mofaban y se imaginaba como sería que el rey hiciera una orgía entre el esclavo y él médico para satisfacer sus bajos placeres. Ellos allí, enredados en chismes de almohadas, mientras nosotros nos debatimos entre la muerte y el sadismo para traerle más gloria al reino: patético.

Conforme me iba acercando, verifico que el manto que me cubre me ayude a confundirme entre las sombras con mi fiel caballo, de pelaje negro y brillante que permite el camuflaje. Nadie se ha dado cuenta de mi salida del castillo, debo decir que conocer los escondites secretos ayuda en mi tarea de espionaje. Había desmayado el cuerpo del médico y ahora con ojos atados y sus manos amarradas me lo llevaban al escondite donde una facción mínima del ejército acompañaba al príncipe Defteros. Dohko se había quedado con el resto en la frontera de Geminidas.

—¿Cuánto falta?—escucho y sin perder el ritmo del trote pausado, le respondo con resignación.

—No mucho. ¿Cuánto tienes despierto?

—Lo suficiente para saber que estamos en alguna barricada en ascensión y que llovió—sonrío de medio lado. No me asombra de él, si algo me quedó muy claro en lo poco que lo trate hacía dos años era que el médico es bastante perspicaz e inteligente—. ¿Me llevas a donde está el príncipe Defteros? ¿Para qué? ¿Por qué no ha ido él mismo al castillo?

Muchas preguntas a su vez. Lo que más me llamaba la atención es que no sintiera temor de lo que pudiera ocurrirle a él, ni por la situación, ni mucho menos la forma. Interesante… pienso que esto lo hace alguien interesante. ¿Por qué está tan cerca del rey?

—Preguntas demasiado y me da pereza responder, doctor—aludo con una sonrisa mientras muevo las riendas del caballo en un giro hacia la derecha, acercándonos por fin al lugar—. El príncipe quiere verificar que es lo que ocurre en el reino. Mucho ruido, tu sabes.

—¿Es por Asmita?

Por la manera tan rápida en que lo menciona y además ese tono de familiaridad, no me cuesta mucho pensar que está muy interesado. No sé qué pensar al respecto, porque si es amante del rey le conviene que el esclavo sea asesinado, sino, como demonios se justificarían sus horas en la habitación real. Siento que hay cosas que no terminan de encajar en el reporte que le debo a mi príncipe.

Bufo entonces como si quisiera no darle más interés a una conversación que lejos está de prestarme ayuda. Cuando lleguemos al lugar mi príncipe Defteros se encargará de preguntar y conseguir las respuestas que él desee.

—Ya deja de preguntar, soy un soldado simplemente, ¿eh?—lo escucho suspirar con resignación—. Acomódate bien que vamos a una empinada y tengo las manos ocupadas.

Tal como le había advertido, la última empinada nos coloca en una posición bastante incómoda. Me bajo del caballo, y lo dejo a él sobre la silla de montar mientras tomo las riendas de mi caballo y me adelanto para guiar sus pasos por la difícil empinada. Él se toma fuertemente de arzón delantero de la montura y yo empujo a mi caballo ayudándolo a subir y verificando que no resbale entre las piedras humedecidas. No falta mucho para que lleguemos al lugar, apenas logre subir algunos pies, ya estaremos cerca de la cueva conectada al sistema de tuneles que hay bajo Castor y la cordillera de Geminidas.

El príncipe debe estar ansioso…



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El 19/11/09 a las 03:11:03

 

______________Acto cinco: La sentencia

Para cuando llegué con el capturado que estaba escapando hasta el castillo tomado, ya la multitud estaba replegándose ante el anuncio del ejército que le iba a dar la entrada al príncipe Saga a la ciudad recién conquistada. De las monturas de los caballos los soldados sacaron un banderín con el símbolo de la corona de Alhenas y la familia real, el cual sostuvieron en alto cumpliendo el papel de estandarte mientras abría el camino para la entrada.

La gente, por lo tanto, ha empezado a amontonarse y a cuchichear olvidando que sus cuerpos están llenos de telas, sangre y sudor luego de la afrenta. Algunos incluso teniendo en manos joyas y objetos valiosos que acaban de saquear del castillo. El ejercito que horas antes estaba aniquilando a los soldados que custodiaban a la ciudad, ahora han formado un cordón de seguridad que resguardarán al príncipe para evitar que haya cualquier incidente tras la llegada. Estos están en espera de nuevas órdenes por parte de Shaka, y luego de yo haber depositado al capturado en el centro del patio, me dirigí con Kardia a coordinar la labor en la organización.

En el centro del patio del castillo se puede ver la sangre que había sido derramada por la familia del antiguo cabecilla de la comarca. Allí, Shaka y Delio esperan la entrada del príncipe, con el hombre de rodilla en el suelo, su frente húmeda con la sangre que derramó su hijo, mientras la bota de Shaka lo tiene sometido al cuello.

Los dos jinetes entonces se ven acercarse en paso suave, lento. La capa ondeante del príncipe se mece en el espesor entre la arena amarilla que se levanta y el humo del fuego que ya ha sido controlado. Desde mi lugar, puedo verlo observar todo con estudiosa mirada, poniendo énfasis en los cadáveres que han sido replegados a un lado, los caballos amarrados a los mástiles y las casas que sufrieron por el fuego. Su porte es impresionante, y usando la misma armadura que Defteros utilizaba cuando estaba al frente el ejército, la misma con el sello del reinado en la coraza que cubre ligeramente su pecho. Desgraciadamente, la armadura real quedó en el castillo y quizás, ya habrá sido destruida.

Cuando el príncipe llega al inicio de la entrada humana que hemos creado, Ikki, el jinete que lo acompaña, pide permiso para aumentar el paso y entrara primero en medio de los estandarte en dirección hacia donde está Shaka. En ese momento, yo me posiciono a su lado, controlando mi caballo de pelaje caoba junto al suyo.

—Mi príncipe, ¿cómo se siente?—pregunto en voz baja mientras vemos como el jinete penetra por las puertas tumbadas del castillo para acercarse al líder de la revuelta. Escucho un suspiro del heredero al trono, acongojado, pero con el rostro firme como si nadie lo contrariase.

—Veo muchos cadáveres, no solo soldados, incluso campesinos, mujeres… niños—dijo lo último con un tono que aludía a la pena y yo no pude hacer nada que guardar un minuto de silencio con la mirada firme al frente—. ¿Cuántos muertos?

—No tengo un conteo exacto su majestad, pero puedo ocuparme de ello en cuanto termine la toma—lo veo asistir con la vista al frente. Creo que por los momentos, es lo único que podremos hablar.

Al ver que Ikki ha terminado su trayecto, empezamos el nuestro. Tomo el camino al frente, para proteger al príncipe en medio del recorrido y Kardia tomara la retaguardia, de modo que los tres recorreremos el camino en medio del pueblo, con nuestras armaduras y mascaras de Alhenas, incluso el príncipe. Puedo ver en medio del camino los rostros del pueblo entre asustado, asombrados y esperanzados cuando ven al príncipe Saga entrar con paso lento y ceremonial por el camino, largo y extenso, justo rodeado de los estándares de la corona que lo representa.

Todo este protocolo es necesario, y entiendo el porqué Shaka lo propuso cuando se estaba armando el plan de guerra. El pueblo se mueve a través de imágenes y de actos como estos. La figura para el reino es tan necesaria, que no puede quedar vacía. La población debe saber quiénes los están conquistando, quien es su nuevo señor, quién es el que los va a gobernar. Si él es la figura de la guerra, Saga era la figura del nuevo gobierno que estaban buscando instaurar, de sus raíces, de su verdadera identidad. Saga, la corona y el emblema de Alhenas.

Habiendo recorrido hasta el final, a la entrada al castillo la misma multitud empieza a aplaudir y a vitorear. Es un momento simbólico, es la entrada de la verdadera política y poder de Alhenas a su ciudad y ellos la aclaman con tanta necesidad como clamaban la libertad. No puedo evitar sentir la emoción cuando los veo levantar sus improvisadas armas, cuando los niños se suben en las cajas de maderas para intentar ver a quien será su nuevo gobernante y los gritos se escuchan tan fuerte que parece una misma voz. Al frente, Shaka mira todo el escenario con un rostro neutral pero en sus ojos se ve brillar la satisfacción. Delio a su lado observa todo con indiferencia. Se ve, en el cuerpo del antiguo príncipe de Auva, los rastros de la masacre secándose en su blanca piel.

Ya en el lugar, los tres detenemos el trote y el príncipe baja del caballo haciendo sonar las botas de hierro en la arena, con la espada que era de su tío en su derecha. Camina firmemente y puedo ver desde aquí como con cada paso el hombre capturado tiembla de pavor con las manos enlodadas con la sangre de su propio hijo. Shaka se mantiene así, inflexible, en su rostro no muestra rastro de emoción alguna; por el contrario, parece estar indiferente al evento, aunque si desenvaina una de su espada, la izquierda para pasar el filo tentando el cráneo del hombre que yace a sus pies.

—¡¡PIEDAD!!—grita el hombre en un alarido lastimero y ahogado, con la sangre fría en sus labios y coloreando sus dientes—. ¡¡PIEDAD SU MAJESTAD!!

El pueblo de inmediato, en respuesta a aquello, vocifera justicia y sus propias peticiones, que incluyen decapitarlo, entregárselos a ellos, apedrearlo, entre otras opciones menos honrosas. El príncipe escucha cada una de ellas dirigiendo su vista a puntos determinado en medio de la multitud. Podía apreciarse incluso soldados con el emblema de Rukbat pero con rasgos de Alhenas entre las filas, posiblemente aquellos que al ver la toma en vez de proteger al reino actual, se plegaron y ayudaron en la batalla.

—¡¡¡PIEDAD MI REY!!!—vuelve a gritar el hombre.

—Su servidor—esta vez es la voz de Shaka la que resuena acallando de inmediato los gritos de la población—, ha esperado por usted para decidir el castigo de este traidor.

Debo admitir que me asombra el tono con el que Shaka se refiere a mi príncipe, muy distinto al que se dirigen cuando están en el campamento. Es obvio que se ha tomado muy en serio su papel en este momento, que está asumiendo que la corona le pertenece a él y quiere que tanto el pueblo como el ejército estén convencidos de ello.

Camino hasta posicionarme al lado del príncipe en caso de que requiriere mis servicios, cumpliendo el papel que ahora Delio cumple al lado de Shaka. Aún el cabello dorado del hermano del consorte está sujeto en una cola alta, la gargantilla y la cadena de oro con el anillo cuelga de su cuello, danzando levemente; supongo que es mayor el peso de la tierra y sudor que debe tener encima. Pese a la suciedad que presenta su cuerpo, no pierde un atisbo de su belleza y debo admitir, que viéndolo así si puedo ver la misma figura de Asmita cuando estaba en los duelos del castillo, en el primer año.

De nuevo el hombre pide piedad, entre el abucheo del pueblo. Mi príncipe lo observa seriamente, sin rastro de emoción también en su semblante. Es evidente que los años no han pasado en vano en él. Su perfil es imponente y estoico, aunque preserva belleza, una belleza que era antes realzada entre trajes reales y ahora parece imponerse por encima de sus ropajes de guerra. Su mentón se mantiene inconmovible, al igual que sus labios, sus espesas cejas están relajadas pero sus ojos entrecerrados. A la cuarta petición del capturado, se escucha un lamento y al voltear, puedo ver que ha sido producto a la bota de Shaka que lo ha presionado más contra el piso. La espada sigue amenazante balanceándose sobre su cabeza.

—Entonces, su majestad—continua el de Auva, esta vez dibujando una media sonrisa sádica, como si solo esperara la orden para hacer rodar la cabeza de ese hombre a los pies del heredero—. ¿Cuáles son vuestras órdenes? ¿Cuál es el destino que usted desea entregarle a este hombre, que se atrevió a ofrecer su servicio a los traidores de Rukbat, sometiendo al pueblo al hambre y al trabajo forzoso con tributos para alimentar si avaricia?

Ante sus palabras, el pueblo se alebresta aún más pidiendo que la cabeza de ese hombre fuera separada de su cuerpo, que su cadáver fuera entonces echado para alimentar a las aves de los cielos, mostrado y humillado como habían hecho con el cuerpo del antiguo consorte. El príncipe escucha con atento silencio y luego de algunos minutos de permitir al pueblo expresarse, levanta una mano, provocando que las voces se acallaran. Saca su espada y ante ese acto el mismo pueblo parece embravecerse de júbilo y deseos de venganza. Luego de dar tres pasos, traza una línea en el suelo arenoso, provocando que de nuevo el silencio acompañe el momento.

—Ven e inclínate ante mi detrás de esta línea—ordena el príncipe, dando tres pasos hacia atrás para volver al sitio. Aquel pedido provoca un abucheo y el gesto de desagrado del mismo líder de la revuelta, que en acto obedece, quitando su bota del cuello de aquel hombre. Aprovechando el momento, el maldito que había sometido al pueblo prácticamente se arrastra a gatas hasta el príncipe, respetando la línea que los separa a tres pasos para inclinar su cabeza y pedir por su vida.

—Mi señor… le serviré mi señor. Perdóneme la vida, los de Rukbat… ¡amenazaron con mi familia!—toda la ciudad allí aglomerada grita y se enfurece negándose a creer aquello. De nuevo el príncipe levanta su mano para hacerlos callar y escucharlo— Créame su majestad, yo fui fiel sirviente del rey…

—Sometiste al pueblo, enviaste a los soldados a atacar a la gente que ahora me sigue, intentaste escapar con el tesoro… ¿también eso te obligó a hacer los de Rukbat?—el hombre tembló ante esas palabras, con su vista en el suelo, mientras el joven de cabellos dorados observa la escena con bastante interés—. Y pides piedad, ahora, ¿qué puedes ofrecerme?

—Mi señor… tengo tesoros y acceso a documentos reales. Cartas que fueron subastadas de la corona, además de comunicación con otros nobles—veo las facciones del príncipe, un poco más endurecidas—. Puedo ofrecerle mucho, puedo ayudarle a formar una nobleza que lo acompañe. El rey necesita de la nobleza, de sus bienes y de su influencia. No solo del pueblo…—levanta su cabeza hacía el heredero, con una sonrisa ladeada de confianza—. No cometa el mismo error que el antiguo consorte—no puedo evitar tensarme—. El consorte se hizo aliado del pueblo y enemigo de los nobles—este hombre…—, no cometa su mismo error, mi príncipe—ha firmado su sentencia.

Ante esas palabras, no es inesperado el destino de este hombre. El mismo pueblo comienza a levantarse y de nuevo el príncipe levanta una mano para poner un alto a sus intenciones. El ejército ha tenido que fortalecer la barrera que lo separa del círculo, para impedir así que cualquiera de ellos se metan a tomar venganza propia por las palabras de ese impostor. Y eso solo mencionando al pueblo, Shaka permanece con la mirada iracunda y el filo de su espada en aire solo esperando el momento adecuado para ensartarla en su humanidad. No es lo de menos, yo mismo quiero tomar su vida con mis propias manos.

Pero el príncipe tiene otros planes.

—Levántate—y el pueblo se enfurece.

Esta vez, las acciones del ejército se hicieron más invasivas para poder controlar la multitud. Entre los gritos y la algarabía la mano del heredero ahora no tiene efecto para callarlos, pareciesen que no están de acuerdo ante lo que parece ser un perdón. Sin embargo, cuando creíamos que íbamos a tener que usar las armas para recuperar el control del lugar, es la mano de Shaka la que se levanta y en una mirada de poder detiene los ánimos asesinos de los lugareños.

  Es impresionante el poder de la figura en el pueblo. Aunque Shaka por sí mismo no sea nadie de poder y autoridad para ellos, el solo hecho de verlo tan parecido y tener la cadena y la gargantilla ya lo enviste de una corona de poder que nadie se atreve a contrariar.

Aún así, obedeciendo la voz del príncipe, el hombre se levanta y se sostiene sobre sus pies, con la expresión de victoria. El pueblo no quiere quedarse tranquilo y eso es evidente ante el ruido que comienza a llenar el lugar, el ruido de un paso fuerte en la arena, sincronizado, que se va extendiendo y se va incrementando hasta formar un melodía que alude al campo de guerra, persistente, en un eco asiduo, llenándome los oídos conforme son más pasos los que se unen al ritmo. Es una protesta, una protesta silenciosa que llama la atención de todos menos del príncipe, y del líder de la revuelta.

—¿Has dicho que no cometa el mismo error del consorte?—repite el heredero con un tono de voz fuerte y audible—. Seguiré tu consejo—el ruido se incrementan y de un momento a otro, inesperadamente, el de Auva comienza a modificar su postura—. El único error que cometió el antiguo consorte, es haber dejado cerca a sus enemigos.

Un solo movimiento, más rápido que mis ojos y todos los ojos de los que estábamos allí. Un movimiento que pone el filo de una espada cerca del pecho del príncipe, amenazante y llenándose de sangre. Uno solo, potente, que atraviesa a espada el cuello del hombre deteniéndose a solo un palmo del pecho del rey y dejando correr la sangre hasta la tierra amarillenta. La espada del antiguo príncipe de Auva, con unas gotas de sangre que han caído sobre su rostro y la mirada afilada aún más que la espada que ha insertado en cuello del hombre que se atrevió a mencionar al consorte Asmita frente a ellos.

El pueblo ha quedado en silencio, como si la marcha de guerra hubiese acabado, absorto observando como el hombre intenta tomar la espada que le ha atravesado y el filo sale poco a poco dejando un agujero y la sangre que cae por su pecho. Murmura algo, es un sonido a gorgoteos mientras su garganta se llena de sangre y sus ojos se cristalizan hacía nosotros, un sonido que no llega a nada cuando el rubio ejecuta el segundo movimiento y dos filos de espalda cercenan definitivamente la cabeza de su cuerpo, haciéndola rodar a su derecha como si fuese un saco de piedras. El rostro del hombre ha quedado inmortalizado con el horror y el cuerpo, inerte, cae a su izquierda producto del impulso con el que se hizo el corte. Sangre cae a los pies del príncipe y del líder de la revuelta, sangre que rueda y se empasta en el suelo arenoso de Alhenas mientras la tarde cae con sus colores que llaman a la fría noche.

Hubo un pesado silencio, mientras una brisa árida levanta el polvo del patio y las espadas chorrean las gotas de sangre.

Entonces el príncipe habla.

—Mi consorte ha tomado justicia tal cual mi corazón deseaba.

Y el pueblo aclama, ante la vista asombrada de Shaka de Auva.

______________Acto seis: El segundo

///Hace 17 años///

Hemos llegado, ya lo sé. Pese a que aún tengo una venda que tapa mi visión, el olor a carne asada, fuego, sudor y lluvia me dan indicios de estar en un lugar habitado, una cueva tomando en cuenta el eco que se escucha ante cada paso, cada gota que cae y cada voz. Sigo los pasos de Kardia, quien me sostiene por detrás para obligarme a caminar aunque no es necesario, es evidente que no hay mucho que hacer para negarme, y que si voy a ver al príncipe de Alhenas, al líder del ejercito del reino, esto podría ser una oportunidad única para conseguir la salvación de Asmita.

Conforme nos vamos acercando, el bullicio y las risas se van haciendo más fuertes y oíbles. Mantengo mi porte sereno, no dejándome perturbar por el misterio con el cual me trata ni con el espesor de la oscuridad que me nubla. Imagino, ahora, lo que ha de ser para Asmita vivir sin vista, a expensa de cualquier sonidos u aroma, para saber dónde está y como enfrentarse a ello. No debe ser fácil… cualquier ruido u olor de más pueden distraerte y asustarte si prestas demasiada atención.

—¡Príncipe Defteros!—Kardia se anuncia, con voz fuerte y elocuente, callando las voces de los que acompañan en el lugar. Se escucha la madera crepitar de seguro por el fuego, dado el humo—. ¡He llegado, su majestad!

Empuja de mí y yo me dejo llevar teniendo especial cuidado del piso en el que camino, para evitar caer, sin perder por supuesto la compostura. Me acerco a lo que pude contar como dieciséis pasos, hasta que la mano de Kardia me toma del antebrazo para hacerme detener.

—¡Arrodíllate!—ordena y obedezco sin titubear, inclinando mi cabeza mientras siento que Kardia, supongo que aún es él, pone sus piernas a cada lado de mi cuerpo y empieza a desatarme la venda. Mis ojos dolorosos tardan un poco antes de abrirse y ver con bastante dificultad la corteza rocosa que nos habita—. Príncipe Defteros, he traído aquí al médico real, para que pueda hacerle preguntas de la situación de la corona y el castillo.

No me atrevo a levantar la vista aún, esperando alguna señal. Siento que Kardia se mueve de su sitio, alejándose de mí, y que muchas miradas están posadas en mi cuerpo, miradas escudriñadoras, fuertes y penetrantes. Miradas de guerra.

Me mantengo en mi posición por un largo tiempo, sintiendo que mi pierna derecha se empieza a fatigar por la posición. Más me obligo, por honor que por cualquier otro elemento, porqué no pienso doblegarme ni mostrarme débil ante esta circunstancias. Me sostengo gracias a la imagen de Asmita en el calabozo, con sus ropas de esclavo, con su perfil inflexible y su voluntad inquebrantable. Me inspiro de ella.

—Comprendo…—escucho una voz, ronca, áspera, una voz que podría asemejarse la de mi rey si no fuera porque tiene un tono y pronunciación más tosca—. Degel D’Acua—menciona mi nombre y me es inevitable no tensarme ante lo fuerte de su voz, aumentada aún más por el eco del lugar—, tengo varias preguntas que hacerte. ¿Está dispuesto a responder?

—Por supuesto, su majestad—contesto, levantando mi mirada segura ante él, y notando los rasgos de su piel.

Morena, más tostada de la que recuerdo, se ve una cicatriz que atraviesa a su pecho en un corte vertical, una que no recuerdo haberle visto. Una piel gruesa le cubre, visiblemente de un oso que seguro habrá cazado y el cabello oscuro serpentea en onduladas formas secas, víctima del maltrato. Aún así, su mirada, el mismo azul índigo de su hermano mayor, me miran con una señal de pena ineludible.

—Explícame la condición del príncipe de Auva… Quiero saberlo todo.

Y yo, por Asmita, estoy dispuesto a todo para salvarle su vida.

Continuara...



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