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En ese preciso instante sentí que estaba observando fijamente algo que no debía estar mirando.
Sin embargo, mi corazón sentía que era la dirección correcta, aquella a la que apuntaba sin titubear.
Alguien que no estaba hecho para mí… y yo si para él…
El frío estetoscopio reposó un momento sobre su pecho.
-Está algo acelerado. Aún está acoplándose a su nuevo dueño, sin embargo todo parece ir muy bien—el médico residente sonrió, mientras continuaba dándole indicaciones a la enfermera que escuchaba atentamente las órdenes.
Llevó una de sus manos al nuevo órgano, ese que por un golpe de suerte lo arrancó de los brazos de la muerte.
Suerte.
Debió haber sido eso.
La mano que acarició su mejilla con ternura lo devolvió repentinamente a la realidad.
-Todo estará bien—los labios de ella, brillantes y rosados se abrieron en una sonrisa preciosa, dedicada sólo a él.
Ella que no se había apartado de su lado un solo instante desde fue ingresado al hospital. Ella que vivió la agonía ajena como si fuera la propia. Ella… a la que no podía amar…
Le devolvió una media sonrisa. Aún lo sentía. Era algo más allá de su propia conciencia, algo que lo inquietaba sin razón alguna.
Ahora todo estaría bien ¿cierto?
Lo repitió en su fuero interno en reiteradas ocasiones, hasta que el convencimiento se hizo casi absoluto.
Levantó la mirada al sentirse observado.
Impactantes ojos azules. Como el cielo en primavera.
La taquicardia se hizo más fuerte.
Calor.
Uno que no quemaba o molestaba en lo absoluto.
Todo dentro de él se deshizo mientras observaba a la cara de aquel hombre. Todas las líneas que le mantenían con vida fueron divididas en cortes rápidos, como si fueran inmunes a la fuerza de gravedad. Todo lo que lo hizo como era en ese momento.
El amor, el odio, su casa, su nombre, él mismo. Todo desapareció por un segundo, como si flotara en el espacio.
La oleada de calor fue casi violenta.
Y una nueva fuerza lo mantuvo justo donde estaba.
No una sola fuerza, sino millones. Eran más bien cables de acero. Millones de cables de acero atándolo a una sola cosa. Al mismo centro del universo.
Lo podía ver ahora, como el universo giraba alrededor de ese punto. Nunca había visto la simetría del universo antes, ahora todo estaba claro.
La gravedad del aire no lo sostenía más al lugar en el que estaba.
Algo había cambiado.
-¿Qué miras tan fijamente?—el repique de la voz clara de ella lo sacó de la ensoñación.
La miró fijamente, negando con la cabeza en reiteradas ocasiones. Aunque él mismo no sabía que significaba aquel choque eléctrico que había colapsado no sólo su cerebro, sino su todo.
El mundo.
La vida.
Su significado.
Los pasos silenciosos y su fría sonrisa.
-¿Es un médico de aquí?
Ella giró el rostro, encontrándose con la figura que Aioria miraba con tanto interés.
-Es el doctor Shaka Ramani. Él fue quien te operó. Es uno de los mejores cardiólogos del país. Realmente fue una suerte que tu vida estuviera en sus manos. ¿Por qué preguntas?
-Por nada en particular—respondió él con parquedad.
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¿Por qué sentía tanta melancolía?
No había razón alguna, sin embargo era como si la tristeza viniera desde un lugar más recóndito que su misma conciencia. Como si estuviera atrapado en una especie de prisión de humo. No había manera de respirar allí.
La silla de ruedas se movió guiada por ella, a través de los corredores del hospital. Quería que vieran la puesta de sol juntos, al menos a través desde uno de los grandes vitrales. Por eso había armado todo para sacarlo de la habitación. Estaba agradecido. Por supuesto. Pero no lo emocionaba en lo absoluto. Le dolía, pues sabía que todos los intentos que ella hacía por agradarle, serían en vano y al final, sólo ella saldría lastimada.
Tedio e irritación. Impaciencia.
-¿Nocrees que es verdaderamente hermoso?—su voz emergió como el repique de una campanilla plateada, musical y agradable al oído.
Aioria no prestó atención en lo absoluto. Se hundió en la pirotecnia del atardecer, tratando de blindar su cerebro para que el tintineo de la voz femenina no llegara a sus nervios.
Su mirada se cruzó como una ráfaga contra la de él. Podía ver su reflejo en el cristal. Sus ojos imposibles, unos ojos que no podían ser descifrados.
Taquicardia de nuevo.
Debía haber desaparecido ya. El mes entero desde la operación había muerto y aún el aceleramiento incomprensible no desaparecía.
-Creo que es hora de volver—dijo por lo bajo, llevando las manos a las ruedas de la silla para impulsarse por su propia cuenta.
Antes de que hiciera otro esfuerzo excesivo, las delicadas manos ya dirigían la silla de ruedas en dirección a la habitación.
Ella suspiró suavemente.
Él lo hizo con fastidio.
Entraron a la habitación en silencio y la enfermera ayudó al paciente a regresar a su cama cuidadosamente, mientras los arreglos florales eran esmeradamente acomodados en los floreros por las pacientes manos de aquella joven que tanto le amaba.
-Deberías ir a casa. Luces algo cansada—musitó el castaño, evadiendo la suplicante mirada café chocolate.
-Estoy bien—respondió la joven encogiéndose de hombros ligeramente, aunque acobardándose levemente ante el frío tinte de su voz.
-Estoy algo cansado. Me gustaría dormir un poco—el sonido que su voz desprendió no fue más alentador para ella. Tragó saliva con dificultad, intentando mantener la sonrisa sobre sus labios, luchando con todas sus fuerzas para no delatarse ante él. Esa debilidad no era algo que le gustaría que él viera.
-Claro. Estaré en la cafetería por si necesitas algo—se precipitó hacía la puerta. En ese momento lo único que verdaderamente deseaba, era escapar de aquella filosa mirada.
Cada partícula de aire estaba impregnada de la nota de corazón de su perfume.
Floral afrutado.
Fresia, peonía y ciclamen.
Su olor era como una bruma en su cerebro a través de la cual apenas podía razonar. Los pensamientos bramaron incoherentes, fuera de todo control.
Se hizo un ovillo en la cama. Inhalando vigorosamente el fuerte aroma a medicamento que había impregnado en la tela de la ropa de cama. Como si supurara de los poros de las sabanas.
Aquel aroma le ofreció una dulce escapatoria a sus fosas nasales hastiadas del perfume asquerosamente dulce.
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Dulce sueño. Escapatoria merecida.
¿Por qué cada vez que veo sus ojos, me es imposible escapar de esta dulce sensación que me embriaga?
Se sentía tibio. Como si nada en el mundo pudiera preocuparle ya. La sensación de melancolía había sido disipada completamente.
La calidez lo embargó más y más. De un momento a otro la tibieza pasó a ser un calor abrasador. Uno casi insoportable que comenzaba en las plantas de sus pies y cubría hasta la última hebra de cabello.
El sueño cambió drásticamente de rumbo.
Daño colateral.
El fuego que corrió a borbotones por sus venas llegó a su corazón.
La taquicardia se hizo insoportable. Sólo entonces pudo percatarse.
Alguien sentado cerca de él, en el borde de la cama. No era ella. Este conocimiento era absoluto. El aroma que desprendía esta piel era completamente distinto.
Abrió lentamente los ojos, y estos se estrellaron de lleno contra el rostro impasible del rubio.
-Doctor… Ramani—las palabras se atoraron con su lengua, apenas pudo completar coherentemente aquel par de palabras.
Entonces se percató la mano blanca descansaba suavemente sobre su pecho.
El galeno sonrió apenas, sin retirar el contacto.
-Sólo otra vez… Déjame tocar ese corazón.
El fuego no cesaba. Al contrario, parecía incrementarse en la hondura de su alma aturdida. Más aún, porque por primera vez pudo ver barrerse la indiferencia del rostro del imposible maniquí.
Era claramente tristeza.
Una honda e incurable.
-¿De quien era este corazón?—preguntó el castaño, retirando violentamente la mano del cirujano.
La sorna volvió de pronto al rostro de Shaka Ramani. Y levantó una ceja con petulancia, al mismo tiempo que su mano retorcía la tela ligera que cubría el cuerpo de Aioria.
-¿En verdad quieres saberlo?
La mueca que sus labios le dedicaron, desató el lado violento e iracundo, encendiendo la flama en la volátil esencia.
Celos.
Los dedos traidores llegaron de golpe a los labios. Silenciando la pregunta que estaba por emerger.
-Es un secreto—se levantó de la cama, inclinándose levemente sobre el rostro perplejo del castaño—Por ahora confórmate con saber, que fue de alguien a quien en vida quise entrañablemente.
Acomodó la impecable bata, golpeando con una de sus manos las inexistentes arrugas sobre la tela.
Tomó otro rápido respiro entre sus dientes, e hizo una mueca de dolor mientras el aroma de su perfume le quemaba la garganta.
No había duda acerca del significado de aquel sentimiento.
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-¿Cómo te sientes hoy?—preguntó ella, curvando sus delicados labios en una sonrisa arrebatadora.
Aioria no respondió. Sus dedos inquietos jugaban nerviosamente con la tela de las ásperas sábanas.
-¿Podrías responderme algo?—finalmente preguntó, levantando la vista y derramando sus ojos inquietos sobre los de ella.
-Por supuesto—respondió la hermosa joven sin titubear.
-¿Quién donó el corazón?
La mirada que él le dedicó, fue aquella que no admitía excusas. Quería la verdad.
Ella respiró hondo una vez más y clavó la mirada ausente en el suelo durante un buen rato. Torció levemente los labios. Cuando levantó los ojos, parecieron diferentes.
-Era del amante de Shaka—pronunció esas palabras de forma concisa y precisa sin apartar los ojos del rostro acanelado de Aioria, observándolo mientras él comprendía lo que le decía en realidad.
Hubo una pausa durante la cual repitió esas palabras en su fuero interno varias veces, tamizándolas para encontrar la verdad oculta detrás de ellas.
-El amante de…
La sonrisa de ella se ensanchó.
-Shaka Ramani es mi primo. Por eso te operó él mismo y subiste en la lista de espera. Después de que el cerebro de ese hombre murió, la familia accedió a donar sus órganos y tú recibiste el corazón.
Levantó su perfecto mentón con petulancia.
-Se empeñó en operarte. Supongo que siente como si una parte de ese repugnante hombre se mantuviera con vida. Ahora ese corazón te pertenece, aunque haya sido de él, no eres él, tú eres diferente, por eso te elegí. Además, Shaka dejará Inglaterra.
Se le entumeció todo el cuerpo. No notaba nada por debajo del cuello.
-¿Qué quieres decir?—finalmente preguntó
-Recibió una oferta en un importante hospital en Estados Unidos.
De repente sentí como mi mundo se desmoronaba. A pesar de que yo no sabía nada de él, me había enamorado profundamente de esa sonrisa helada.
¿Era por este corazón que no me pertenecía?
No tenía forma de saberlo, lo único que sabía era que había perdido a Shaka Ramani…antes de haberlo tenido.
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